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Seis y veinte de la mañana. Comienzo a preparar mi jornada laboral, quiero tener la terraza montada antes que llegue el repartidor de pan, es su primer servicio de la mañana. A continuación sigo con la misma rutina de siempre, acabar de montar expositores, poner en marcha la tostadora, el lavavajillas, encender algunas luces y resolver cualquier imprevisto. Es lo de siempre, pero el nuevo día es como si fuese a iniciar un nuevo negocio, no se puede relajar y mucho menos bajar la guardia.

Siempre implico al resto del equipo el mismo concepto que yo sigo a diario, “podemos estar a gusto en el trabajo pero siempre recordando que no podemos abandonar nuestros principios, es decir ser rápidos, limpios y eficientes”.

Son las siete, comienzan a entrar los primeros clientes. En realidad ya dejan de ser clientes, pasan a ser amigos, casi familia. Son tantos los años que mantenemos una amistad que ya todo se torna familiar. Hablamos un poco de fútbol y un poco menos de política. De lo primero siempre concluimos de que cobran demasiado, de lo segundo que no hay quien los entiendan y que ninguno da la talla. Comentamos el resto de la actualidad diaria y en lo que siempre tenemos unanimidad es que los investigadores que son los que en realidad curan enfermedades y ayudan a la humanidad apenas están valorados y son los grandes desconocidos para todos los trabajos que desarrollan, pero es lo que hay y no cabe otra solución que aguantar. Del resto apenas hacemos comentarios, aunque cumplimos una norma primordial, siempre mantenemos el buen humor y las bromas que no falten, esto nos arregla un poco el día.

El resto de la jornada se desarrolla casi siempre de la misma forma, los amigos toman café, desayunan, leen la prensa, pero por encima de todo se mantiene el buen talante. Las bromas nunca pueden faltar, ya son muchos años de amistad a nuestras espaldas como para estar tensos y estresados, los problemas siempre los dejamos en la puerta y esos diez, quince o veinte minutos que compartimos se aprovechan al máximo. Solo existe una excepción, es el momento en que se nos informa que uno de los nuestros se ha quedado por el camino y ya no lo vamos a volver a ver. Ese es nuestro peor momento, aunque tenemos que aceptarlo porque la vida, nuestra vida, es así.

Estar detrás de una barra es una escuela de psicología, llegamos a saber si alguien tiene problemas, está enfermo o cuenta con algún problema familiar. Ahí es cuando aparecen esos amigos de todos los días para apoyar, para dar ánimos y para decirle “nos tienes ahí”.

Para mí nunca es lo mismo estar dentro de la barra atendiendo a mis amigos que visitar solo otro lugar de restauración, siempre trato de evitar esta situación por todos los medios. Si estoy solo me encuentro totalmente desubicado, no encuentro el momento de hablar con alguien, en resumen “no es lo mismo”. Me considero una persona de bar, pero si lo trabajo o voy en compañía, pues cuando no es así busco cobijo en algún libro, periódico o escribir parte de un artículo para luego poder publicarlo para todos ustedes; debo de reconocer que el trasiego de un bar me inspira.

Cuando llegan los festivos es otro cantar. Las primeras horas del día transcurren un tanto extrañas. No cuento con la presencia de los clientes tempraneros para dialogar de la actualidad del día anterior, aunque luego me voy olvidando poco a poco y me centro en disfrutar de ese precioso día que tengo para pasar con mi familia.

La familia, los amigos, los conocidos del bar, los clientes desconocidos de solo un día, los lectores que me formulan preguntas sobre algunas dudas referentes a algunos de los artículos que publico en el presente blog. Todos forman un conjunto que logran crear en mi vida una gran familia sin lazos consanguíneos pero que consiguen hacerme feliz y valorar lo que desarrollo, compartir con  ellos todo o casi todo, siempre lo que cada uno estime.

Gracias por ser mis amigos.

          Feliz verano.