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Augusto Monterroso (1921-2003), autor de El Dinosaurio.

-EL DINOSAURIO TODAVÍA ESTABA ALLÍ-

Al leer este brevísimo relato de Augusto Monterroso, pueden pasar dos cosas: que uno no vea dónde está el interés o que su cabeza empiece a dar vueltas. Tenemos a alguien que se despierta y que, o bien antes de dormirse o bien durante el sueño, se ha topado con un dinosaurio. Al despertar, proceda de donde proceda, el animal sigue allí, prolongando la pesadilla. Además, ese “todavía” de la segunda oración aporta una enorme carga amenazante del animal a toda la escena. Como si el personaje, aunque le cueste creerlo, no hubiese podido deshacerse de él. Por insólito que sea todo aquí, podemos llegar a pensar que se trata de algo simbólico, abstracto, como esas pesadas cargas que llevamos encima y de las que no nos libramos tan fácilmente. Incluso, por la sintaxis y las elipsis en el texto, cabe interpretar que quien despierta es el propio dinosaurio, convertido así en personaje central del relato. Pero nada de todo esto se encuentra implícitamente en las siete palabras del microrrelato; y, sin embargo, como una cápsula vitaminada, apenas leído el texto toda nuestra imaginación se activa y empapa nuestro sensible territorio intelectual y emocional.

¿Cuál es la magia? Por escueto que sea un microrrelato, su enfoque sorpresivo y su esquematismo narrativo (no suele haber diálogos ni detalladas descripciones; el tiempo y el espacio en él se condensan al máximo; los personajes apenas si se esbozan, etc.) han de crearnos un efecto habitualmente inesperado (una inquietud más o menos colindante con la resignación en El dinosaurio). Pesa menos lo que se dice que lo que se oculta o simplemente se sugiere. Porque, además, no hay microrrelato que se precie que no exija nuestra colaboración activa, nuestra complicidad, para multiplicar o cerrar su sentido, según el caso. Esta invitación a formar parte de él le da ese toque de texto inacabado que tanto gusta a los exigentes y activos lectores de este género “chico” entre los narrativos. Y es que un buen microrrelato es la prueba palpable de que “menos es más”, utilizando el lema del minimalista Mies van der Rohe.

Precisamente es en la época del minimalismo arquitectónico, del dodecafonismo musical, del rescate de las formas breves en poesía (haikus, poemínimos, etcétera) y en general de la explosión de las vanguardias del siglo XX, y esa tendencia hacia lo condensado e intenso, desde donde el microrrelato va a crecer sin parar y asentarse como género propio. Casi todos los narradores importantes del siglo XX (Kafka, Proust, Fitzgerald, Hemingway, Borges, Carver, etc) fondearon con mayor o menor relevancia en este caladero de lo hiperbreve. Los poemas en prosa de Baudelaire y su adaptación a nuestra literatura, tanto en España como en Hispanoamérica por parte de Rubén Darío y los modernistas, son el antecedente más inmediato, aunque desde siempre hubo relatos breves en la tradición literaria (fábulas, parábolas, ejemplos, bestiarios, etcétera). Y si bien es un género híbrido y fronterizo como pocos, sus rasgos habitualmente lo distinguen de esos otros de ficción y de los no ficcionales también breves como el aforismo, la greguería, el poema en prosa, el artículo periodístico, etcétera. Pero hay autores que no cejan en su empeño por diluir las fronteras entre unos y otros. Veremos varios ejemplos transgresores en una entrada posterior en este blog.

Los poemas en prosa de Baudelaire abrieron brecha hacia el microrrelato.

Hoy el microrrelato, como el microensayo o la micropoesía, vive su edad de oro. La expansión de redes como Twiter o Facebook, tan apropiadas para su producción y su divulgación, también pueden estar contribuyendo a una banalización y a innumerables reduccionismos que el género no merece. También nos detendremos en esto en otro artículo de esta serie.

Pues bien: a concretar los rasgos discursivos y formales del microrrelato, su mestizaje con géneros colindantes, las etapas de su evolución en España y en Hispanoamérica a lo largo del siglo XX o su vitalidad en el momento presente, irán destinadas las entradas de este bloque El dinosaurio todavía estaba allí. Además, cada una de ellas se ilustrará con varios microrrelatos que más o menos incidan en los aspectos allí tratados.   

Grandes novelistas como Hemingway también recalaron en el microrrelato.

¿Qué es un microrrelato?

La pregunta fue el detonante para poner en marcha su intelecto. Lo tentó el desafío de capturar la definición huidiza. Sus pensamientos, embarcándose en una cuenta regresiva, se engranaban como piezas de un aparato de relojería. ¿Sería un cuento en miniatura? Le ardieron las mejillas. ¿O un chiste repentino? Le sudaba la frente ¿Reflexiones certeras? Las sienes le latían. ¿Prosa poética súbita? Se le nubló la vista. ¿Una ocurrencia breve? Un zumbido creciente se instaló en sus oídos. ¿Anécdota efímera, narración concisa? Un temblor imparable se generó en su centro. ¿Fábula rápida, relato precario, idea inesperada? En pleno arrebato, vivió con alivio de condenado a muerte su propia explosión.

Sonrió. Tal vez fuese esto: el detonante en la primera línea y, unos pocos renglones más abajo, el estallido imprevisto. Y se puso a escribirlo.

Juan Sabia

Breve antología de la literatura universal

Canta, oh diosa, no sólo la cólera de Aquiles sino cómo al principio creó Dios los cielos y la tierra y cómo luego, durante más de mil noches, alguien contó la historia abreviada del hombre, y así supimos que a mitad del andar de la vida uno despertó una mañana convertido en un enorme insecto, otro probó una magdalena y recuperó de golpe el paraíso de la infancia, otro dudó ante la calavera, otro se proclamó melibeo, otro lloró las prendas mal halladas, otro quedó ciego tras las nupcias, otro soñó despierto y otro nació y murió en un lugar de cuyo nombre no me acuerdo. Y canta, oh diosa, con tu canto general, a la ballena blanca, a la noche oscura, al arpa en el rincón, a los cráneos privilegiados, al olmo seco, a la dulce Rita de los Andes, a las ilusiones perdidas, y al verde viento y las sirenas y a mí mismo.

Luis Landero

Narrador

El novelista humilde Antonio Selmo subió la persiana, se sentó frente a la máquina de escribir, encendió un cigarrillo y miró por la ventana la plaza del comandante Toral, con su trajín de la gasolinera, las flores del parterre, la fuente bajo las acacias y una mujer que se perdía al fondo por la esquina de la calle del teólogo Peláez.

Muy poco después, todavía sin ponerse a escribir, Antonio Selmo notó que sobre su cuerpo descendía un gran pájaro transparente, como una gota gigantesca de lluvia que fue atravesando su mente hasta convertirlo en un hombre lejano y tenso, arrojado a las aguas del estupor.

Como algunas otras veces le había sucedido, Antonio Selmo creyó que se encontraba en los albores de un gran momento de creatividad que se traduciría en unas cuantas páginas felices, mecanografiadas con gran rapidez, en las que construiría un personaje, un diálogo, un capítulo o un tono.

Nunca hubiera podido imaginar que se estaba muriendo.

César Gavela

Robinson desafortunado

Corro hacia la playa. Si las olas hubieran dejado sobre la arena un pequeño barril de pólvora, aunque estuviese mojada, una navaja, algunos clavos, incluso una colección de pipas o unas simples tablas de madera, yo podría utilizar esos objetos para construir una novela. Qué hacer en cambio con estos párrafos mojados, con estas metáforas cubiertas de lapas y mejillones, con estos restos de otro triste naufragio literario.

Ana María Shua

Fecundidad

Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.

Augusto Monterroso