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“Nunca se debe ordenar leer un libro a nadie. Lo mejor es sugerir, mostrar, indicar aquellos libros que nos parecen los mejores para que nuestros hijos y alumnos, se diviertan y aprendan” 

Gianni Rodari

En la encuesta que mencionaba hace dos semanas, el 23% de los encuestados declaraba que sus padres les leían a menudo cuentos en la infancia y un 20% que sólo de vez en cuando. Les obligaban a leer en el colegio o en el instituto al 48% y al 42% le animaban a leer habitualmente. Lo que indica que no debemos dejar de promover el hábito lector ni en [email protected] [email protected] ni en [email protected] [email protected]. Desde casa y desde las escuelas, el acuerdo es unánime, los debemos animar a leer. Pero ¿cómo? Y a leer ¿qué? 

Como amar o soñar, el verbo leer no soporta el imperativo, la imposición, la obligatoriedad. Lo dice, además de Rodari en la entrada de este artículo, Daniel Pennac al comienzo de su libro Como una novela, imprescindible para conocer y valorar los aspectos a cuidar para estimular a la lectura o nuestros derechos como lectores. A los padres y las madres es bueno que nos vean leer, que les leamos cuentos, poemas e historias, que les contemos cuentos, que incluso compartamos lecturas con ellos o nos interesemos por las que ellos realizan, que los acompañemos a la biblioteca del barrio para hacernos el carnet de préstamos o que nos acerquemos con ellos a la librería, que analicemos juntos pasajes o párrafos para ellos significativos y que, además de leer, también los animemos a escribir. Estas son, entre tantas otras, algunas de las pequeñas cosas que podemos hacer para animar a leer a [email protected] [email protected] Respetar sus gustos, su ritmo lector, su decisión de no terminar un libro si no les llena y evitar minusvalorarlos por no leer lo suficiente o aquello que para nosotros es imprescindible, son actitudes básicas para promover un buen hábito lector.

 En la escuela, la preocupación por estimular a la lectura y crear un buen hábito lector es un objetivo prioritario ya desde la Educación Infantil. Y no sólo por el disfrute de leer por leer. Sin el afianzamiento de las herramientas básicas de la lectura y de todas las estrategias para asimilar bien lo leído, no hay aprendizaje que auténticamente prospere. Ni comprensión ni análisis ni síntesis de la información son posibles sin saber leer en toda la extensión del término. Con lo que aprender, sin todo ello, se vuelve una tarea mucho más ardua de lo que habitualmente se piensa. Porque aprender no es simplemente memorizar y repetir.

Sin embargo, y a pesar de este énfasis en la necesidad de leer correctamente para comprender y aprender cosas nuevas, por pura curiosidad pero también por una inacabada labor de adaptación, como adultos la gran mayoría apenas si ve en la lectura algo más que un mero entretenimiento. De ahí que los géneros ensayísticos o de divulgación científica apenas tengan lectores. Y esta es hoy la madre del cordero. Aunque insistimos mucho en la necesidad de leer de nuestros niños y jóvenes, y vemos que entre ellos la lectura no decae, descuidamos la necesidad de cultivar un hábito lector más variado y quizás exigente en un mundo cambiante y cada día más flexible como el nuestro, que requiere considerar el aprendizaje como una tarea siempre inacabada.

Encuentro en un IES con una escritora

No conozco ningún estudio que reflexione sobre este desfase entre el interés por leer bien para aprender mientras nos estamos formando en escuelas y universidades y el gusto mayoritario por leer como mero pasatiempo en nuestra madurez. Abonaré esta tierra yerma con cinco posibles causas: 

  1. Muchas de las asignaturas que se imparten (científicas y humanísticas sobre todo) son percibidas como tochos que hay que aprobar y una vez aprobadas, si te he visto no me acuerdo. Sembrar el gusto en el alumnado por adentrarse en estas materias es tan o más importante que el contenido en sí que con ellas se imparte.
  2. Los niveles de estrés o la banalización de la realidad en los que vivimos nos empujan muchas veces a optar por fórmulas evasivas y que no nos supongan un elevado esfuerzo de atención.
  3. El desprestigio general de los saberes que no son útiles ni rentables inmediatamente en nuestra práctica cotidiana.
  4. La complejidad lingüística de muchas obras que se dirigen mayormente a los especialistas antes que al público medio en general.
  5. La escasa inversión editorial y de marketing en aquellos géneros que no reportan los rápidos beneficios que otros, como la narrativa, pueden generar con sus best sellers, etcétera. 

Revalorizar prestigiando las disciplinas de contenido científico y humanístico y ser capaces de acercar estas a un mayor número de lectores es prioritario si, además de para disfrutar y entretenernos, queremos que la lectura nos sirva para no dejar nunca de aprender y seguir saciando así el pozo innato de nuestra curiosidad. Y esta dejación de funciones, observable en nuestros gustos como lectores y que se explica en un modelo socio-cultural claramente banal y utilitarista, es lo verdaderamente preocupante hoy.

Grupo de lectores en un Taller de lectura