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Vista panorámica de Elda por J. Laurent (enero, 1858)

Del viaje del rey Amadeo I a Alicante para recibir a la reina Mª Victoria que llegó al puerto alicantino desde Italia, conservamos  una ilustrativa y más que interesante descripción de Elda y la panorámica que ofrecía el valle de Elda en marzo de 1871.

Hoy se cumplen 147 años del viaje de regreso en ferrocarril de los reyes Amadeo y Mª Victoria a la villa y corte de Madrid. Un sábado 18 de marzo de 1871, SS.MM. volvían a pasar por Elda, ahora sin detenerse, donde además un infortunado accidente estuvo a punto de parar el convoy real. Transcribimos en su integridad, sin comentarios, la crónica elaborada por José Pastor de la Roca, cronista de la provincia de Alicante, quién levantó acta de la visita regia a Alicante del nuevo monarca, elegido democráticamente por las Cortes Españolas.

Dejamos el pueblo (Monóvar) allá a la izquierda; más arriba el eremitorio de Santa Bárbara, según creemos se titula.

Por el otro lado ese hermoso valle que tan bello se nos presenta con su cuadros de vegetación tan variada, limitados por la línea anular de montes que se corre por la derecha, y poblado de casas de labor, como esmaltes blancos.

Huertos de frutales, grupos de almendros y melocotoneros en flor, viñedos cuidadosamente escalonados.

A trechos, grupos de arbolado asoman también por las alturas próximas sus manchas verdinegras.

Líneas de olivos de un verde sombrío y aterciopelado, trazadas a cartabón en forma diagonal: mas arriba algarrobos, colinas ondulantes, accidentes del terreno economizado por la agricultura, que llega aquí hasta un grado eminente.

Allá a un lado, lejos de la vía, se vé Petrel con su castillo sobre una altura que desciende en gradaciones irregulares, ricamente plantadas.

Mas arriba las ermitas del Santo Cristo y de San Bonifacio, sobre una planicie levemente accidentada.

Pasamos sin detención por la estación de Elda, donde el pueblo aglomerado, con el Ayuntamiento y el de Petrel al frente, esperaban para felicitar a SS.MM.

La pendiente de la vía que aquí traza una curva peligrosa, no permite interrumpir la celeridad del tren, que lleva demasiado arrastre, sin esponernos a un percance.

Continuamos pues a todo vapor.

El Rey se muestra pesaroso, temiendo se tome a desaire por su parte la circunstancia de no haberse detenido para admitir los obsequios que aquí se le preparaban.

Ahí queda Elda con su arruinado castillo, dominando esa hondonada magnífica, esos valles, esas depresiones caprichosamente esmaltadas de arbolado, de cereales, de casas de campo, de almendros en flor, que hermosean el paisaje.

Junto a la población, allá arriba, blanquea el bonito edificio del Hospital de Caridad.

Mas adelante un molino de viento con sus aspas inmóviles.

De pronto se detiene el tren.

Y sin embargo, ninguna estación se nos presenta.

Es un incidente desagradable que ocurre.

Un hombre queda allá atrás tendido en la vía.

Es posible que le haya muerto algún wagon.

Redóblanse con este motivo la inquietud y el disgusto de SS.MM.

Momentos de ansiedad.

Apeámonos.

Afortunadamente no es tan sensible la desgracia que se temiera.

Ese hombre es D. Manuel Sempere y Amat, que, en un momento de impremeditación, se ha arrojado, causándose algunas contusiones y heridas leves, que le han sido curadas en el acto por los facultativos de cámara, con ausilio del botiquín que llevan, y solo le queda el aturdimiento dolorido del golpe, que pudo haberle matado.

Se le envía a Elda y continuamos nuestro camino.

El día se oscurece cada vez mas, la atmósfera se carga y las nubes rastreras flotan sobre las montañas que hunden en ellas sus aplomadas cimas.

La máquina silva repetidas veces: el movimiento se acelera.

-¡Buona note! dice a nuestro lado el príncipe d’Striano.

Entramos en el túnel: tenemos una montaña encima

Los reyes Amadeo I de España y Mª Victoria.