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Presas históricas del pantano de Elda

“Yo sé quién soy”

Don Quijote, capítulo V, primera parte

   Echemos un vistazo a la evolución reciente de una ciudad industrial como Elda. Desde finales del siglo XIX hasta las últimas décadas del siglo XX ha experimentado un explosivo y desordenado crecimiento urbano y demográfico. Ese crecimiento ha generado, por supuesto, notables beneficios. Pero, como contrapartida, también poderosas consecuencias e inercias negativas. Una de estas consecuencias ha sido la pérdida, el abandono o el arrinconamiento de una parte relevante de nuestro patrimonio histórico y cultural: lugares entrañables, espacios cargados de sabor local, calles y negocios tradicionales, monumentos con historia, parajes para pasear tranquilamente un fin de semana... Algunos pensarán en nuestro centro histórico; otros, en nuestro castillo y palacio condal; y otros se irán algo más lejos, al campo, hacia la Finca Lacy. Y la lista, lógicamente, es más larga.

   No les falta razón a quienes afirman que este proceso forma parte de una dinámica habitual en ciudades industriales contemporáneas. Siempre dirán que el Progreso tiene un precio, o que no todo se puede conservar. De acuerdo: intentaremos no hacer un planteamiento catastrofista o victimista del asunto. Hecho someramente el análisis y el diagnóstico, el problema me parece que tiene más calado de lo que aparenta. Porque abandonar el patrimonio es empezar a perder la memoria común. Y perder la memoria común puede llevarnos a una especie de amnesia colectiva y, por qué no, a un empobrecimiento de lo que nos caracteriza y define; o a dificultades de identificación profunda con nuestro entorno habitual. En definitiva, nos puede conducir a un problema de identidad. La ciencia médica nos permite, salvando las distancias, poner un paralelismo más: algunas personas, afectadas por dolencias degenerativas que afectan al funcionamiento del cerebro, como el Alzheimer, pierden progresivamente la memoria y se generan graves problemas de conducta y comportamiento, de reconocimiento, e incluso de  identificación. Las consecuencias de esas enfermedades son, en lo personal y en lo familiar, dolorosas, devastadoras, y dejan una profunda huella.

   Dicen que cuando uno pierde la identidad, lo pierde todo. La pérdida de patrimonio histórico y cultural supone una auténtica enfermedad para cualquier comunidad. Que no sea muy evidente, o que sea lenta, como algunas enfermedades degenerativas que afectan a nuestro cerebro, no significa que no esté, o que no avance. Perder patrimonio representa una ruptura de los lazos que conectan personas y colectivos del pasado con el presente, el borrado de la memoria, la pérdida de la información de nuestro disco duro comunitario.  Si perdemos patrimonio, perdemos memoria y, si la pérdida persiste y no se frena, perdemos nuestra identidad. Y, sin identidad, nos cuesta reconocernos como comunidad. Perdemos tanto que, a largo plazo, las consecuencias son las propias de una enfermedad difícilmente reversible que se ramifica social, cultural y económicamente.

   Si lo formulamos en positivo, en términos de conservación, no de pérdida, el Patrimonio Histórico posee un importante valor identitario. Puede funcionar como un remedio contra la amnesia colectiva. Refuerza nuestra identidad y nuestra memoria colectiva. Nos da consistencia como comunidad, combate el presentismo vacío y proporciona coherencia a nuestras raíces. Es un antídoto contra el veneno de la pérdida de nuestra memoria común, de nuestras señas de identidad. Porque, como historia materializada, como pasado hecho presente, nuestro Patrimonio Histórico, nuestras tradiciones, nos recuerda quiénes somos, de dónde venimos. Por eso hay que conservarlo.

   En fin, acabo con algunas preguntas que me vienen a la cabeza, quizá algo retóricas, pero ahí van: ¿Es realmente grave esa “enfermedad” que nos borra la memoria, o podemos vivir con ella sin más? ¿Cómo podemos revertir los efectos de esa amnesia colectiva que supone la pérdida de patrimonio en nuestra ciudad?

Grupo de moneros el día del atún en la presa del Pantano (años 40). Fuente CEFIRE

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Acerca del autor

Autor: Juan Carlos Márquez

Comparto con vosotros en este blog unos cuantos años de recorrido y de práctica profesional pública y privada en los campos de la Arqueología, la Historia y la Gestión del Patrimonio Cultural. He pasado por experiencias docentes en las aulas universitarias y por proyectos de investigación dentro y fuera de España. Desde 2003, como arqueólogo del Ayuntamiento de Elda (Alicante), tengo la oportunidad de trabajar para mi ciudad e ir redescubriendo, paralelamente, su historia y sus tradiciones, su pasado. Me apasiona la investigación histórica y la dimensión científica de la Arqueología y del Patrimonio Cultural. No obstante, en los últimos tiempos he orientado mi tarea, por un lado, a la vertiente divulgativa de la historia y del patrimonio eldense, y, por otro, a la gestión destinada a su conservación, creo que por responsabilidad y casi por imperativo profesional.

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