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Mark Twain vino al mundo y se fue de él con el Cometa Halley.

-LO BUENO SI BREVE-

Su auténtico nombre era Samuel Langhorne Clemens y en 1909 manifestó: “Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él”. Y así fue. Tal vez fuese esta una humorada más de las suyas o la certeza última de quien se interesó vivamente por el mundo de la parapsicología. Periodista, conferenciante y un humorista de primer orden, ¿quién no recuerda hoy entre las lecturas de su infancia Las aventuras de Tom Sawyer o Las aventuras de Huckleberry Finn? Por estas y otras novelas, Faulkner y Heminguay vieron en él al gran patriarca de la moderna literatura estadounidense. Su influencia posterior ha sido extraordinaria, y no sólo entre los escritores. Sería difícil concebir el humor de Groucho Marx o el de Woddy Allen, por poner dos ejemplos, sin su magisterio. Durante mucho tiempo, yo mismo llegué a creer que esta frase de Twain era de Groucho: “Al cumplir los sesenta años me he propuesto la siguiente regla de vida: no fumar mientras duermo, no dejar de fumar mientras estoy despierto y no fumar más de un cigarro a la vez”.

En gran medida, las novelas mencionadas recogen su propia experiencia infantil vivida a orillas del río Misisipi y donde en su juventud trabajó como piloto de uno de los vapores que lo atravesaba. Su espíritu jovial y aventurero le había llevado a viajar con dieciocho años y a ganarse la vida por sí mismo como tipógrafo, minero, buscador de oro… con el ánimo de hacer fortuna, hasta recalar como periodista y publicar su primer cuento corto con treinta años, La famosa rana saltarina de Calaveras, con el que cosechó un inesperado éxito. Tras casarse y establecerse en Conecticut, llegarán sus grandes éxitos narrativos y viajará por todo el país impartiendo conferencias y escribiendo artículos y reportajes cargados del ingenio y la socarronería que tanta fama le otorgaron. Las desgracias personales (ruina económica por una mala inversión de la que apenas se repuso, fallecimiento de su esposa, de una de sus hijas y de una nieta) lo sumieron en la depresión y en un amargo pesimismo los últimos años de su vida.

Afiche de la película Las aventuras de Tom Sawyer (1938).

Sobresalió como fervoroso entusiasta y defensor de las libertades de todo tipo: su actitud más que crítica ante la esclavitud primero o el imperialismo después (aunque mantuvo una postura inicial imperialista respecto a Filipinas) lo convertirán en un referente ético para las futuras generaciones, en un país tan dado a estos excesos. Apoyó las posiciones revolucionarias allá donde se produjeron y denunció sin ambages la situación de los trabajadores, ejerciendo como activo defensor de sus derechos. Fue partidario de la emancipación de la mujer y su derecho al voto y muy crítico con la cultura y las costumbres hipócritas de su tiempo, poniendo en solfa a esa religión  lastrada por la mojigatería, sobre todo en sus últimos escritos. “Hay un Dios para los ricos y ninguno para los pobres”, sentenció.

Si la pena y la depresión lo abordaron al final de sus días, siempre le acompañó el más estimulante, socarrón y saludable sentido del humor. Incluso, ya en vida, fue muy reconocido por sus discursos y escritos tantas veces cáusticos y sarcásticos como no conocían los norteamericanos. Un humor inteligente (a menudo al servicio de la crítica social o de las costumbres) basado en la sencillez y la precisión de su lenguaje y con ingredientes como la ironía, el ingenio, audaces juegos de palabras, giros inesperados, absurdas situaciones o el doble sentido descolocador. Como en sus novelas, absolutamente realistas pero sin tesis ni moralinas, no era partidario de largas explicaciones pues hacían tedioso e incomprensible lo que podía resultar fulgurante con una sola frase. Aunque la sencillez nunca suponga facilidad: “Suelen hacer falta tres semanas para preparar un discurso improvisado”. Sus aforismos, desde esta óptica, también nos pueden  retrotraer al paso resplandeciente del cometa Halley, una rareza que nos deslumbra cada setenta y cinco años. Como él mismo.

Biblioteca de la casa de Mark Twain.

El preciso novelista, el penetrante articulista, el ameno conferenciante, el ingenioso humorista… en todos ellos brilló la personalidad única de Mark Twain y en todas esas facetas sumó destacados descendientes. Como última anécdota, que retrata bien su espíritu bromista a pesar de la gravedad del momento, lo que contestó cuando algún periódico informó de su agonía, semanas antes de morir: “Oigo que los periódicos dicen que me estoy muriendo. El cargo no es cierto. Yo no haría cosa semejante en mi tiempo de vida. Me estoy comportando lo mejor que puedo”. Memorable.

Estatua de Mark Tawin en la biblioteca pública en Garden City (Kansas).