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Eduardo Mendoza, el pasado mes de marzo en San Juan de Puerto Rico.

Con sus habituales ironía y ánimo de provocar, Eduardo Mendoza removió las plácidas aguas del mundo editor al asegurar en marzo pasado que se publican muchos libros y que la gran mayoría de ellos no sirven para nada porque son una birria. Se lio buena. Hubo quien vio en sus palabras una crítica velada a los jóvenes novelistas o quien lo interpretó como una boutade cuya intención era animar a un debate necesario que gire una vez más en torno a la permanente devaluación del fenómeno literario en sus distintos ámbitos: el de los autores, los lectores y los editores. Impera la idea de que se escribe mucho, se publica todo y no se lee casi nada. 

Desde luego, quizás no esté dicho en los términos políticamente más correctos, pero a poco que lo pensemos, uno concluye que Mendoza no exagera. Se publica y autopublica demasiado, todo lo que se escribe sin apenas filtros de ninguna clase. Y, ante todo, quizás convenga diferenciar al menos dos aspectos: escribir es un ejercicio terapéutico de primer nivel, una labor que nos ayuda a conocer y conocernos mucho más y mejor al tiempo que contribuye a estructurar nuestro pensamiento de un modo más claro y organizado; pero ¿basta con esos ingredientes para publicar los productos generados? ¿Se puede considerar interesante y/ o literario un texto que permanece en este estadio o hace falta algo más para tal consideración?

Una digresión: se acaba de reeditar un breve texto en Siruela del abate Dinouart, El arte de callar, publicado en 1771, y que parece escrito ayer. En la segunda parte, el abate sostiene que se escribe mal, se escribe demasiado aunque no lo bastante quienes tienen excelentes cualidades para hacerlo. Muchos autores escriben por escribir y “llenan el mundo de libros estériles e infructuosos”. Obras que “mueren sin murmurar”, nos dice, sin dejar rastro alguno. “Si todo el mundo escribe y se vuelve autor, ¿qué haremos con todo ese ingenio y todos esos libros que nos exceden, inundan y sumergen superabundantemente?” “Los autores -denuncia- nacen como los champiñones, y por desgracia la mayoría tiene sus mismas cualidades”. De ahí su primer principio esencial: “nunca se debe dejar de contener la pluma, si no se tiene algo que escribir más valioso que el silencio”. Porque “los buenos escritores se parecen a la abeja, cuyo trabajo es precioso, delicado, útil para los hombres y para ella misma”.

El libro del abate Dinouart va por su décima edición.

No parece haber estado solo Dinouart en sus quejas. El alemán Lichtenberg, coetáneo suyo, lo decía sin miramientos: “Hoy en día, tres agudezas y una mentira hacen un escritor”. Y, refiriéndose a un prolijo autor, lo satirizaba con su más fino sentido del humor: “Ocho tomos ha escrito. Seguramente hubiera hecho mejor plantando ocho árboles o engendrando ocho hijos”. Como vemos, el tema viene de lejos y las quejas han sido continuas durante toda la época contemporánea. La devaluación actual del fenómeno literario no exime hoy, según Andrés Trapiello, a los propios escritores: “si los autores fueran mejores de lo que son, y se respetaran un poco más a sí mismos no escribiendo más que libros buenos, probablemente se les tendría en mejor consideración y la gente no llevaría sus obras a los establos”.

Del mismo modo que no es lo mismo hacer deporte que ser un deportista, tampoco lo es escribir y ser un escritor. Quien practica tenis intenta emular a Federer, Nadal o Djokovic, de quienes desde luego se puede aprender todo. Pero ¿veríamos razonable que un amateur, un buen practicante del tenis, retase a todo un profesional y propusiera medirse con él en un Open internacional? Si extrapolamos esta comparación al mundo de las letras y la edición ¿deberían compartir estanterías los libros de los grandes creadores con esos otros de los esforzados aficionados?

En todo caso, con el único ánimo de dejar abierto el tema y apelando a la reflexión personal de cada lector, voy acabando con estas palabras del crítico Juliá Guillamón: “Me hace gracia la boutade de Mendoza. Como crítico tengo que leer muchas novelas. Novelas más o menos bien escritas, de las cuales se puede hablar bien, y que se pueden recomendar con más o menos entusiasmo. Pero a veces, a medio leer, pienso: ¿a quién le puede interesar esto? Si no me la tuviera que leer como crítico, ¿la leería? Y la conclusión es parecida a lo que dice Mendoza. Pero también podría llegar a la conclusión opuesta: el público está tan disperso, hay tantas cosas por hacer, que es difícil que la gente se enganche a una novela por interesante que sea. Siempre hay alguna cosa que se interpone y que produce una gratificación más inmediata que leer”. 

Si los autores se respetaran un poco más a sí mismos no escribiendo más que libros buenos... dice Andrés Trapiello

Pero he aquí lo mejor de su reflexión: “Por otra parte, el mundo del libro es, cada vez más, un mundo de productores más que de consumidores. Gente que quiere escribir, gente que quiere editar, pero con muy poca demanda. No me imagino una situación parecida, por ejemplo, en el mundo del embutido. Dos o tres fabricantes industriales de ¬fuets, un montón de pequeños talleres artesanales... ¡y gente que no come fuet!”. 

Casualmente, y mientras escribo esta entrada, me encuentro con una columna de Juan José Millás del pasado viernes 17 de junio que, bajo el título La siguiente , habla de los libros y la escritura; de los escritores, los cocineros escritores, los toreros escritores… todo ello aliñado con su ironía habitual y, como Eduardo Mendoza, poniendo el dedo en la llaga. Disfrútenla.

En definitiva… ¿qué es literatura? ¿Qué no lo es? Ahí lo dejo.