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Caricatura del autor realizada por Óscar Porta.

-ESTANTERÍA DE AUTORES ELDENSES-

En la obra de Juan Rico y Amat (1821- 1870) convergen la innovación, la jovialidad y las tensiones que el Romanticismo desplegó en España en sus años de plena vigencia. Como sus contemporáneos (Espronceda, Zorrilla, Hartzenbusch, Mesonero Romanos, etcétera) vivió intensamente implicado en los acontecimientos del momento.   Ejerció de historiador, político, periodista, dramaturgo, jurista, poeta… Cursó estudios de Filosofía y Derecho en la Universidad de Madrid, donde en plena juventud dirigió el periódico La Esmeralda y colaboró en La Ilustración Española. Monárquico de ideas conservadoras, es nombrado consejero provincial de Alicante en 1845 y corregidor y jefe político del distrito de Alcoy de 1847 a 1850. En 1848, Isabel II lo nombra secretario honorario, llegando a ejercer como tal en los Gobiernos civiles de Barcelona en 1849, de Zaragoza en 1854 y, posteriormente, de Alicante en 1867. 

La publicación en 1842, con sus escasos 21 años, del libro Poesías serias y satíricas nos muestra a un admirable poeta que va asimilando los rasgos del pujante movimiento romántico. En el prólogo a las sesenta piezas, de extensión y temática diversa, el dramaturgo Juan Eugenio Hartzenbusch concluye aconsejándole que se dedique al género jocoso y festivo, en el que se desenvuelve con una soltura y una gracia tan espontáneas como naturales. Ciertamente, en el libro, los epigramas y varias letrillas alcanzan momentos reseñables. Y, entre las serias, los sonetos son imprescindibles para conocer su más honda sensibilidad.

Por su evolución posterior, parece que el eldense le hizo caso al prologuista. En 1855 aparece el libro que le otorgaría una fama inmediata y cuya vigencia no ha decaído desde entonces: Diccionario de los políticos o verdadero sentido de las voces y frases más usuales en los mismos, escrito para divertimento de los que ya lo han sido y enseñanza para los que aún quieren serlo. El título lo dice todo de este diccionario sarcástico y corrosivo y que, en palabras de Alberto Navarro, refleja “la figura de un hombre desengañado, desligado de compromisos y simpatías políticas, más por desilusión al encontrar carbón donde pensó hallar diamantes, que por amargura de no haber alcanzado el ‘rico turrón’ que según su Diccionario era la riqueza y el poder que ambicionaban los políticos”. Con el regreso de la democracia, en 1976, se volvió a publicar y nuevamente ha sido reeditado, en 2014, con estudio crítico y notas del catedrático de la Universidad de Alcalá Javier Paredes, experto en el siglo XIX.

El Diccionario de los políticos, recientemente reeditado.

Entre sus escritos políticos e históricos, además del citado, sobresalen los tres volúmenes de su Historia política y parlamentaria de España publicados en 1860-61. No menos vigorosa fue su creación teatral, y si ya en 1847 estrena en el Teatro Principal de Alicante Conspirar con buena suerte, su etapa más fértil como dramaturgo abarcará la década de 1855 a 1864 con sus más importantes comedias, prácticamente todas estrenadas en Madrid recién escritas. Se trata de obras ligeras, donde a la expresión fácil y directa se le suman su visión satírica, con tono irónico o sarcástico, y un poso ideológico claramente conservador, no pocas veces reaccionario. Según relata Alberto Navarro, el gran experto en el teatro barroco español, Rafael Maestre, andaba en la revisión crítica de la obra dramática de Rico y Amat cuando falleció en 1999, a los 54 años. Y en efecto, parece necesaria una edición crítica que revise y actualice la valoración y aportaciones de toda su obra dramática. 

En 1867, año en que es nombrado Secretario del Gobierno Civil de Alicante, retoma su interés por el periodismo fundando La Farsa y poco después Don Quijote. La sátira desplegada en ambos, irónica y elegante unas veces y descarnada otras, siempre para criticar y ridiculizar a los progresistas revolucionarios que alcanzarían el poder en 1868, desencadenó el acoso y la persecución de la conocida entonces como “Partida de la porra”, que se presentó el 30 de julio de 1869 en la redacción del periódico, destrozándola y obligando a Rico y Amat a huir hasta Elda. A su vuelta a la capital, unos meses después, nadie quiso representar su zarzuela satírica contra la Revolución de 1868 El infierno con honra. Zarzuela bufo- política- moral por miedo evidente a las represalias. Publicada en septiembre de 1870, el eldense fallecería dos meses después debido a un colapso cardíaco.

No es tarea fácil efectuar un balance irrefutable de quien, sin llegar a cumplir cincuenta años, escribió tanto y en tan variados géneros. Es innegable cómo sobresale su escritura cuando despliega su vena más jocosa y humorística y, no por azar, así está recogido en algunas antologías de la poesía burlesca o  de la prensa satírica de todas las épocas. En un momento además, los años centrales del siglo XIX, en los que el género satírico- burlesco gozó de una gran aceptación y popularidad, tanto en verso como en prosa. A la luz del amplio conocimiento que hoy se tiene de la literatura de esos años en España, se hace más necesaria si cabe una revisión crítica de toda su obra para poner en el merecido lugar que le corresponde el valor y el alcance de sus escritos.

Para cerrar, no sin antes recomendar una lectura más amplia y sosegada del autor en toda su obra disponible, el lector disfrutará con tres entradas de su Diccionario de los políticos, un soneto y dos epigramas de sus Poesías serias y satíricas y el extenso pero valiosísimo poema La desesperación, donde encontramos muchos de los rasgos y los tópicos de la estética romántica, una ligereza compositiva o una musicalidad cadenciosa y viva, y que durante mucho tiempo se atribuyó a Espronceda. Los expertos actuales reconocen ampliamente a Rico y Amat como autor del poema.

Varias obras de teatro de Rico y Amat.

Demócrata: Político que no manda ni tiene destino.  Cuando alcanza alguna de esas dos cosas asciende a otra clase;  se llama conservador, esto es, trata de conservar lo que pudo adquirir

Periodistas: Los campaneros de las iglesias políticas. Los que tañen las campanas de la catedral suelen ser al mismo tiempo, diputados, oficiales de secretaría o cosa por el estilo. Los que tocan en otras ermitas no son más que simples campaneros y atrasados casi siempre en sus pagas. Para muchos es un oficio como otro cualquiera, que si bien no produce dinero, da en cambio popularidad, que en algunas épocas sirve para adquirir aquel.

Políticos: Zánganos de colmena que se alimentan únicamente de la miel de la patria. Su oficio es andar de acá para allá zumbando y picando, cuando no encuentran comida. Las laboriosas y cándidas abejas, vulgo contribuyentes, los aborrecen con justicia, porque les roban sus dulces y costosas cosechas, introduciendo la discordia en sus colmenas y destruyendo sus enjambres.

A UN RUISEÑOR

          Soneto

 

Sempiterno cantor que en la espesura

Llorando estás desaires y rigores,

Sal de ese bosque, sal y ya no llores,

Que tu mal con el llanto no se cura.

Y si salir no quieres por ventura

Concibiendo de mí vanos temores,

Sabe que estoy llorando mis amores

Que ingrata ha despreciado una hermosura.

Ven aquí sin temor y cantaremos,

En lugar de llorar nuestro quebranto,

El mismo amor que despreciado vemos.

Y tal vez, ruiseñor, con nuestro canto

En amor el desprecio tornaremos,

Que siempre pudo más amor que llanto.

 

 

EPIGRAMAS

Después de hacer de un paciente

Un examen prolijo

Desde los pies a la frente,

Así el médico le dijo

Con muy grave continente:

“De esta, le aseguro yo

Que saldrá con brevedad.”

Y el médico no mintió

Que al otro día salió

Derecho a la eternidad.

______________________

 

Nada vendrás a ganar

Con hacer comedias, Diego;

Antes debes procurar 

Hacer amigos que luego

Te las quieran alabar.

 

 

LA DESESPERACIÓN

Me gusta ver el cielo

con negros nubarrones

y oír los aquilones

horrísonos bramar;

me gusta ver la noche

sin luna y sin estrellas,

y sólo las centellas,

la tierra iluminar.

 

Me agrada un cementerio

de muertos bien relleno,

manando sangre y cieno

que impida respirar,

y allí un sepulturero

de tétrica mirada

con mano despiadada

los cráneos machacar.

 

Me alegra ver la bomba

caer mansa del cielo,

e inmóvil en el suelo

sin mecha al parecer,

y luego embravecido

que estalla y que se agita

y rayos mil vomita

y muertos por doquier.

 

Que el trueno me despierte

con su ronco estampido,

y al mundo adormecido

le haga estremecer;

que rayos cada instante

caigan sobre él sin cuento,

que hunda el firmamento,

me agrada mucho ver.

 

La llama de un incendio

que corra devorando

y muertos apilando

quisiera yo encender;

tostarse allí un anciano,

volverse todo tea,

oír como vocea,

¡que gusto!, ¡que placer!

 

Me gusta una campiña

de nieve tapizada,

de flores despojada,

sin fruto, sin verdor,

ni pájaros que cante,

ni sol haya que alumbre

y sólo se vislumbre

la muerte en derredor.

 

Allá, sombrío monte,

solar desmantelado,

me place en sumo agrado,

la luna al reflejar,

moverse las veletas

con áspero chirrido

igual al alarido

que anuncia el expirar.

 

Me gusta que al Averno

lleven a los mortales

y allí todos los males

les hagan padecer;

les abran las entrañas,

les rasguen los tendones,

rompan los corazones

sin de ellos caso hacer.

 

Insólita avenida

que inunda fértil vega,

de cumbre en cumbre llega,

y arrasa por doquier;

se lleva los ganados

y las vides sin pausa,

y estragos miles causa,

¡que gusto!, ¡que placer!

 

Las voces y las risas,

el juego, las botellas,

en torno de las bellas

alegres apurar;

y en sus lascivas bocas,

con voluptuoso halago,

un beso a cada trago

alegres estampar.

 

Romper después las copas,

los platos, las barajas,

y abiertas las navajas,

buscando el corazón;

oír luego los brindis 

mezclados con quejidos

que lanzan los heridos

en llanto y confusión.

 

Me alegra oír a uno

pedir a voces vino,

mientras que su vecino

se cae en un rincón;

y que otros ya borrachos,

en trino desusado,

cantan al dios venado

impúdica canción.

 

Me agradan las queridas

tendidas en los lechos,

sin chales en los pechos,

y flojo el cinturón,

mostrando sus encantos,

sin orden el cabello,

al aire el muslo bello,

¡que gozo!, ¡que ilusión!

 

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Acerca del autor

Autor: Rafael Carcelén

Además de disfrutar como maestro de escuela, me encanta escribir. Y leer. Y subir los montes alicantinos. Y jugar al ajedrez. Y… siempre me sigue apeteciendo aprender. Y segregar lo que aprendo -lo que vivo, lo que siento- en artículos, poemas y aforismos como éste: “¿Es imaginable la felicidad en un grano de pimienta?”

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