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No tengo por costumbre opinar ni publicar las miserias de mis semejantes, pero existen ocasiones en las que me encuentro en la obligación  de hacer excepciones y contar lo que observo. Este artículo es la excepción que siempre confirma la regla desgraciadamente.

El pasado día 21 de abril, tuve la desgracia de estar presente en una situación que no deseo que pase a nadie.

Todo se desarrolla en una conocida brasería de Petrer, a ella acude una pareja que pide una mesa y en voz alta preguntan: “¿Tienen carne para cenar?” No comprendo a qué venía la pregunta en una brasería que anuncia su especialidad en carnes. Si carecieran de estas su nombre sobraría. 

La propietaria les da las buenas noches, pero la acompañante pasa totalmente de ella, entra en el salón para ubicarse en una de las mesas que se encuentran cerca de la cristalera que da al exterior y que previamente les habían indicado a ambos. Se les hace entrega de la carta  y posteriormente se les toma la comanda, repitiéndose el pedido para evitar errores, no sin antes explicarles los diferentes tipos de carnes con que cuentan. Hasta ese momento la situación era normal, quiero aclarar que justo me encontraba en la mesa de al lado y que por la ubicación, tanto mi esposa como yo nos enterábamos de todo lo que sucedía.

Eligen un vino bastante aceptable y se les comienza a servir. Posteriormente se nos trae a nuestra mesa una sepia y escucho que la acompañante comenta: “Cuando venga esa (refiriéndose a la camarera) se va a enterar, no ha tomado bien el servicio pero se lo voy a decir”, su acompañante trata de tranquilizarla pero ella reitera una y otra vez el mismo comentario. Cuando se le continúa sirviendo comenta en voz alta: “Oye, la sepia que le has puesto al vecino es la nuestra”. Se le responde que en la comanda no figura pedido ese plato. Yo doy fe que nunca se hizo alusión a pedir una sepia por parte de ellos, pero no digo nada porque el tema no iba con nosotros. La propietaria le responde que no hay problema, enseguida se le prepara una y se le trae, se le responde que ya es tarde y que ahora no trate de arreglar su error, que ahora ya no le vale.

A partir de ese momento estalla una guerra dialéctica en voz baja entre la pareja. Mientras su acompañante trata de tranquilizarla y hacerle ver que no pidió ese plato, ella responde que si está de parte de los del restaurante, que les habían dado la cena y que él había colaborado con su actitud, no solamente en el propio restaurante sino también desde que iban en el coche, que allí nada funcionaba y que había un mal servicio.

Como es de suponer, nos estaba dando la cena y lo peor es que no llevaba razón alguna, consiguiendo con su actitud que todos estuviésemos violentos porque no sabíamos cómo iba a terminar esa situación esperpéntica. Cuando terminan de cenar, se les invita a tomar lo que quieran, ella no lo acepta y se va al aseo. Luego regresa aún con más ganas de protestar y le vuelve a comentar a su pareja que el vino le parecía excesivamente caro, y que si no iba a decir nada al respecto, que se guarden la invitación donde le cupiera y que estaba cansada de la noche que le habían dado entre todos, “y tú de parte de los del bar”, “ni tu familia me aguanta, nunca les he caído bien”, recoge sus cosas y se marcha. Lógicamente su pareja sale detrás y ese es el momento en el que vuelve la tranquilidad al salón.

Posteriormente yo hablo con las personas encargadas del restaurante y les hago ver que ellos no habían tenido la culpa de nada, que habían tomado bien la comanda y que se repitió en voz alta para evitar errores, que todo estaba ocasionado por la mala actitud de la clienta hacia todos los allí presentes, consiguiendo generar malestar por sus constantes comentarios.

Tras esta situación y después de haberles contado lo acaecido y que yo pude observar en primera persona en una noche que debía de servir para relajarme y que logró que fuese lo contrario, he sacado la siguiente conclusión: es mejor pasar siempre de estas personas pelmazas, déspotas, soberbias, groseras y hasta cargadas de alcohol, porque observé que al final de la cena le costaba mantener la verticalidad debido a todo lo que había ingerido y que luego le parecía caro. Estas últimas líneas van de mi cosecha, aunque los allí presentes estaban de acuerdo con mis apreciaciones.

Nadie tiene derecho a molestar a los demás con su actitud insolidaria y menos vejar al personal que les atiende, porque siempre no vale ese dicho de que “el cliente siempre tiene la razón”, en este caso para nada. Observando este caso me atrevería a decir que es más fácil amaestrar un ganso que enseñarle modales y buena educación a la señora agonías que se encontraba en la mesa de al lado.

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Acerca del autor

Autor: José J. González

Bienvenidos a mi blog sobre enología y hostelería. Llevo 23 años desarrollando la profesión de hostelería y me gustaría que este blog fuese un punto de encuentro para los lectores del Valle de Elda y de cualquier persona que quiera seguirnos. Para cualquier sugerencia podéis escribir al correo electrónico de esta redacción.

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