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                                                         Templo cristiano de El Monastil

…El libro es una criatura frágil, se desgasta con el tiempo, teme a los roedores, resiste mal la intemperie y sufre cuando cae en manos inexpertas. 

Umberto Eco. El nombre de la rosa.

 

   Hace ya 35 años, Umberto Eco ponía en boca del abad Abbone da Fossanova una reflexión sobre la fragilidad y vulnerabilidad de los libros. Esta reflexión nos viene como anillo al dedo porque en la actualidad podemos sustituir tranquilamente "libro" por "patrimonio histórico" sin que el enunciado pierda un ápice de su vigencia o valor, convenientemente extrapolado.  

    De esta manera, en nuestra búsqueda de razones para conservar nuestro patrimonio histórico llegamos a la cuarta parada que propusimos hace unas semanas: nuestro patrimonio histórico es, en lo sustancial, y con carácter general, limitado, no renovable, vulnerable y frágil. Conviene recordarlo en una época en la que se habla mucho de sostenibilidad y de aprovechamiento racional de nuestros principales recursos. El patrimonio histórico también es un recurso y, desde luego no es inagotable. Vayamos a la arqueología, por ejemplo, e imaginemos la hipotética desaparición de El Monastil, afortunadamente frenada desde hace poco más de una década: no se podría haber reemplazado por otro yacimiento igual. Representa específicamente la Antigüedad en Elda y en el Medio Vinalopó. No tiene recambio ni se renueva de manera natural. Es singular e insustituible en su historia. Más aún: en nuestro término municipal los yacimientos conocidos (prehistóricos, antiguos, medievales, modernos y contemporáneos), lo son en un número limitado, a pesar de que los tiempos futuros dejarán sus propios testimonios y vestigios arqueológicos. 

   Siguiendo el hilo del patrimonio arqueológico, esta circunstancia –que sea limitado y no renovable- conlleva una notable responsabilidad para los arqueólogos. Un yacimiento excavado no puede volverse a excavar otra vez. Literalmente, no se pueden excavar dos veces los mismos estratos, las mismas capas de tierra. En el ámbito académico y profesional de la arqueología se suele decir al respecto: “Yacimiento excavado, yacimiento perdido”. El fondo y sentido de la afirmación es claro: el proceso de excavación y documentación arqueológica debe cuidarse especialmente, es único porque no se puede repetir. El patrimonio arqueológico, además, es en ocasiones invisible –no solamente en algunos despachos, sino físicamente-, oculto en el subsuelo o bajo el mar. Una pequeña desventaja añadida. En el caso del patrimonio arquitectónico, por ejemplo, una histórica mansión, las ruinas de un viejo molino, o los vestigios de una antigua fábrica o instalación artesanal, tienen un problemático reemplazo si desaparecen. Hay más casas, molinos o instalaciones industriales, pero no así. Podemos documentarlos, como se hace habitualmente con monumentos y obras de arte (fotografiarlos, dibujarlos, reproducirlos), pero difícilmente se sustituye, por ejemplo, el ambiente propio y el marco tradicional de un centro histórico vivo y activo... En patrimonio, a medida que subimos de escala y de nivel, de singularidad y de valor, se acentúan sus debilidades. Y nuestra responsabilidad.

   La vulnerabilidad y fragilidad de nuestro patrimonio es evidente. Se encuentra expuesto especialmente al ataque combinado de la naturaleza (viento, lluvia, nieve, hielo…) y de la mano del hombre (abandono, falta de medidas de conservación, desidia…). Todo ello, acentuado por el puro paso del tiempo. A veces, la acción humana sobre el patrimonio, paradójicamente, no se ve en la dejadez, sino que se asocia a los presuntos avances de eso que hemos llamado progreso. En ocasiones, ese progreso mitificado -en realidad, habitualmente es más para unos que para otros- se ha convertido en pretexto oportunista para confrontarlo con el patrimonio histórico: el progreso representa lo nuevo, lo moderno, versus lo viejo, lo antiguo, personificado por el patrimonio histórico. Lo viejo sobra, frena la llegada de lo nuevo... Ese pretendido Progreso se ha convertido, según los casos, en una amenaza real para nuestro patrimonio histórico, movido por el impulso miope y cortoplacista del mundo actual. En situaciones extremas, esa miopía se convierte en intolerancia y fanatismo, como hemos tenido la ocasión de comprobar recientemente con la salvaje destrucción de patrimonio arqueológico en Irak.

   Detectada esta carga genética del patrimonio histórico, toca afrontarla. Por todo lo dicho es importante un esfuerzo conservacionista racional. También promover la documentación completa del patrimonio en riesgo de desaparición. En esa línea, en patrimonio es importante tanto su protección legal como su protección real –no es lo mismo, como tampoco lo es, en Derecho, la ley y la justicia, por ejemplo-. No siempre hay correspondencia entre ambas realidades. La primera establece normas y mecanismos. La segunda depende del factor humano. Y en eso estamos.

                                Acueducto de las Cañadas, destruido parcialmente hace unos años

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Acerca del autor

Autor: Juan Carlos Márquez

Comparto con vosotros en este blog unos cuantos años de recorrido y de práctica profesional pública y privada en los campos de la Arqueología, la Historia y la Gestión del Patrimonio Cultural. He pasado por experiencias docentes en las aulas universitarias y por proyectos de investigación dentro y fuera de España. Desde 2003, como arqueólogo del Ayuntamiento de Elda (Alicante), tengo la oportunidad de trabajar para mi ciudad e ir redescubriendo, paralelamente, su historia y sus tradiciones, su pasado. Me apasiona la investigación histórica y la dimensión científica de la Arqueología y del Patrimonio Cultural. No obstante, en los últimos tiempos he orientado mi tarea, por un lado, a la vertiente divulgativa de la historia y del patrimonio eldense, y, por otro, a la gestión destinada a su conservación, creo que por responsabilidad y casi por imperativo profesional.

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