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-ESTANTERÍA DE AUTORES ELDENSES-

Décimas de El Seráfico a la entrada del cementerio de Elda

Posiblemente no haya eldense de una cierta edad que no haya oído hablar de El Seráfico, si es que no ha leído sus poemas. A la entrada del cementerio de Santa Bárbara, sin ir más lejos, hay dos placas con sendas décimas suyas. Los más jóvenes quizás sepan de él por el colegio con su nombre que hasta hace unos años funcionó o por haber oído historias de un personaje popular y entrañable entre su vecinos por la facilidad para improvisar versos inmediatamente cuando alguien se lo pedía y le daba un pie, es decir, una palabra a partir de la cual nuestro autor componía un poema redondo (principalmente décimas, estrofa que utilizó ampliamente) a cambio de unas monedas, alimento o un buen vaso de vino. Pero no es tan sencillo discernir, al hablar de celebridades como él, entre la persona real que fue y el personaje legendario al que se le atribuyen hechos y leyendas difíciles de ratificar.

Francisco Juan Ganga Ager (1812- 1871), de sobrenombre El Seráfico, “es una de las figuras más sugestivas e interesantes de las que ha tenido Elda en todos los tiempos”, en palabras de Alberto Navarro en Eldenses notables. Apenas si hay datos de su infancia y primera juventud hasta que se incorpora voluntario al ejército y es destinado a Cuba desde los 16-18 a los 29 años. Será allí donde como lector compulsivo adquirirá esa vasta cultura que tanto sorprenderá después al incluir en sus versos personajes históricos, mitológicos, religiosos o hechos e ideas de épocas pasadas. También parece que adquirió allí una cierta educación musical y los conocimientos técnicos, retóricos y poéticos, que con tanta desenvoltura aplicara a sus composiciones.

Libro que le dedicó Alberto Navarro

A su regreso a Elda desemzpeñará cualquier trabajo que le permita subsistir y comenzará a recitar sus famosos versos improvisados para la ocasión y que tanto atraerán a sus oyentes. Su inmediata fama le permitió llegar a otros pueblos de la comarca donde obtenía algún dinero recitando en la taberna y la plaza o acudiendo a duelos para declamar unos sentidos versos. Su figura trashumante llega hasta Madrid, a propuesta de unos visitantes de la capital a Elda, donde parece ser que apenas si estuvo unos seis meses aun cuando se le incluyera en varios sucesos de dudosa atribución, entre ellos los del cuartel de San Gil en 1866. Ese año, el Seráfico andaba en Elda ganándose la vida con sus brazos y sus versos. 

Sea como fuere, hay datos indudables: vivía de acá para allá, de un modo bohemio y despreocupado, haciendo cualquier cosa para subsistir; en sus versos se reflejan algunas de estas labores, así como su amor por el vino. Unos versos que nos lo presentan como republicano defensor de unos ideales de igualdad y justicia social tan escasos en su época, preocupado también por una situación política tan inestable y por la de los más desfavorecidos. Abundan los versos de circunstancia, personal o alusivos a otros, los humorísticos y desenfadados a situaciones o personas de su entorno y no pocos “versos verdes” cuya autoría no está suficientemente acreditada. 

Su destreza en la composición de décimas (estrofa nada fácil) es indudable. El lenguaje sencillo del que se vale, casi siempre directo y coloquial, no está exento de inteligente ironía y del doble sentido en momentos precisos. Cuando alude e integra en sus poemas los conocimientos mitológicos, religiosos, filosóficos o los tópicos literarios, estos alcanzan una calidad y una altura que los diferencia del resto; dejando ver, además, que difícilmente pudieron ser improvisados. Su azarosa pero apasionante vida finalizaba el 30 de mayo de 1871, de apoplejía, a los 59 y no a los 65 años como consta en el acta de defunción, tras varios meses hospitalizado. 

El Seráfico

En un conjunto tan variado, alternan los versos forzados aunque ocurrentes con otros elocuentes y memorables. Pero nada mejor que leer sus poemas, el verdadero legado de este inspirado poeta, más allá de cuantas peripecias, ciertas o no, de él nos han llegado. No en vano, y como ha escrito Consuelo Poveda, “cuando un pueblo mitifica sus ‘glorias locales’ corre el riesgo de hacerlo en detrimento de la calidad de su obra, guiados por la pasión de alguien que fue capaz, de viva voz, de reflejar los sentimientos de libertad e igualdad que impregnan la época que le tocó vivir”.

Seguidamente, cuatro de sus innumerables décimas: las dos del cementerio con el tema clásico de la muerte inevitable e igualadora, otra alusiva a la situación política inestable hacia 1868 y la dedicada a una mujer embarazada: 

 

Vendréis hasta aquí, mortales,

dejando este mundo ruin;

Aquí encontraréis el fin

de los bienes y los males.

Desde los más principales

al pobre que con la azada

se gana el pan de cebada,

desde el más sabio 

al más tonto,

aquí llegaréis muy pronto

reducidos a la nada.

 

*********

 

 

Mueren todos los prelados,

jueces y gobernadores

grandes, medianos, menores,

doctores y cirujanos.

Abrid los ojos, mundanos, 

no pecar que eso es locura

y hagamos la compostura

que nos hemos de morir

y nos tiene que cubrir

una triste sepultura.

*********

 

Republicanos unión,

ya veis que los espadones

han echado a los Borbones

y buscan otro Borbón;

Truene el horrible cañón

y España se salvará

y este gobierno caerá

hasta dar en lo profundo

y bendecido del mundo

el pueblo español será.

 

*********

A la Señora Doña Petra

Ganga ruega en este instante

al que todo lo penetra,

que salga en bien Doña Petra

de su estado interesante.

Ella es un fino diamante.

Es el honor español,

el más pulido crisol

que jamás hubo, ni habrá,

de donde presto saldrá

un muchacho como un sol.

 

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Acerca del autor

Autor: Rafael Carcelén

Además de disfrutar como maestro de escuela, me encanta escribir. Y leer. Y subir los montes alicantinos. Y jugar al ajedrez. Y… siempre me sigue apeteciendo aprender. Y segregar lo que aprendo -lo que vivo, lo que siento- en artículos, poemas y aforismos como éste: “¿Es imaginable la felicidad en un grano de pimienta?”

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