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Esta semana continuamos buscando razones para conservar el Patrimonio Histórico recordando nuestro segundo enunciado: el Patrimonio Histórico es de todos, común, colectivo y propio. 

   Creo que una analogía nos puede ayudar a bucear en este argumento. Nuestro patrimonio histórico podría ser la herencia de la casa de los abuelos, por ejemplo, legada por testamento a numerosos familiares. A veces esta herencia se recibe como una carga y, en realidad, ocasionalmente lo es. Hay varias maneras de afrontarla. Hacer partes iguales entre los herederos –¡qué difícil!-. O venderla rápidamente a cualquiera –en ocasiones, malvenderla- para ahorrarse problemas: parece que está feo discutir con hermanos o primos por estas cosas…  O bien dejar que uno de los herederos se la apropie: el más interesado, o el más pudiente, y el resto la deja, se desentiende: siempre están los desapegados, claro. En ocasiones la herencia de la casa de los abuelos se echa a perder: si no hay acuerdo entre los herederos, o si aparecen litigios entre ellos, la casa no se cuida, y puede llegar el abandono y la ruina… En fin, o la disfrutan unos pocos, o nadie… Seguro que a muchos nos suena alguna de estas situaciones.

    Finalmente cabe la posibilidad de que los herederos de la vieja casa de los abuelos se pongan de acuerdo para disfrutar de la herencia recibida. No es la salida más fácil. Con toda seguridad, el acuerdo representa más esfuerzo y más responsabilidad, o más quebraderos de cabeza. Por qué no decirlo, a veces supone tiempo, dinero, o ambas cosas a la vez. Pero la casa de los abuelos también es una oportunidad para aprovechar constructivamente la herencia, para hacer familia. Y hay familias que verdaderamente lo necesitan. Al fin y al cabo, repartirse de manera solidaria el cuidado y el mantenimiento de la casa reduce, como mínimo, las cargas. Es una ocasión para compartir lo común, lo propio, que contribuye a mantener los lazos familiares, las raíces comunes: la casa es de todos, crea lazos y vínculos, y ayuda a la cohesión del clan. Me vienen a la cabeza casos de personas o familias, tal vez algo estereotipados, que se aferran a un pequeño patrimonio, y que sólo lo dejarían perder en situaciones extremas. Pensemos en esas entrañables fotos antiguas donde vemos a nuestros familiares o antepasados, o evocamos a personas y acontecimientos importantes en nuestras vidas. Pensemos en las alhajas de la abuela, las joyas de la familia, acopiadas durante años, y guardadas como un auténtico tesoro que se dejan ver en situaciones especiales. Pensemos en esa pequeña parcela de tierra, ya con poco valor, pero cultivada antaño por el padre, el abuelo, o el bisabuelo durante años... 

   Quizás es más fácil preservar lo mío que lo nuestro. Curioso y revelador. En el caso de estos pequeños tesoros familiares a los que aludíamos –fotos, joyas, recuerdos...-, parece que, en el plano individual o personal, los intentamos custodiar con celo como prueba material de derechos, emociones, sentimientos, recuerdos o propiedades. En cambio, ese afán conservacionista, esa responsabilidad, deber y voluntad de transmisión a generaciones futuras, se diluye más, o es menos visible, cuando se trata de nuestro Patrimonio Histórico común, el de todos. ¿Porque los lazos que nos identifican con ese patrimonio no son tan fuertes, o tan evidentes? ¿Porque, en realidad, no son tesoros para nosotros?

   El problema es que a veces lo que es de todos parece que no es de nadie... Tal vez uno de nuestros pequeños retos colectivos sea cuidar nuestro patrimonio histórico como si fuera personal o individual, pero con vocación de que sea compartido para disfrutarlo más porque multiplica su valor social y cultural. En Elda, como en otras ciudades semejantes, creo que tenemos que consolidar la idea de que todos somos un poco herederos de la casa de los abuelos, y que ha estado muchos años abandonada… Me parece que hay que ir superando la paupérrima realidad de que el patrimonio histórico es para minorías, para enamorados de la historia o de las antigüedades, para coleccionistas exclusivistas (unos pocos herederos se apropian de la casa de los abuelos). Y también el creer que importa poco, porque siempre, lógicamente, hay otras prioridades (la casa se deja perder hasta que es irrecuperable). Nuestro patrimonio es representativo de la especificidad de nuestra tierra, de nuestro paisaje y de nuestra historia. Y, como se ve, el posesivo utilizado es plural, no singular. 

   Al trasladar estas analogías al patrimonio histórico local, uno se pregunta –un poco retóricamente, lo sé: me ha salido un tono casi de homilía-: ¿dónde nos situaríamos nosotros? ¿entre qué tipo de herederos? En nuestra ciudad ¿cuáles son las “casas de los abuelos”, cuáles nuestras herencias? ¿cómo nos implicamos en conservarlas, en disfrutarlas, en acrecentarlas? 

 

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Acerca del autor

Autor: Juan Carlos Márquez

Comparto con vosotros en este blog unos cuantos años de recorrido y de práctica profesional pública y privada en los campos de la Arqueología, la Historia y la Gestión del Patrimonio Cultural. He pasado por experiencias docentes en las aulas universitarias y por proyectos de investigación dentro y fuera de España. Desde 2003, como arqueólogo del Ayuntamiento de Elda (Alicante), tengo la oportunidad de trabajar para mi ciudad e ir redescubriendo, paralelamente, su historia y sus tradiciones, su pasado. Me apasiona la investigación histórica y la dimensión científica de la Arqueología y del Patrimonio Cultural. No obstante, en los últimos tiempos he orientado mi tarea, por un lado, a la vertiente divulgativa de la historia y del patrimonio eldense, y, por otro, a la gestión destinada a su conservación, creo que por responsabilidad y casi por imperativo profesional.

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