Imprimir
Visto: 2090
Compartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en Google PlusCompartir en WhatsApp

-LO BUENO SI BREVE-

Lao Tse y Confucio

Nuestra era vino precedida por el florecimiento de importantes civilizaciones que, además de otras muchas cosas, aportaron una nueva visión del mundo. Sin los avances en Egipto y Mesopotamia, sin la perspectiva  védica o brahamánica de los hindúes o la sabiduría de los chinos más antiguos, resultaría difícil entender el surgimiento del pensamiento filosófico en torno al siglo V a.d.C. tanto en el lejano oriente (Taoísmo, Confucianismo, etcétera) como en el mundo occidental (Siete sabios, presocráticos, Sócrates, Platón, etcétera). Elegir a Lao Tse en representación de todos ellos es aleatorio, pero no cabe duda de la originalidad de su visión y del estilo tan personal e innovador que utilizó.

Nada de lo que sabemos sobre él es seguro. Ni su nombre siquiera, que significa “Anciano Maestro”. Los expertos se decantan por ubicarlo en el siglo IV a.d.C., contemporáneo de Confucio aunque mayor que él. Parece ser que fue archivero de la biblioteca imperial y es ahí donde coincidirá con Confucio y discutirán durante meses sobre su diferente modo de entender el mundo, reprochándole el taoísta su estilo pomposo y grandilocuente. Otra leyenda sostiene que, tras renunciar a su puesto harto de las intrigas palaciegas, al cruzar el paso fronterizo el guardián le pidió que antes de marcharse al destierro en las montañas se quedase un año en su casa y dejase constancia escrita de su sabiduría, que hasta entonces había transmitido de forma oral únicamente. Así nacería el Tao Te Ching  (Libro del camino y la virtud) o simplemente Libro del Tao, aunque los especialistas -como en el caso del Antiguo Testamento- hablan de un texto escrito por varios autores anónimos y al menos en dos momentos diferenciados.

Resumir el pensamiento taoísta en esta entrada es imposible. En su libro Qué es el Tao, Alan Watts (el gran introductor de las filosofías orientales en Occidente) lo borda: “El Taoísmo considera la totalidad del mundo natural como Tao, un proceso que pone a prueba toda comprensión intelectual. No hay modo preestablecido de alcanzar la experiencia del tao, aunque quienes quieren desarrollarlo cultivan a menudo la calma interna mediante la contemplación silenciosa de la naturaleza. Los taoístas asumen la práctica de wu wei, es decir, el atributo de no forzar ni apresar y reconocen que la naturaleza humana –como toda naturaleza- es tzu-jan, lo que es lo mismo, por sí misma”.

Alan Watts (1915- 1973). Gran introductor de las filosofías orientales en Occidente

Estos dos principios esenciales, no interferir con el camino (el de la naturaleza y el nuestro propio) sino actuar sin forzar nada y viviendo en armonía con los procesos de la naturaleza, en lugar de alterarlos para nuestro propio interés, serán los ejes de una visión dialéctica y relativista (en permanente cambio) de la realidad. Para ello se valdrá de un estilo plagado de alegorías y símbolos, analogías y paradojas, con un lenguaje denso pero muy poético, siempre dúctil y sugerente, muy eficaz para incitar al lector a la meditación. Un estilo que ha mantenido a este camino (tao) eternamente joven. No en vano, los taoístas representan a su fundador como un anciano venerable con rostro adolescente.

Ciertamente, el Tao no es un libro de aforismos. Como en tantos otros autores de cualquier época, las frases se extraen de contextos más amplios -el de cada poema en este caso- adquiriendo un valor y una fuerza que les confieren mucha solidez. Antes de entrar a los diez aforismos seleccionados, concluyo con Alan Watts en el libro mencionado: “El secreto del taoísmo, pues, consiste en aprender a dejar de ponernos la zancadilla dándonos cuenta de que el forzamiento no sólo no aumenta nuestra eficacia, sino que de hecho interfiere y obstaculiza nuestra actividad”. Pues eso.

El sabio no acumula,

obra enteramente para los otros

y posee cada vez más.

Lo da todo a los demás, 

y tiene más cada vez.

 

La travesía de mil millas comienza con un paso.

 

El mundo es tan sagrado y tan vasto que no puede ser dominado.

Quien lo domina lo empeora, quien lo tiene lo pierde.

 

Horádanse los muros con puertas y ventanas

al levantar la casa,

y merced al vacío

la casa cumple su misión

Y así del ser depende el uso

y del no- ser que cumpla su misión.

 

Las palabras verdaderas no son gratas,

 las palabras gratas no son verdaderas.

 

El buen caminante no deja huellas.

 

Sin salir de tu propia casa

puedes conocer el mundo.

 

El hombre de honda virtud

se asemeja a un recién nacido.

 

Lo que para la oruga es la muerte, 

el resto del mundo lo llama mariposa.

 

Gobierna mejor quien gobierna menos.

Libro del Tao