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-A VISTA DE JÍBARO-

Reunión de escritores del Taller de Literatura Potencial (OULIPO) en 1975. Calvino es el primero de la izquierda.

Antes de entrar en materia, conviene recordar que Italo Calvino perteneció al grupo Oulipo (Taller de Literatura Potencial) junto a otros destacados creadores como Georges Perec, Jacques Roubaud, Harry Mathews o Raymond Queneau, entre otros. Precisamente este último fundó el grupo en 1960 y escribió que la literatura potencial supone la búsqueda de formas y de estructuras nuevas que podrán ser utilizadas por los escritores como mejor les parezca”. La escritura como infinito laboratorio de posibilidades, donde matemática y juego ocuparán un lugar central y donde toda combinación y experimentación formal se ejecutan siempre en aras de una libertad total. Concebidos siempre como auténticos ejercicios de estilo (así tituló Queneau un libro característico) o como ensayos en un laberinto imaginativo y lingüístico interminables.

“La literatura seguirá teniendo una función únicamente si poetas y escritores se proponen empresas que ningún otro osa imaginar. Desde que la ciencia desconfía de las explicaciones generales y de las soluciones que no sean sectoriales y especializadas, el gran desafío de la literatura es poder entretejer los diversos saberes y los diversos códigos en una visión plural, facetada del mundo”.

Cuando leo este fragmento acuden a mí esos relatos ramificados, laberínticos y reticulares de Borges. Es en la época moderna cuando la novela tiende a indagar y conocer el mundo a partir de una red que va conectando los hechos, las personas, etc. Una red de relaciones “para abarcar horizontes cada vez más vastos, y si pudiera seguir desarrollándose en todas direcciones llegaría a abarcar el universo entero”. Relaciones establecidas entre lo real y lo posible, entre el pasado y el futuro, en una tentativa desmesurada por representar la multiplicidad del mundo, en acto y en potencia. Una totalidad potencial, conjetural, múltiple.

También el tiempo es múltiple, de presentes abiertos a lo posible, bifurcados en dos futuros para formar “una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes, paralelos”, en palabras del propio Borges. La novela, pues, como gran red de relaciones e integradora de saberes diversos y que no solo no se aleja del humano lector, pues  “¿qué somos, qué es cada uno de nosotros sino una combinatoria de experiencias, de informaciones, de lecturas, de imaginaciones?  Cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un muestrario de estilos donde todo se puede mezclar continuamente y reordenar de todas las formas posibles.”

Hacer hablar a lo que no tiene palabra, al pájaro que se posa en el canalón... escribe Calvino.

Dicho de otro modo: la concepción del hombre como ente constituido en la primera red de relaciones hace posible su interacción con esa otra vasta red de relaciones que es el mundo. Y, desde ahí, concluye Calvino afirmando su deseo de hacer posible “una obra que permitiese salir de la perspectiva limitada de un yo individual, no solo para entrar en otros yoes, semejantes al nuestro, sino para hacer hablar a lo que no tiene palabra, al pájaro que se posa en el canalón, al árbol en primavera y al árbol en otoño, a la piedra, al cemento, al material plástico… ¿No sería esta la meta a la que aspiraba Ovidio al narrar la continuidad de las formas, la meta a la que aspiraba Lucrecio al identificarse con la común naturaleza de todas las cosas?”

Incluso en lo más nimio, en la biodiversidad del aforismo, la multiplicidad es tangible. Doce más de A vista de jíbaro:

Entramos a un libro como a un hormiguero.