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                                                           Escalera o pasadizo condal visto desde el castillo

Circulan, desde tiempo inmemorial, historias sobre los túneles del castillo de Elda. De hecho, por mi profesión de arqueólogo, he tenido la oportunidad de escuchar relatos de vecinos de nuestra ciudad en los que se afirma haberlos recorrido, siendo niños o jóvenes. En diferentes versiones, algunos de estos pasadizos atraviesan incluso todo el centro histórico de nuestra ciudad y desembocan en el entorno de la calle Nueva... Con algunos matices, para muchos ciudadanos la existencia de estos túneles o pasadizos es una realidad y una certeza, un recuerdo y una experiencia directa, lejana en la mayor parte de los casos, pero vivida y contada en primera persona. 

Y no es un relato único. También recordarán los más veteranos haber escuchado alguna vez la existencia de pasadizos bajo el Teatro Castelar, el Casino o la Casa de la Viuda de Rosas. Además, de nuevo, de manera recurrente, algunos de estos ilustres subterráneos nacen o mueren en el castillo. En definitiva, siguiendo un argumento casi tópico, se asocian con la fortaleza y alcázar, el monumento más relevante y antiguo de nuestro centro histórico.

No voy a tratar de cuestionar, sin más, los testimonios ni la veracidad de las experiencias personales que nos cuentan. La gran mayoría merecen, como mínimo, respeto. Hay que recordar que muchos hallazgos y descubrimientos arqueológicos han venido a partir de gente común que comparte, simplemente, información y experiencia que luego se revelan como muy valiosas. Creo que, desde una perspectiva profesional, se trata más bien de dar a estos testimonios sobre túneles y pasadizos un contexto adecuado y explicarlos a la luz del conocimiento que aportan la historia, la arqueología o la topografía, entre otras ciencias, con el fin de evaluar su valor y transcendencia real.

Cuando afrontamos el análisis de estas auténticas informaciones orales, en primer lugar, hay que decir que no todos los relatos tienen la misma categoría. Algunos los podemos encuadrar en el conocido género de las leyendas urbanas. Por ejemplo, resulta difícil creer en la existencia de un pasadizo subterráneo, saliendo del castillo y desembocando, nada más y nada menos que... ¡en la torre medieval de la Torreta! Y que, además, sea transitable, por mucho que se jure y perjure al respecto. En estos casos, podríamos aplicar el viejo dicho “lo que gratis se afirma, gratis se niega”. A falta de pruebas, fotografías, vídeos, indicios o localizaciones, tomamos nota de la historia, y luego que cada cual la ubique en el género narrativo que le parezca más adecuado...

En segundo lugar, la gran mayoría de estas historias sobre recorridos de túneles se sitúan en la infancia de las personas que aportan su testimonio. “Cuando era pequeño, jugando en el castillo, me metí en un túnel...”, “Yo era un chiquillo todavía...”. La imaginación infantil tiende a magnificar las experiencias vividas, dejando un recuerdo o un poso mitificado. Además, los profesionales habituados a transitar por espacios o galerías subterráneas nos recuerdan que, en el subsuelo, la percepción de la distancia recorrida se distorsiona y agranda: unos cuantos metros parecen muchos más... De manera que, sin negar la mayor -que alguien se pueda haber internado en un pasadizo-, se puede entender y explicar así la sensación recogida en algunas historias que cuentan haber andado largas distancias bajo tierra, hasta el punto de que, en varios relatos, se llega hasta a callejear, prácticamente, por el subsuelo del centro histórico.

En tercer lugar, algunos de estos viajes por el subsuelo pudieran ubicarse no tanto en túneles ideados para el tránsito o la ocultación de personas, sino más bien en obras históricas destinadas a la conducción hidráulica, de recorrido subterráneo y de dimensiones notables, que, una vez en desuso o abandonadas, podrían interpretarse o leerse como pasadizos o túneles... En el campo o en la ciudad, todavía pueden reconocerse varias de estas minas o tramos de acueductos a lo largo y ancho de nuestro valle. Por otro lado, sin ir más lejos, algunos de estos espacios interpretados como pasadizos podrían identificarse, en realidad, dentro del conjunto de dependencias subterráneas que han formado parte históricamente de nuestras viviendas, como bodegas o sótanos. En definitiva, formando parte del ámbito doméstico, con funciones diversas. Otros podrían ser, simplemente, escondrijos ocasionales.

Interior de la cisterna cristiana del alcázar

Una vez puestas sobre la mesa estas precisiones, desde una perspectiva analítica, algunos trabajos de investigación han abordado puntualmente el asunto que nos entretiene, como los de Juan Rodríguez Campillo, María Dolores Soler o Jesús Peidro, entre otros. A día de hoy ¿qué hay de realidad en estas leyendas y tradiciones? ¿Qué conocemos de esta Elda subterránea?

Para responder a estas preguntas, esta semana comenzaremos por el castillo, y en la próxima entrega iremos a otros lugares de la geografía local, especialmente los vinculados a la Guerra Civil. En nuestro alcázar, después de décadas de arqueología, se podrían relacionar algunos de los testimonios de incursiones subterráneas que nos han llegado con la escalera o pasadizo condal, presumiblemente una obra del período de los Coloma (siglos XVI-XVII). Se trata de una construcción descubierta entre los años 2000 y 2002, en trabajos dirigidos por Tomás Palau. Partiendo de las habitaciones nobles del recinto interior del palacio, este estrecho pasillo escalonado conducía a una escalera de caracol o helicoidal que descendía varios metros a través del antemural del castillo. Finalizaba en un vano que, hipotéticamente, se podría dirigir a una salida o poterna que daría paso a la antigua calle del Castillo -de ahí, lógicamente, su nombre- para llegar, rápidamente, a la antigua Plaza de Arriba -hoy del Sagrado Corazón-. Es decir, alternando tramos aéreos con otros subterráneos, este enigmático pasadizo permitiría entrar o salir discretamente del palacio y alcanzar el corazón de la villa. A partir de ahí, sólo podemos imaginar o novelar a los antiguos usuarios y sus circunstancias...

El castillo también conserva dos pozos en su interior. Uno de ellos se ubica en el área destinada a dependencias señoriales. En ambos casos, se encuentran aterrados parcialmente y pendientes de excavación completa para conocer y evaluar su profundidad y uso. Conviene recordar, además, la existencia de la impresionante cisterna subterránea localizada en el patio de armas. Sus dimensiones son de 11.05 m. de longitud, 5.50 m. de anchura, y 4.70 m. de altura, con una capacidad de almacenamiento en torno a 255 metros cúbicos. Si bien fue descubierta a inicios de los años ochenta, prácticamente colmatada, su tamaño y su emplazamiento hacen pensar que quizás podría haber sido uno de estos subterráneos lugares de los que nos hablan algunos vecinos cuando recuerdan episodios de su infancia o juventud entre la ruinas del palacio...

Para acabar, aprovecho para rememorar un hallazgo que tuvo lugar a poca distancia del castillo, y que puede ayudar a entender la variedad de situaciones que puede haber detrás de los tradicionales relatos sobre los túneles del castillo. En 2010 se realizó una excavación arqueológica en la calle Ricardo León. Entre sus resultados, viene al caso la identificación de una galería abovedada de importantes dimensiones y longitud indeterminada, hasta el punto de que podía permitir, no sin ciertas dificultades, el paso de un adulto. Esta galería, conservada sólo en parte porque fue destruida por la construcción de edificios a lo largo de los siglos XIX y XX, fue interpretada como una canalización o alcantarillado medieval o moderno. También pudo ser parte de un refugio histórico. De estos refugios hablaremos. Pero eso será en la próxima entrada. Hasta entonces, os invito a poner en común, a través de vuestros comentarios, las tradiciones, historias y relatos que conozcamos sobre túneles y pasadizos de la Elda subterránea.

Galería subterránea de la calle Ricardo León