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Acabamos de cambiar de año. Habrá quien diga, sin embargo, que el mero sucederse de fechas no es sino un eufemismo de nuestro propio devenir por esta vida con todas sus grandezas y todas sus miserias.

En España la población con 65 años o más era el 1 de enero de 2014 de 8.442.427, un 18,1% del total. Medio siglo antes, en el año 1950, el porcentaje de españoles y españolas de estas edades era del 7%. Sí, al igual que sus gentes, también envejecen los países. La célebre película de los hermanos Coen que da título a esta entrada se nos antoja cada vez más ficticia. En efecto, cada vez más, es país de y para viejos.

El "territorio" de la enseñanza no constituye una excepción a esta tendencia demográfica más general. En 2012 un 35% del profesorado de la Unión Europea tenía 50 años o más, esto es, más de un tercio. Similar era la proporción para España mientras que la situación de algunos países como Italia y Alemania era aún más preocupante.

En nuestro ámbito más cercano, algunos estudios hablan de un envejecimiento medio de un mes aproximadamente por cada año en la primera década del siglo XXI.

Unas líneas más arriba ha aparecido la palabra preocupante. ¿Lo es? La experiencia en educación parece algo a priori positivo, ahora bien, los muchos años en el ejercicio de esta tarea no garantizan por sí mismos una riqueza, al menos si esta experiencia no ha venido acompañada de una reflexión crítica que haya cuestionado y (r)evolucionado su práctica, si nada más se ha limitado a una reproducción de modelos inmutables. Este es un riesgo, por otro lado, no exclusivo de nuestros docentes mayores ni mucho menos.

Hay otros puntos que suscitan la inquietud. La destrucción de empleo en la enseñanza unida a la insuficiente reposición de puestos y amortización de plazas y a un retraso en la edad de jubilación crean un contexto desconcertante. Ante un mayor ritmo de jubilaciones, podemos vernos en dificultades para la incorporación de nuevo profesorado o de profesorado suficiente. Así mismo, para "vender" la profesión, dotarla del atractivo y el prestigio suficientes que aseguren su vitalidad.

El envejecimiento incide en más aspectos económicamente pertinentes: incidencia en los costes salariales, en los relacionados con la formación permanente, sobre todo, en áreas sin tanta tradición formativa en el pasado (acreditación lingüística, plurilingüismo, perdón, inglés, TIC, educación emocional...).

Fuera de lo monetario y lo relacionado con determinadas competencias, se provocan otras consecuencias que afectan a la relación con el alumnado. La distancia generacional es una de ellas, no decisiva por completo para la interacción entre alumnado y profesorado, pero sí por tener en cuenta. Las limitaciones físicas también son destacables, por ejemplo, a la hora de desempeñar la tarea en etapas más duras en este sentido como educación infantil.

La edad no determina una mayor o una menor competencia profesional tomada de manera aislada pero el envejecimiento, como hecho que afecta al sistema, sí que debería plantearnos diversas medidas en distintos momentos: la formación inicial, el acceso al puesto de trabajo, el desempeño cotidiano, la evolución y posibilidades de promoción laboral, esa carrera sospechosa de no serlo en realidad...

Es obvio que no vamos a poder detener el tiempo pero también que habríamos de aprovechar todas aquellas oportunidades de las que disfrutemos para evitar que este paso inevitable lastre la calidad de nuestro sistema educativo.

 

Para saber más.

El envejecimiento del profesorado en España. Un estudio comparado. CC.OO. Enseñanza. 

OECD Education Indicators in Focus. Nº 20. ¿Cuántos años tienen los profesores?

 

 

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Acerca del autor

Autor: Jesús María "Pitxu" García

Jesús María "Pitxu" García Sáenz (Vitoria-Gasteiz, 1970) es doctor en Filosofía y Letras (sección Filología Hispánica) por la Universidad de Deusto. Como profesor de Secundaria ha trabajado en el IES Azorín de Petrer y en el CEFIRE de Elda, en la asesoría de plurilingüismo y en las de referencia sobre programas europeos y coeducación.

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