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Llegamos a la última estación del pequeño viaje que propuse hace unas semanas para encontrar el sentido a la conservación del patrimonio histórico en el mundo actual. Junto a las otras razones que ya hemos defendido, queremos conservar nuestro pasado histórico materializado porque es valioso y es útil. Pensemos, por ejemplo, en el valor de la Dama de Elche como símbolo de identificación colectiva para su ciudad de origen. En el valor científico y la repercusión internacional de los hallazgos y yacimientos de Atapuerca. En La Alhambra de Granada por su valor económico y turístico, por ejemplo. O en los valores culturales y educativos de los teatros romanos (Sagunto, Mérida, Cartagena…), o incluso del complejo de Dinópolis, en Teruel, por citar algunos.

    El patrimonio no es un sector improductivo. En muchos casos, constituye una fuente de riqueza cultural, educativa, social y económica para la comunidad, proporcionando beneficios tangibles e intangibles. Participa en la promoción de nuevas actividades y profesiones. Puede generar también rentas derivadas de su explotación, porque crece la demanda de bienes culturales relacionada con el turismo, el ocio y el entretenimiento. 

Por supuesto, los ejemplos citados son de primera división, de una categoría extra de nuestro patrimonio histórico y cultural. Lógicamente, a escala local tenemos nuestras propias dificultades. Pero precisamente por eso nos pueden servir de referencia. Lo significativo es que muchas de estas experiencias se han convertido en riqueza (educativa y formativa, cultural, social, económica, turística…) tras un esfuerzo sostenido de gestión. Ballart y Juan (Gestión del Patrimonio Cultural, Ariel, Barcelona, 2001) nos dan una conocida definición de gestión del patrimonio cultural: “Conjunto de actuaciones programadas con el objetivo de conseguir una óptima conservación de los bienes patrimoniales y un uso de estos bienes adecuado a las exigencias sociales contemporáneas”. Vamos a despiezar este enunciado porque nos puede dar algunas claves que podemos aplicar a escala local: 

  • Actuaciones programadas. En patrimonio, como en otros sectores, no conviene la improvisación. Para pasar de un recurso a un producto, hay que programar y planificar. Implica la necesidad de crear documentos técnicos interdisciplinares (planes, programas, proyectos), con diagnósticos, objetivos y concreciones a corto, medio y largo plazo. Con impulso y apoyo de las diferentes administraciones responsables o implicadas, tanto en recursos humanos como económicos. Debe existir una estrategia, aunque tenga sus límites. Más vale un plan, aunque sea muy mejorable, que no tener un plan.
  • Óptima conservación de los bienes patrimoniales. Recuperar y poner el valor el patrimonio histórico debe dirigirse a usos activos de monumentos, de espacios o de edificios que respeten y favorezcan su conservación. La utilización de un bien y su cuidado no tienen por qué estar reñidos entre sí, sino ser complementarios. Esto no siempre es así. Basta recordar el cierre temporal de la cueva de Altamira porque las visitas afectaban a la propia conservación del arte rupestre. Una situación análoga tuvo lugar, a otra escala, con la Capilla Sixtina, sometida a visitas multitudinarias permanentes. Cada monumento, cada bien del patrimonio cultural, admite una determinada capacidad de carga, en estos casos de visitas: si no se racionalizan, se pone en peligro su conservación. En los dos casos citados, las soluciones adoptadas, aparentemente, favorecen la conservación de estas joyas del patrimonio cultural.

Sin embargo, aunque este asunto parece muy trillado, no está exento de polémica, en ocasiones oportunista. Hace unos días, diversos medios de comunicación informaban sobre la intención de celebrar un importante torneo de pádel en el anfiteatro romano de Mérida. El hecho ha causado un cierto revuelo. Más allá del análisis objetivo del caso en cuestión, interesa el debate sobre los límites de la utilización o explotación del patrimonio histórico, tanto en usos propios o asociados a los valores que le son propios, como en usos que no son explícitamente culturales. O en usos que pueden afectar negativamente a su conservación.

   El patrimonio corre el riesgo de convertirse en una mercancía en virtud de un economicismo desbocado. Pero también en un recurso potencial abandonado eternamente que acaba por perderse. Entre el todo vale si da dinero y el integrismo a priori, como posturas extremas, la solución pasa por una gestión coherente e individualizada que contemple la conciliación entre un uso activo necesario, por un lado, y la conservación de los valores esenciales del bien en cuestión, por otro. Y ahí, probablemente, los profesionales y los técnicos tienen mucho que decir, proponiendo la decisión más conveniente –no siempre es fácil-. Y luego, además, hay que saber contarla, explicarla adecuadamente, circunstancia que no siempre se produce.

  • Uso adecuado a las exigencias sociales contemporáneas. Cada época y cada sociedad tienen sus responsabilidades, sus necesidades y sus exigencias. Afortunadamente, está cada vez más abandonada la idea de un patrimonio histórico destinado exclusivamente a élites o a especialistas. En este sentido, gestionar nuestro patrimonio común debe superar y racionalizar la idea de conservar por conservar. Dicho en otros términos, en patrimonio todo tiene un valor, pero no todo vale lo mismo. Más aún en tiempos de crisis, cuando los recursos humanos y económicos son limitados, cuando las apuestas institucionales tienden a empobrecerse, y lo urgente devora lo importante. Vivimos momentos de cortos plazos en los que urge reivindicar, precisamente, el valor del patrimonio como sector productivo y recurso social, cultural y económico, a medio y largo plazo. Y esto conviene recordarlo con relación al patrimonio histórico de nuestra ciudad, donde, en líneas generales, aún estamos en los inicios de un camino que debería ir del recurso (patrimonio histórico) al producto cultural. 

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Acerca del autor

Autor: Juan Carlos Márquez

Comparto con vosotros en este blog unos cuantos años de recorrido y de práctica profesional pública y privada en los campos de la Arqueología, la Historia y la Gestión del Patrimonio Cultural. He pasado por experiencias docentes en las aulas universitarias y por proyectos de investigación dentro y fuera de España. Desde 2003, como arqueólogo del Ayuntamiento de Elda (Alicante), tengo la oportunidad de trabajar para mi ciudad e ir redescubriendo, paralelamente, su historia y sus tradiciones, su pasado. Me apasiona la investigación histórica y la dimensión científica de la Arqueología y del Patrimonio Cultural. No obstante, en los últimos tiempos he orientado mi tarea, por un lado, a la vertiente divulgativa de la historia y del patrimonio eldense, y, por otro, a la gestión destinada a su conservación, creo que por responsabilidad y casi por imperativo profesional.

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