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Esta semana he clausurado en nuestro centro de formación del profesorado, el CEFIRE de Elda, un curso presencial sobre comunicación eficaz impartido por Coral Pastor. La asistencia, a pesar del interés que los contenidos y de la calidad de la ponente, no ha sido muy alta. Casi al mismo tiempo, en periodo de inscripción de los cursos de oferta para el próximo trimestre, nuestras expectativas, llevan camino de cumplirse con poco margen de error: actividades online (a través de Internet) demandadas hasta multiplicar varias veces la oferta y otras presenciales con escasa aceptación, independientemente de sus contenidos.

Más que hablar de ventajas o desventajas implícitas de una u otra modalidad de formación, presencial o en línea, a través de Internet, en este caso del profesorado, si bien podría extrapolarse a otros ámbitos de aprendizaje y enseñanza, me gustaría reflexionar sobre este hecho con el que me encuentro cada vez con mayor frecuencia.

Es incuestionable, en primer lugar, la expansión de la formación y el aprendizaje online en lo fundamental por dos de sus características: flexibilidad y disponibilidad, esto es, superación de barreras de espacio y de tiempo. Hay que partir de ahí. Otros rasgos aplicables a una u otra modalidad, presencial o no, pueden estar más sujetos a debate: la calidad, la repercusión sobre la dimensión social, la mayor o menor complicación, la inversión de esfuerzo...

Considero que en estos últimos no incide de forma tan sustantiva situarnos en un tipo u otro. He disfrutado, y sufrido, tanto buena como mala formación al margen de si la realizaba a través de la red o de si compartía un espacio y un tiempo con otras personas. He completado cursos online muy diversos en cuanto a la interacción entre quienes tomábamos parte. El hecho de contar con herramientas que la facilitaban no ha garantizado su buen uso por la tutoría o el compromiso de colaboración por todos y todas. Lo mismo cabría señalar para el nivel de exigencia de unos cursos y otros. Algunos presenciales se certifican con la mera presencia y otros no. En el plano virtual, tres cuartos de lo mismo, me refiero de nuevo a la experiencia personal.

No quiero por tanto entrar en la polémica del mejor o peor. Tengo claro que la calidad depende de cada formación concreta. Lo que me planteo es hasta qué punto pesan la disponibilidad y la flexibilidad de lo online en las decisiones que afectan a nuestra formación. Como usuarios o aprendices, cuánto pesa la oportunidad de poder aprender algo, aunque quizás no sea nuestra primera necesidad y cuánto el interés o la aplicación a un mejor desempeño de nuestro trabajo.

Está claro que Internet proporciona a muchas personas una posibilidad de formación que de otra manera no podrían abordar o, de hacerlo, supondría un sacrificio muy difícil de llevar a cabo. También que la oferta de formación a través de este medio cada vez resulta más amplia y accesible por la simplicidad de sus herramientas de ejecución y de comunicación y sus virtudes en cuanto a la personalización del aprendizaje. Desde este punto de vista, representa una riqueza, en especial, notable en un marco de aprendizaje a lo largo de la vida cada vez más asumido como algo natural.

Sin embargo, no confundamos este desarrollo comprensible en nuestro mundo como una garantía de idoneidad. Corremos riesgos semejantes a los que sufrimos ante la formación presencial al aceptar sin cierto espíritu crítico la formación en línea: dejarnos deslumbrar por el medio antes de por el fin o el camino hacia él, pensar que potencial de personalización es lo mismo que aprendizaje y enseñanza personalizados, ignorar otros  intereses para promocionar cierta modalidad de formación que no son de naturaleza académica (por ejemplo, los económicos), etcétera.

Otro efecto colateral de la popularidad creciente de la formación online es la merma consiguiente por competencia, por disponibilidad de recursos y de tiempo... que se produce en modalidades presenciales. En nuestro caso, estamos tentados a valorar que no merece la pena realizar (muchas) propuestas que no van a contar con un número rentable, no me refiero a puro rendimiento educativo, de participantes incluso en áreas que consideramos prioritarias en función de nuestro diagnóstico de necesidades.

Un último efecto: se intuye el riesgo del confinamiento de lo presencial a, por así decirlo, los grandes eventos educativos, congresos, jornadas, etcétera. con ponentes de relumbrón, que completen los aforos más extraordinarios.

No creo ser sospechoso de ninguna animadversión hacia la formación en línea. Profesionalmente me he dedicado a esta antes que a la presencial, me sirvo muchísimo de ella para aprender y también la propongo, pero tampoco me parece que su generalización imparable sea un argumento para desterrar de nuestro imaginario colectivo la buena formación y el buen aprendizaje presencial, incluso cuando no cuenta con ponentes de relumbrón o cuando se centra en aspectos y prácticas tan humildes como imprescindibles y entrañables de nuestra realidad.

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Acerca del autor

Autor: Jesús María "Pitxu" García

Jesús María "Pitxu" García Sáenz (Vitoria-Gasteiz, 1970) es doctor en Filosofía y Letras (sección Filología Hispánica) por la Universidad de Deusto. Como profesor de Secundaria ha trabajado en el IES Azorín de Petrer y en el CEFIRE de Elda, en la asesoría de plurilingüismo y en las de referencia sobre programas europeos y coeducación.

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