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Adela Cortina y el libro recién publicado.

 Publicado el pasado mes de mayo, Aporofobia, el rechazo al pobre, es el último libro de Adela Cortina, excelente ensayista y catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia. Llega en el momento oportuno. Justo para reflexionar rigurosa y profundamente en torno a uno de los problemas más acuciantes en este mundo tan agitado del nuevo milenio en el que estamos informados al instante de cuanto ocurre en todas partes pero en el que olvidamos lo ocurrido muy poco después.

Un libro cuya lectura no solo no defrauda sino que nos aporta una mirada analítica y una visión coherente de los problemas con los refugiados, la desigualdad y la pobreza, en nuestras sociedades occidentales. Sin la reducción de estas lacras, afirma la autora, sin una mirada autónoma y compasiva, si no nos proponemos educar la conciencia de un modo crítico y al amparo de la Ética, difícilmente modificaremos esa actitud de rechazo siempre latente hacia los inmigrantes, los pobres y los necesitados.

Creado por la propia autora en la década de los noventa del pasado siglo, y no admitido todavía por la RAE, el término aporofobia -del griego áporos: pobre- se diferencia de la xenofobia o racismo en tanto que este supone el desprecio hacia el grupo diferente al nuestro por considerarlo inferior en tanto que el aporófobo rechaza y trata de no ver al pobre precisamente por serlo. Un ejemplo evidente: no recibimos igual a un turista sirio de clase alta que al refugiado o inmigrante pobre que huye de la guerra y la muerte o del hambre y la miseria. Nuestro rechazo al pobre o nuestro miedo, cuando no auténtico odio, se funda en la convicción de que, en un mundo donde solo es útil el intercambio, los pobres no nos aportan nada salvo problemas. Porque además tendemos a culpabilizarlos de su situación.

Campo de refugiados entre Grecia y Macedonia.

A lo largo de sus ocho capítulos, Adela Cortina disecciona con estilo ágil y lenguaje accesible la tipología de los delitos de odio hacia el pobre, los discursos que se utilizan para odiarlos o los avances de la neurociencia que corroboran en nosotros un cerebro xenófobo desde siempre. Por eso, es necesario educar la conciencia moral para hacernos autónomos y compasivos. Pero no sólo educando mejor podemos resolver esta lacra. Erradicar la pobreza y reducir la desigualdad son también objetivos impostergables. Y, desde luego, sin una actitud acogedora, sin una hospitalidad cosmopolita, como derecho y deber de todos con todos, la convivencia seguirá resintiéndose como hasta hoy. Pero nadie tendría que luchar para conseguir ser digno. La dignidad, no el precio, ha de ser condición inalienable a todo ser humano, simplemente por serlo.

Un libro convincente. Estimulante. Con una argumentación rigurosa y audaz. Brillante. Necesario.

Sirvan estos tres breves fragmentos para dar una idea clara de su contenido:

“Realmente, no se puede llamar xenofilia al sentimiento que despiertan los refugiados políticos y los inmigrantes pobres en ninguno de los países. No es en modo alguno una actitud de amor y amistad hacia el extranjero. Pero tampoco es un sentimiento de xenofobia, porque lo que produce rechazo y aversión no es que vengan de fuera, que sean de otra raza o etnia, no molesta el extranjero por el hecho de serlo. Molesta, eso sí, que sean pobres, que vengan a complicar la vida a los que, mal que bien nos vamos defendiendo, que no traigan al parecer recursos, sino problemas”. (págs. 13-14)

Campo de refugiados entre Grecia y Macedonia.

“Promover en el siglo XXI el pluralismo de las motivaciones en la actividad económica, que incluye el amor propio, pero también la simpatía y el compromiso, supone fortalecer la economía desde sus propios principios, teniendo en cuenta, además, la naturaleza de las bases cerebrales de la racionalidad y la emotividad económicas, como vienen mostrando distintos trabajos de neuroeconomía. En ellos, como vimos, ha quedado desacreditado el mito de la racionalidad económica, entendida como la propia de un homo oeconomicus, individualista, maximizador de su beneficio, al que la evolución biológica ha preparado para intentar sobrevivir en la lucha por la vida eliminando a sus adversarios. Por el contrario, las personas son híbridos de homo oeconomicus y del homo recicprocans, el hombre que sabe cooperar, distinguir entre quienes violan los contratos y quienes los cumplen, castigar a los primeros y premiar a los segundos”. (pág. 148).                                          

“A mi juicio, una educación a la altura del siglo XXI tiene por tarea formar personas de su tiempo, de su lugar concreto, y abiertas al mundo. Sensibles a los grandes desafíos, entre los que hoy cuentan el sufrimiento de quienes buscan refugio en esta Europa, que ya en el siglo XVIII reconoció el deber que todos los países tienen de ofrecer hospitalidad a los que llegan a sus tierras, el drama de la pobreza extrema, el hambre y la indefensión de los vulnerables, los millones de muertes prematuras y de enfermedades sin atención. Educar para nuestro tiempo exige formar ciudadanos compasivos, capaces de asumir la perspectiva de los que sufren, pero sobre todo de comprometerse con ellos. (pág. 168).