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-LO BUENO SI BREVE-

Baltasar Gracián (1601-1658) nació en Belmonte de Calatayud (Zaragoza).

Dos son las obras esenciales, entre un conjunto mucho más extenso donde El Criticón ocupa un lugar cimero, de este jesuita testarudo e insumiso  para el tema que nos ocupa: Oráculo manual y arte de prudencia (1647)  y Agudeza y arte de ingenio (1648); este último, como versión revisada y ampliada de un texto de 1642. No sólo porque desgranó los rasgos estilísticos más adecuados e incisivos para la preceptiva literaria barroca o porque los pusiera en práctica en la presentación y comentarios a los trescientos aforismos que constituyen el Oráculo manual. La finalidad práctica de sus aforismos, su extremada concisión o la desvinculación del principio de autoridad marcan un antes y un después en la evolución del género. Gracián se dirige al hombre común, aunque culto, con la pretensión de orientarle -con un estilo agudo, compacto y sutil- en ese mundo aparente, enrevesado y expuesto a sucesivas crisis.

Nacido en 1601 en Belmonte de Calatayud (Zaragoza), en sus cincuenta y siete años de vida, su obra evolucionará desde la entusiasta búsqueda del éxito y la gloria del hombre ejemplar en El Héroe (1637) hasta el desengaño y la amargura reflejados en El Criticón (1657). Entre ambos, los dos libros anteriormente mencionados suponen una aportación moral y estilística sin parangón hasta entonces en la literatura aforística. Conceptista refinado, su estilo denso y concentrado, agudo y polisémico, se presentará encapsulado en breves, brevísimas sentencias. Su visión pesimista del mundo, un lugar hostil donde prevalecen la apariencia, el interés y el engaño, le empuja a ofrecerle al lector, al hombre culto de su tiempo, un conjunto de habilidades y recursos para que pueda desenvolverse con soltura y perspicacia en él. La prudencia, la flexibilidad para adaptarse a toda situación o una sabiduría que emane de la propia experiencia serán claves para entenderse a sí mismo y aprender a desenmascarar los complejos engranajes que mueven a los humanos. De ahí que su arte de prudencia no sea sino un arte para saber vivir valiéndose del ingenio, además de aprender a sobrevivir entre lo adverso.

Dos libros esenciales de Gracián para la historia del aforismo.

Desde el propio título, el Oráculo aspira a ser un compendio de sabiduría práctica al alcance de la mano. En este sentido, no constituye una completa novedad. Lo valioso en él es la agudeza y la hondura de su visión con ese estilo tan característico y singular que lo hace inconfundible. Como resaltará siglos después el filósofo J. L. Aranguren, su estilo es “sutil, abstracto, intelectualista, montado sobre arcanos juegos de palabras, despojado de toda resonancia lírica o sentimental, pero con recurso constante a lo figurativo y emblemático”. Sus aforismos llevan al límite la brevedad, impactando al lector por su capacidad para el juego intelectual más o menos ambiguo y polisémico. Un lector al que Gracián le obligará a movilizar su ingenio -en tanto que facultad para establecer relaciones entre lo heterogéneo- y su agudeza -habilidad para hacer visibles estas relaciones mediante imágenes o figuras conceptuales- para captar la honda dimensión de sus píldoras detonantes.

El aragonés no nos ofrece una colección de máximas, sentencias o adagios depurados y diferenciados unos de otros. Agrupados en bloques compactos, cada fragmento del Oráculo manual contiene un lema y una cascada de frases aforísticas que la recrean. Veamos el número 204: “Lo fácil se ha de emprender como dificultoso, y lo dificultoso como fácil. Allí porque la confianza no descuide, aquí porque la desconfianza no desmaye. No es menester más para que no se haga la cosa que darla por hecha; y, al contrario, la diligencia allana la imposibilidad. Los grandes empeños aun no se han de pensar, basta ofrecerse, porque la dificultad, advertida, no ocasione el reparo”.

Su influencia sobre los escritores conceptistas de la época fue amplia y estimulante. Inmediata y continuada en el tiempo, la repercusión de su obra en Europa. Las traducciones se sucedieron hasta constituir el maño un referente moderno ineludible entre aforistas tan sagaces y diversos como La Rochefoucauld o Schopenhauer. En España, sin embargo, apenas si fue leído o reconocido hasta que a finales del XIX la Generación del 98 lo reivindicó para otorgarle ese lugar puntero que sigue ocupando hoy. Como él mismo diría, nunca es tarde. Les dejo con sus píldoras mollares que son auténticas semillas de un sabroso saber que acaba por fructificar en nosotros, no sin antes recomendarles que lean, si no lo han hecho ya, los trescientos lemas con sus respectivos aforismos del Oráculo manual. Léanlas degustándolas y no olviden lo que dice su autor: “regla de gran maestro; no hay que añadir comento”. Que lo disfruten:

    • No todos los que ven han abierto los ojos, ni todos los que miran ven.
    • Hay espejos del rostro, no los hay del ánimo: séalo la discreta reflexión sobre sí.
    • Es cordura provechosa ahorrarse disgustos. La prudencia evita muchos.
    • Métense a querer dar gusto a todos, que es imposible, y vienen a disgustar a todos, que es más fácil.
    • Señal de tener gastada la fama propia es cuidar de la infamia ajena.
    • Cásase la imaginación con el deseo, y concibe siempre mucho más de lo que las cosas son.
    • Pon un gramo de audacia en todo lo que hagas.
    • Arte en el apasionarse.
    • La queja siempre trae descrédito.
    • No otro el vivir que un ir cada día muriendo.
Autógrafo de El Héroe, de Baltasar Gracián.

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Acerca del autor

Autor: Rafael Carcelén

Además de disfrutar como maestro de escuela, me encanta escribir. Y leer. Y subir los montes alicantinos. Y jugar al ajedrez. Y… siempre me sigue apeteciendo aprender. Y segregar lo que aprendo -lo que vivo, lo que siento- en artículos, poemas y aforismos como éste: “¿Es imaginable la felicidad en un grano de pimienta?”

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