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Un tiro de gracia, de Emilio Pérez Rosas

Cuando nos acercamos a la Historia, no hace falta irnos a la arqueología de tiempos remotos para sorprendernos ingenuamente de la habilidad o de los talentos de nuestros antepasados. No hace falta tampoco recrearnos en relatos edulcorados sobre un pasado, lejano y a veces mitificado, que en ocasiones sólo parece tener la virtud de entretener. Ni rebuscar insistentemente ilustres osamentas... Tenemos una historia y un patrimonio recientes, cercanos, esenciales, con un profundo valor como experiencia colectiva. Hablamos de la Guerra Civil, ni más ni menos. 

 

   Desde hace semanas, el Centre d’Estudis Locals del Vinalopó (CEL) viene presentando el número 17 de su revista anual, correspondiente al año 2014, en diferentes localidades de nuestro entorno. También en Elda. Por cierto, diecisiete números editados desde finales de los años 90, entre otras obras, merecen un reconocimiento al esfuerzo sostenido del CEL por las ciencias sociales locales, especialmente por la Historia y las Humanidades. Es ya una publicación madura, casi podríamos decir que veterana en su especie... Dicho esto, sigamos. Con el sugerente título de Testimonis de pedra, se aprovecha el recordatorio del 75 aniversario del fin de la Guerra Civil (1936-1939) para publicar un amplio dossier que gira en torno a la historia y el patrimonio material originados por este transcendental y dramático conflicto bélico en los valles del Vinalopó. Con la dirección de Gabriel Segura Herrero y la coordinación de José Ramón Valero Escandell, por sus páginas desfilan un variado repertorio de lugares que conservan restos de la guerra en nuestras tierras, analizados por especialistas y por estudiosos locales.

   No me resisto a la tentación de transcribir un fragmento del editorial de la revista, que ilustra la situación y los desafíos a los que nos enfrentamos cuando nos acercamos a la historia y al patrimonio heredados de la Guerra Civil: 

   “(…) el recuerdo de una guerra que en muchas ocasiones todavía divide a la sociedad (…). Ante ello, cobra mayor importancia la conservación razonable del patrimonio histórico vinculado al conflicto; potenciado de forma que pueda servir como recurso educativo, cultural, vinculado a un momento que poco puede enorgullecernos, pero que resulta necesario divulgar para alcanzar a comprenderlo y conseguir superarlo, para crecer como comunidad sin la compañía de fantasmas del pasado. A veces, la limpieza de la casa  exige mirar debajo de las alfombras”.

   El dossier Testimonis de pedra se suma a una serie de trabajos que se ocupan de la Guerra Civil en nuestras tierras desde hace años. Porque ha habido precedentes. Algunos de estos precedentes han visto la luz, como El territorio de la derrota, de Valero Escandell, o Prisioneros de guerra, de Vicente Belmonte Botella. Ambos forman parte de la colección L'Algoleja del CEL. O el número 33 de la revista Alborada (1986), dedicado al conflicto civil en Elda. Otras iniciativas se han quedado, por el momento, en proyecto, como el conocido como Tierra de acogida, que recoge el Inventario y estudio de lugares vinculados con la Guerra Civil en los municipios de la Mancomunidad Intermunicipal del valle del Vinalopó y posibilidades de utilización turística de los mismos, dirigido por el mismo Valero Escandell y por Rosario Navalón García, de la Universidad de Alicante. No pretendo ser exhaustivo. Hay, lógicamente, más estudios sobre el tema.

   En conjunto, el balance de estos trabajos es que nuestro valle y nuestra ciudad, nuestra tierra, conserva todavía una importante memoria oral, escrita y material de la Guerra Civil. Es un patrimonio y un legado singular y delicado. Debemos ser conscientes, más allá de las rancias y vacías reservas y temores del tipo “no hay que remover aquello”, que la historia y el patrimonio vinculados a la Guerra Civil –y también a la Segunda República- constituyen una invitación. Una invitación a la superación de las secuelas del conflicto a través del conocimiento. Y una invitación, además, a la superación del miedo o la inquietud de algunos, o la ignorancia de otros, ante la guerra. También es una oportunidad de curar heridas, cerrar cicatrices, recordando los efectos de un conflicto civil dramático. Esquivar ese legado, ningunearlo u ocultarlo es injusto e irresponsable. Comprender lo que pasó a través de la ciencia histórica permite minimizar complejos y revanchismos, sustituyéndolos por dignidad, reconocimiento, respeto, reconciliación y responsabilidad. También puede convertir ese bagaje en fuente de riqueza, porque la historia, la arqueología y el patrimonio de la Guerra Civil constituyen un potencial recurso para singularizarnos como comunidad, a partir del uso educativo, cultural y turístico de los lugares de la guerra y de la memoria de la guerra. Y hay que reconocer que, en este terreno, aunque se ha avanzado bastante, todavía hoy es una asignatura pendiente y, en cierta medida, un termómetro de nuestra madurez como sociedad. Descubrámoslo entre las páginas de Testimonis de pedra. 

   Hace unos años, Emilio Pérez Rosas nos relató su experiencia de la Guerra Civil. Nos contó su historia, la de un joven eldense de apenas 18 años que sobrevivió, de manera milagrosa, insólita y sobrecogedora, a un tiro de gracia y a sus secuelas tras una acción de guerra allá por el río Mijares, en 1938. Concluyo con un extracto revelador de su testimonio, memoria pura, sin rencores, sin revanchismos, en el preámbulo de la obra:

   “Lo que relato en las siguientes páginas lleva un retraso de casi toda una vida. Cerca de setenta años son demasiados intentando creer que olvidar es aliviar. Tantos años cargado con el peso inerte de una historia no contada, me ha supuesto un cansancio moral que solía atribuir a otros avatares que, también nunca faltaron.

   Aquí quedan escritos unos sucesos que me marcaron para siempre, relatados a prisa, con pocas palabras; pero, incidiendo en aquellos episodios cuyo desarrollo y desenlace tuvieron una connotación muy especial en la huella que me dejaron.

No son historias que me contaron.

Son mis vivencias convertidas en historia.

No acuso. Sólo constato.”

Revista del Vinalopó 2014

Comentarios  

0 #2 Constantino 29-03-2015 14:00
Enhorabuena por el blog y por este relato. Siendo yo un niño, mi padre me habló de un joven de Elda al que fusilaron y dieron un tiro de gracia, lo arrojaron a la fosa, creyéndolo muerto. Durante la noche y a rastras consiguió salir de allí de entre los muertos y buscó ayuda en casa de algún vecino, me dijo que "su frente mostraba una cicatriz profunda, como una depresión" No sé si se trata del mismo caso, qué historias tan sorprendentes!
0 #1 Emilio Maestre Vera 28-03-2015 16:40
MI enhorabuena tanto a los miembros del equipo de redacción de la Revista del Vinalopó como a Emilio Rico Pérez.
A los primeros por haber realizado un esfuerzo tan loable de investigación y divulgación histórica. Al segundo por haber sobrevivido a sucesos tan terribles y por haber tenido el coraje de contarlo para futuras generaciones.
Emilio es una de esas personas con la que puedes hablar de historia en cualquier esquina de nuestro pueblo. Historia vivida en sus carnes.
Recomiendo a todo el mundo que lea su libro. Y si tiene la ocasión, que no deje de hablar con él. Hay mucha más historia de la que cuenta....
Enhorabuena Emilio

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Acerca del autor

Autor: Juan Carlos Márquez

Comparto con vosotros en este blog unos cuantos años de recorrido y de práctica profesional pública y privada en los campos de la Arqueología, la Historia y la Gestión del Patrimonio Cultural. He pasado por experiencias docentes en las aulas universitarias y por proyectos de investigación dentro y fuera de España. Desde 2003, como arqueólogo del Ayuntamiento de Elda (Alicante), tengo la oportunidad de trabajar para mi ciudad e ir redescubriendo, paralelamente, su historia y sus tradiciones, su pasado. Me apasiona la investigación histórica y la dimensión científica de la Arqueología y del Patrimonio Cultural. No obstante, en los últimos tiempos he orientado mi tarea, por un lado, a la vertiente divulgativa de la historia y del patrimonio eldense, y, por otro, a la gestión destinada a su conservación, creo que por responsabilidad y casi por imperativo profesional.

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