Imprimir
Visto: 1880
Compartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en Google PlusCompartir en WhatsApp
Portada del libro de Giradora de 1716

Después de dos semanas transitando por el subsuelo de Elda, propongo un cambio de tercio. Porque, más allá de monumentos, tradiciones o ruinas arqueológicas, el patrimonio histórico también está formado por documentos. Y es que el patrimonio documental es testimonio directo y precioso de la vida de nuestros antecesores en el valle que hoy ocupamos. 

Hace unos meses, Fernando Matallana utilizó acertadamente la expresión “tesoros de papel” para titular el dossier central del último número de la revista Alborada, dedicado a los principales documentos del Archivo Histórico Municipal de Elda. El libro de giradora de 1716 forma parte de ese tesoro colectivo. Durante años, esta joya de 42 x 27.5 cm. ha estado en un lamentable y pésimo estado de conservación que no permitía su consulta. Ante esa situación, ha sido restaurado recientemente, fruto de la colaboración entre el Ayuntamiento de Elda y el Instituto Valenciano de Conservación y Restauración de Bienes Culturales. El Museo del Calzado acogió el pasado 5 de mayo la presentación de los trabajos realizados sobre este documento. Visto el estado del libro antes y después de su paso por las manos de la restauradora eldense Cristina Valero Amat, creo que contamos con un claro y visible ejemplo en el que la ciencia de la restauración se ha puesto al servicio de la ciencia histórica y, por extensión, del patrimonio cultural. Durante casi dos meses, conjugando procedimientos técnicos y artesanales, se ha ganado la batalla contra microorganismos, roturas, pérdidas y manchas de humedad. En definitiva, se ha ganado la batalla a los efectos nocivos del paso del tiempo sobre el libro: se ha curado al enfermo y, además, se le ha rejuvenecido. Una pequeña parte de nuestro patrimonio se ha salvado.

 

¿Por qué es importante este libro? Desde luego, estoy muy lejos de ser un experto en documentos de este tipo. Por eso extraigo del texto de Fernando Matallana, publicado en la revista Alborada que ya he citado, un fragmento en el que explica, con carácter general, sus contenidos:

Detalle de una de las anotaciones del libro

“Las giradoras comprenden una relación exhaustiva de los propietarios de bienes raíces en el término municipal. En la parte del caserío se recoge la calle o el barrio donde estaba situada la vivienda y los vecinos medianeros; en la zona rural se indica la extensión de las fincas en tahúllas, las construcciones que hay en ellas, los cultivos, la ubicación, el agua de riego a la que tienen o no derecho, los lindes, así como su valor (…) y las transmisiones de dominio que se produjeran. Estos importantes volúmenes desempeñaban unas funciones similares a las del actual Registro de la Propiedad (…) o el catastro de los bienes rústicos y urbanos (…) Ofrecen una gran cantidad de datos referidos a anteriores dueños y sus familias, topónimos (partidas rurales, acequias, canales, azudes, montes, caminos, senderos...), molinos, solares, huertas, secanos, cosechas, etcétera”.

Como se ve, el libro de giradora de 1716, como otros de su misma naturaleza, no es un relato ni una crónica histórica que pudiera, aparentemente, cautivar con su lectura. Habla de asuntos de índole tributaria y económica: para muchos, son temas poco atractivos, e incluso áridos. Nada que ver con leyendas o tradiciones lejanas, o misterios sin resolver. Pero lo traigo aquí porque quiero subrayar no sólo el valor formal y material del libro en cuestión, que lo convierte casi en objeto de culto, sino el valor de las historias que podemos vislumbrar entre sus páginas escritas en letra humanística. El libro es una auténtica radiografía de la vida económica y social de la villa de inicios del XVIII, poco más de un siglo después de la expulsión de los moriscos. Nos permite acercarnos a las gentes de Elda en el Antiguo Régimen, al pulso real de una modesta comunidad emplazada en el sur del Reino de Valencia tras la Guerra de Sucesión, la llegada de los Borbones y los Decretos de Nueva Planta. Nos acerca a las personas, con nombres y apellidos, a nuestros antepasados comunes, a su entorno y su paisaje, sus campos y cultivos, sus impuestos y su economía. En suma, hace posible atisbar una historia alejada quizá del oropel de otros documentos y vestigios de nuestro pasado, pero esencial para comprender de dónde venimos.

Detalle de los trabajos de restauración
Concluyo recordando que el Archivo Histórico Municipal está ubicado en la sede de la de la Biblioteca Pública Alberto Navarro, que, a su vez, ocupa parte de las históricas Escuelas Graduadas, actual colegio Padre Manjón. Unos 66 metros cuadrados -no todo se mide en metros, pero, desde luego, no parecen muchos para esta dependencia- concentran la columna vertebral de nuestra memoria histórica reciente, desde finales del siglo XVI. Creo que la restauración del libro es una buena noticia que compartir. Y que debería ser parte de algo más: siguiendo su estela, hay que reivindicar que la restauración del libro de giradora de 1716 no sea un hecho aislado y puntual, sino que forme parte de un programa de acciones que modernicen el archivo y lo conviertan en un espacio más y mejor dotado en medios personales y materiales, centro de conservación,  investigación y difusión, y auténtica cámara de los tesoros... de papel.
Fragmento del libro de Giradora