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Todavía hoy muchos eldenses recuerdan el Pantano como un lugar entrañable. Durante las décadas centrales del siglo pasado, se iba al Pantano de excursión los fines de semana o a bañarse cuando apretaba el calor, o a comerse la mona. Este singular paraje de nuestra ciudad se ligaba al ocio, al tiempo libre, a la fiesta, a la naturaleza y al esparcimiento, con la familia o con los amigos. El uso y la frecuentación, aunque fuera de manera puntual o estacional, le daban vida, lo mantenían conectado al pulso de la ciudad.  

   A inicios del siglo XXI esta situación ha cambiado. El Pantano no es lo mismo. Por la industrialización y sus consecuencias en el río Vinalopó, que lo han convertido en un lugar secundario y marginal. O porque, simplemente, ya no hay donde bañarse en condiciones. O por los nuevos hábitos de nuestra vida moderna, que han alejado estas típicas y antiguas actividades de nuestros planes. 

    Posiblemente, las tradiciones eldenses relacionadas con el Pantano no se puedan recuperar tal cual, aunque tampoco lo pretendemos: cada época tiene lo suyo. Ahora que estamos precisamente en el tiempo de Semana Santa, por ejemplo, nos viene a la memoria que en Elda había varios “días de mona”. Comerse la mona –y la longaniza, el chocolate, o las habas tiernas…- simbolizaba tradicionalmente el final de semanas de contención y abstinencia alimenticia propias de la Cuaresma. Pero en la actualidad difícilmente podremos encadenar el viejo hábito de irse a comer la mona al Arenal el domingo de Pascua; el lunes, al Santo Negro; el martes, a la Tía Gervasia, en las faldas del Bolón; o el miércoles, al propio Pantano, a comernos el atún. Y, por qué no, a cascar el huevo en la frente de algún amigo o familiar despistado…

   En el caso del Pantano, no vamos a descubrirlo como si fuera una novedad, pero conviene recordar que este espacio histórico y medioambiental posee las dos presas monumentales de nuestra ciudad, construidas entre fines del siglo XVII y del XIX. Con el objetivo de embalsar agua para riego, la presa antigua (1684-1698) fue una de las construcciones más importantes de la historia de Elda. Se puede decir que se trata de la primera gran obra pública sufragada sustancialmente con fondos de la villa. Los datos que nos proporciona el sabio valenciano Cavanilles, que visitó Elda a fines del siglo XVIII, nos dan una idea de la magnitud de esta creación de la ingeniería civil hidráulica: 12.8 metros de altura y 9.12 metros de espesor, con una capacidad estimada de 700.000 metros cúbicos. Las reformas, sin embargo, no pudieron evitar que la presa se inutilizara en 1793 tras una gran riada, probablemente motivada por lluvias torrenciales características de fines del verano e inicios del otoño en nuestra región. Tras algún intento de recuperación (1824), será en 1842, tras una fuerte sequía, cuando se aborde la construcción de una obra más modesta en el mismo lugar de la anterior. La construcción de la nueva presa acabó con la mayor parte de los restos de la anterior, que fue derruida, salvo los estribos conservados en la actualidad, especialmente en la margen izquierda. Sólo a fines del siglo XIX (1890) finalizarían unas largas obras plagadas de problemas. La nueva presa estuvo en actividad al menos hasta los años sesenta del siglo XX. Algunas fotos y recuerdos asociados dan fe de supervivencia. Desde entonces, aterrado por multitud de depósitos acumulados en el fondo, el Pantano ha dejado de utilizarse. 

   Las presas del Pantano ejemplifican la importancia del agua para nuestros predecesores, y resumen parte de nuestra secular experiencia colectiva en el valle, especialmente en el intento de explotación racional de los recursos hídricos. El Pantano posee además un importante y reconocido valor ecológico y paisajístico. El bosquecillo de tamarindos o tarays constituye uno de los elementos más conocidos de un área históricamente rica en especies vegetales y animales. 

   La aplicación de medidas conservacionistas (restauraciones, repoblaciones, reforestaciones), sin duda pueden conducir a un uso social y cultural activo de la zona. El paraje del Pantano conserva valores del patrimonio histórico, cultural y natural que, adecuadamente revalorizados, podrían permitir reconvertirlo en un lugar no sólo para evocar y para añorar, sino para formar parte del futuro de la ciudad, también ligado al ocio, al deporte, a la naturaleza y al patrimonio cultural. Hace unos años, en un pequeño artículo sobre el Pantano, concluíamos –disculpas por la autocita- de la siguiente manera: “(…) desde época bien lejana, en el Pantano de Elda puede observarse la importancia del impacto y de la acción transformadora de la mano del hombre en la Naturaleza a través de obras y construcciones de envergadura para explotar los recursos del medio. Paralelamente, este mismo Pantano, afectado por avenidas, riadas y aterramientos, es un exponente de la fuerza y persistencia de los fenómenos naturales en la historia de los hombres. Tal vez sea el momento de intentar recuperar provechosamente, para todos, un equilibrio lamentablemente perdido.”