SEMANARIO DE INFORMACIÓN LOCAL, DEPORTES Y ESPECTÁCULOS

Fundado en 1956
Visto: 1513
Compartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en Google PlusCompartir en WhatsApp
Falla Tafalera 1959 Reverso

Hubo un tiempo en esta fiesta, en el que plantar una falla, lejos de un hecho festivo, llegó a convertirse en una necesidad para poder expresar las necesidades de un barrio, de un pueblo o de un colectivo, simplemente. Fueron muchos los que se arriesgaron durante décadas, hombres honrados convencidos de una idea, camuflados en el entorno de la charanga y la pandereta, desafiando la represión cruel y el sadismo enmascarado de adictos al régimen, verdugos impíos que estaban al acecho de personas y haciendas, revestidos de bondad y olor a incienso, pero dominantes de la situación por medio de la opresión y el miedo. Los otros, los que nunca se resignaron a vivir de rodillas, supieron crear un entorno plagado de códigos, en el que pocas cosas eran lo que parecían. La mediocridad de los mandamases no les permitía ver lo que a ojos vista todos apreciaban y ciegos en su inoperancia, permitieron que la fiesta floreciera. Música y pólvora, arte y futilidad, con estos mimbres llegaron a construir los dominantes, el arquetipo del levante feliz siempre vano e inmerso en fiestas.

 Después vino la calma. Se pudo elevar la voz, el país empezó a ser dueño de sus calles, sus plazas, sus pueblos. La fiesta comenzó su declive en muchos sitios y en otros fue quedando reducida al puro ambiente folclórico, a la imagen tópica de los cuadros costumbristas, aunque en estos últimos supieron crear de ello una industria, un reclamo con el que atraer a millones de visitantes cada año. Y así la fiesta fue creando escuela… y dinero.

Fallas 1951

Recordábamos la semana pasada cómo una monja del antiguo hospital de Elda tuvo la idea de inventarse una falla para hacer visible el barrio en el que se encontraban y denunciar la situación de penuria y abandono que sufrían los vecinos. Fue un medio con el que poder reclamar a las autoridades que interviniesen en aquel entorno compuesto por unas cuantas míseras calles, de casas de teja vana, sin luz, ni agua corriente, sin asfalto ni alcantarillado. Gracias a aquella falla y digamos que a aquella monja, el barrio se elevó del inframundo en el que moría, para dar paso a un hálito de vida, que aun hoy se mantiene en suspenso.

No fue este el único caso, otros barrios emplearon la crítica de sus monumentos para decir, cuando no se podía ni hablar, la vida muelle de algunos, el silencio de los de arriba, subidos al pedestal, sostenidos por la miseria de los de abajo. Y así, poco a poco, con el apoyo de unos cuantos hombres convencidos de lo que hacían se fue construyendo junto a la fiesta, la Elda que todos querían. Pero claro, hablamos de otros tiempos ¿o no?

Falla Fraternidad 1959 desde bar Magero

Actualmente, de nuevo las cosas han cambiado y cuando parecía que por fin las fallas tomaban su rumbo, surgen aquellos que no se resignan a que la calle es de todos, los NO asamblearios, que presumen de tomar las decisiones más oportunas para el pueblo, según los intereses que a ellos les benefician. Ignoran lo que la gente quiere, implantan la ley del silencio y del servilismo y dictan normas e inventan leyes, para que todos quedemos reducidos a su entera voluntad, esclavos de su inoperancia y de su mezquindad.

Escena Falla Hospital 1975

¿Y qué hacen las fallas? ¿Se resignan? El tiempo lo dirá. Yo he conocido en esta fiesta personas con dignidad, que han preferido no estar, antes que no ser. Las fallas son críticas, dicen los falleros de pro. Pero la crítica hay que saber aceptarla, digo yo. La sátira las domina, el arte las magnifica y ellas son finalmente, cuando surgen en una esquina, en una plaza, en una calle, la expresión de lo que sus artífices piensan. Pobres sometidos, que cierran los ojos y aceptan las prebendas, con ellas cierran sus bocas, pero los prebostes no pueden cercenar los pensamientos.

Hubo un tiempo en esta fiesta, en el que plantar una falla, era un hecho festivo. Así quisiéramos que siguiese siendo. Fiesta, arte, música, alegría y vecindad, pero sobre todo, libertad para ser dueños de nuestros pensamientos, de nuestras expresiones, de nuestras ideas, aquellas que nunca los  mediocres serán capaces de arrebatarnos, por muy amos del corral que quieran aparentar ser. Ellos reinan cuando tienen corte, sin esta serán reyes solitarios.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Acerca del autor

Autor: Miguel Campos Ruiz

Miguel Campos Ruiz, sociólogo eldense, es un joven comprometido con las tradiciones y cultura de su ciudad. Desde que finalizó sus estudios universitarios se dedica a la elaboración y redacción de estudios y artículos de divulgación sociocultural. Entre sus temáticas de estudio se encuentran fenómenos sociales como la “fuga de cerebros” o en materia de empleo el “Pacto Territorial por el Empleo del Valle del Vinalopó ”. Forma parte del Centro de Estudios Locales del Vinalopó, entidad cultural de ámbito comarcal, que anualmente publica la Revista del Vinalopó dedicada a las Ciencias Sociales. Sobre la fiesta de Fallas también ha publicado tanto en publicaciones de las comisiones falleras eldenses como en prensa local.

En la actualidad, es el Delegado de Cultura y Revista de la Junta Central de Fallas de Elda, y coordinador del proyecto educativo “Fallas en el Cole”. En #EldaenFallas podrás conocer toda la actualidad de la fiesta del fuego eldense.

Utilizamos cookies propias, al continuar navengando por el sitio aceptas nuestra política de cookies.

Aceptar

Buscando...

Un momento por favor

Google+
Compartir