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Cremá de la Falla Las 300, 2014 | Jesús Cruces

A lo largo de las últimas semanas, esta tribuna, columna, espacio o blog (neologismo que no sé muy lo que significa), como se acostumbra a llamar lo que toda la vida ha sido un artículo de opinión, ha recogido mi criterio personal sobre distintos hechos que han venido ocurriendo en el mundo festero en general y en las fallas en particular que, al parecer, han levantado ciertas suspicacias y críticas entre cierto sector de la población, a las que quiero hacer ciertas puntualizaciones

Antes de nada quisiera decir que mis opiniones se centran en el ámbito de la fiesta fallera, porque este es un blog sobre fallas. Dicho esto y situados, continúo manifestando que en los artículos que componen esta publicación  desde su inicio, siempre he expuesto mi opinión personal, porque soy el autor y responsable de lo que escribo y así lo firmo. Porque creo que estoy acreditado para poder hacerlo, dado el honor que la fiesta me hizo al nombrarme su cronista. Porque dicho nombramiento me obliga a ser testigo y notario fiel de la situación que el colectivo vive y cómo se desarrolla y, por último, aunque hay muchas más razones, porque llevo vivido lo suficiente dentro del colectivo para poder opinar libremente sobre lo que en él ocurre. Supongo que serán suficientes razones las expuestas, para justificar la falta de servilismo de mis artículos, pero si no fuese así, hay una razón más poderosa que todas esas y esta es mi derecho a la libre opinión y expresión, así como el profundo respeto que siempre he mostrado por todas las personas que trabajan  por conseguir mantener lo que son las fiestas de Fallas en Elda.

Posiblemente a algún lector se le escape el sentido del anterior alegato. Su razón de ser está motivada por las repetidas críticas y los comentarios soterrados que se han venido haciendo en determinados círculos, sobre lo que yo expongo en esta página. Bien es cierto que no son gratos para algunos. También entiendo que pueden resultar hirientes en ciertos momentos. Pero simplemente responden  a una forma de actuar con la que no estoy de acuerdo y que afecta a parte de mi vida, como integrante de las Fallas que soy y mucho tiempo que dedico a ellas, aunque sea poco apreciable para algunas personas.

Durante los casi 25 años que llevo ligado a esta fiesta, nunca he ocultado mi pensamiento sobre la forma en la que se desarrollaba, ni siendo indumentarista, ni como fallero activo, ni por supuesto lo voy a hacer ahora que ejerzo otra labor como es la informativa. Pero informar es una cosa y en ese aspecto, el rigor y la asepsia de los hechos han de prevalecer en la noticia. Sin embargo, esta columna lo es de opinión y en ella mi opinión expreso. Nunca con la intención de ser grato, pero sí con la de ser efectivo. Si algo ha molestado a alguien de lo que he escrito, creo que he acertado en la diana. Pero tengo que poner el punto de atención sobre el derecho al comentario que todo lector tiene y que al final del artículo se puede ejercer, tan solo es necesario pulsar la tecla Comentario  y desde ahí se puede contestar a lo escrito. A veces, los artículos publicados solo pretenden ser un aliciente para que otros den su opinión sobre los temas tratados. Se cargan las tintas sobre algunos aspectos en concreto, pero simplemente muestran una parte de la fiesta que no es el escaparate. Quiero incidir con ello en el respeto al trabajo de tantas y tantas personas, que dedican su tiempo libre  y su ocio a un empeño colectivo, llámese fallas o excursión a la Qimbamba. Nadie está justificado para utilizar ese esfuerzo altruista en beneficio propio o de una idea.

Quisiera rebajar acritud a este artículo, pues no es mi intención polemizar. Nunca lo ha sido, aunque a veces se ha pretendido buscar las vueltas a mis comentarios. Por eso a quienes opinan (y pongo el dedo en la llaga) que mis palabras, por lo que represento en la fiesta, atacan a esta o no están suficientemente justificadas, les digo que el trabajo que en ellas desarrollo está sobre la mesa. Mi intención no es ser grato ni condescendiente con quien me exige algo a cambio, y sobre todo si ese algo es mi libertad de expresión, de opinión o de credo renuncio a cualquier honor, por otra parte nunca buscado por mí. Si de modo contrario, alguien rebate mis argumentos de forma abierta y dialogante, estaré siempre dispuesto a analizar y debatir las opiniones. Basta de mojigatería y de dimes y diretes, seamos abiertos en nuestras acciones y libres en nuestras actuaciones, que para mordazas y servidumbres, la vida ya nos las trae a manos llenas.