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El narrador oral para niños y adultos Carlos Acevedo

Cada vez es más común que ya en la cama, y tras preguntarle a nuestro hijo qué cuento quiere para dormirse, le pongamos en la tablet  el cuento que ha elegido (un enlace a You Tube donde verá una película de dibujos animados de Caperucita Roja en veinte minutos) mientras nosotros seguimos a lo nuestro. ¿Es esta una opción lógica y equiparable a la fórmula tradicional de contarles ese mismo cuento nosotros?

El chileno Carlos Acevedo, un reputado narrador oral, resume de un modo poético pero muy convincente el origen y la necesidad de nuestra narración oral:

“Desde el mismo origen de la humanidad, no del hombre o la mujer, sino de la humanidad en el concepto social o de grupo, la narración como hecho comunicativo, fue una necesidad, menos que arte u oficio, una necesidad. Pero cuando la necesidad básica estuvo satisfecha y defino por satisfecha a la impronta de preguntas y respuestas concretas, algo sucedió… Ese suceder tuvo relación con completar en palabras, gestos, representaciones, una realidad no palpable, tangible para él o los otros, tuvo que ver con re-crear (hermoso concepto) una realidad y allí, en esa ampliación de recursos para hacerse entender al grupo, surgen los narradores”.

Quien le haya contado un cuento a un grupo de niños pequeños sabe bien de la transformación de sus rostros en cuanto cambiamos de voz, de tono; cuando gesticulamos, hacemos parones, silencios… su atenta receptividad al desarrollo de una historia a través de nuestro propio cuerpo. Y tampoco hace falta ser pedagogo para descubrir en sus miradas perdidas cómo vuela su imaginación. Cómo van y vienen del hilo de nuestra voz a los recovecos más íntimos de su fantasía. Y es que la narración oral alienta la imaginación, dispara la fantasía y estimula nuestra capacidad para la escucha. Y nos aporta un placer, una satisfacción enorme, al implicarnos en hechos y acciones que a su vez nos permite reconocernos como nosotros mismos y conviviendo con los demás. Por no hablar del reforzamiento de la autoestima, del sentido de pertenencia al grupo o de los valores implícitos en toda historia. Si, en lugar de contárselo, lo que hacemos es leerles de viva voz ese cuento, estamos echando una semilla potente para que germine en ellos un gusto voraz por la lectura. Y no olvidemos que contagiarles ese amor por la lectura, por el saber, por conocerse a sí mismos, es fundamental para su formación integral. Todo esto, en las escuelas, se sabe desde hace ya muchos años.

La maestra contando un cuento a los alumnos

Además, cuando le contamos un cuento a nuestro hijo o a nuestros alumnos estamos compartiendo con ellos (con todo un grupo a la vez, pero con cada uno de ellos individualmente) un mundo verosímil y que nos acaba uniendo al mundo, implicándonos en esa realidad inmediata que nos acoge. Porque contar es compartir; contar es un modo único de contar, no tanto para el otro, cuanto con el otro; contar es acoger, recibir al otro y acompañarlo a un mundo virginal hasta entonces para él pero en el que se reconoce y nos reconoce, en el que se siente seguro y confiado, a gusto porque se siente acompañado por nosotros. Quien cuenta estimula a la escucha, al diálogo interminable entre unos y otros, entre padres e hijos, entre maestros y pupilos… en ese encuentro necesario e insustituible que de verdad nos hace crecer. 

En un reciente trabajo, el profesor de la Universidad de Alicante José Rovira Collado es rotundo: “Recomiendo que, aunque nos aprendamos el cuento por Internet, sean los adultos o nosotros mismos quienes se lo contemos a nuestros hijos”. Para mí, lejos de entrar en una disputa excluyente entre las nuevas tecnologías o la voz humana, la de nuestra madre/ padre o la voz de [email protected] [email protected] contándonos un cuento no tienen parangón. La capacidad para emocionarnos y llevarnos a esos parajes ignotos de nuestra imaginación que tiene un buen narrador oral, cuando me viene a la cabeza Félix Albo, no se puede comparar con plasma alguno. Al final de la reflexión antes mencionada, Carlos Acevedo concluye que lo que debemos preservar “es la voz hablada, es el escucharse, es el compartir la conversación que nos concreta como pares y que, en sus temas, crea identidad".

Una madre leyendo un cuento con sus hijos

Sin embargo, también es necesario contemplar que el mundo evoluciona, se reinventa, cambia. Que, sin dejar de dar valor a nuestra tradición oral, la realidad no es la misma que cuando surgieron por ejemplo los cuentos tradicionales. Para no cansar más al lector, voy concluyendo con estas brillantes palabras del mismo autor, y que en sí mismas nos invitan a una reflexión más profunda que la de este sumario texto:

“No hay necesidad de decir el respeto, la admiración y la seguridad del valor intrínseco que le doy a los relatos de tradición oral. El tema es que el devenir de los tiempos ha llenado nuestra sociedad de recursos tecnológicos, técnicos y de una urgencia de tiempo que no sólo tienen que ver con una sensación de finitud, sino que estamos en frecuencia con esa urgencia y los ritmos de apreciación se han cronometrado con ella y no soportamos el caminar lento, el conversar pausado, la literatura con muchos detalles, etcétera. Mitos, leyendas, acontecimientos o sucedidos de siempre, deben asumir las herramientas escénicas contemporáneas para ser divulgados, ser conocidos y valorados. Hoy no podemos acercarnos a los niños con historias de la misma forma que ayer. Necesitan una adaptación, no en el fondo, sino en la forma que la brindamos”.

En todo caso, también me parece conveniente remitir al lector a esta interesante entrevista recientemente publicada con el neuropsicólogo y psicoterapeuta Álvaro Bilbao, rotundo al afirmar que los niños no deberían tener acceso a las nuevas tecnologías antes de los seis años. Sus argumentos y las investigaciones que los avalan me parecen dignos de ser tenidos en cuenta, accede a este enlace.  

Estimado lector -mi hermano, mi semejante- ¿qué opinas tú?

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Acerca del autor

Autor: Rafael Carcelén

Además de disfrutar como maestro de escuela, me encanta escribir. Y leer. Y subir los montes alicantinos. Y jugar al ajedrez. Y… siempre me sigue apeteciendo aprender. Y segregar lo que aprendo -lo que vivo, lo que siento- en artículos, poemas y aforismos como éste: “¿Es imaginable la felicidad en un grano de pimienta?”

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