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Participantes, jurado y concejala de Cultura en los premios Gramat del pasado domingo 22 de octubre.

Ella se aproximó al lavabo con la sensación de que la vieja pesadilla había vuelto a atraparla. Se miró al espejo del pequeño baño del camarote del barco. Un crucero como bálsamo de las heridas aún abiertas que los hechos acaecidos, habían dejado en su alma, es lo que eligió su marido intentando que las sombras no se apoderaran de su lucidez.

Atrás quedaron los días en los cuales eran tres los que compartían risas, juegos, viajes y dominicales mañanas de cama. Atrás quedaron idas y venidas al colegio, a fiestas de cumpleaños... su vida entonces era plena. La juventud no la dejaba pensar en otra cosa que no fuera futuro.

¿Por qué un despiste, un simple despiste, pudo hacer cambiar todo ese día? Los días se convirtieron en cárceles oscuras y las noches en tortura donde solo cabía llanto y dolor.

Y ahí estaba ahora, frente a ese espejo que reflejaba un despojo de lo que había sido. Agarró con fuerza el oso de peluche que como única condición había traído con ella y lanzó una mirada a la cama donde su marido aun dormía. Salió del camarote y subió a la cubierta del barco, el cual parecía avanzar lentamente hacia el amanecer de un nuevo día. Se asomó a la barandilla y esta no fue obstáculo. La brisa acarició su cara, besó con fuerza el peluche como tantas veces antes lo hizo su hijo y se lanzó.

En el mismo instante en que su cuerpo atravesó la superficie del agua, el primer rayo de sol asomó por el horizonte.

FRANCISCO JOSÉ AGUADO ZERÓN

Ganador VIII Premios Gramat. Octubre 2017

Se sortea la frase inicial y... a escribir se ha dicho.

Que nadie se asuste. El texto anterior es el ganador de la última edición de los Premios Gramat, dentro de la Quincena cultural dedicada a Los sueños, realizada entre los días 18 y 29 de octubre pasados. El domingo 22, a las 11 de la mañana, en la biblioteca del Museo del Calzado, los participantes -como cada convocatoria- se citaron para escribir un relato de hasta trescientas palabras en 45 minutos, a partir de una frase previa igual para todos. En este caso la entrada se extrajo al azar de las pertenecientes a la novela It (Eso), del estadounidense Stephen King. Publicada en 1986, se acaba de estrenar la versión cinematográfica en septiembre, dirigida por Andrés Muschietti. Una adaptación con la que King se siente muy satisfecho, frente a otras como El resplandor, de S. Kubrick, con la que siempre se mostró descontento.

He aquí la sinopsis de la contraportada del libro: “¿Quién o qué mutila y mata a los niños de un pequeño pueblo norteamericano? ¿Por qué llega cíclicamente el horror a Derry en forma de un payaso siniestro que va sembrando la destrucción a su paso? Esto es lo que se proponen averiguar los protagonistas de esta novela. Tras veintisiete años de tranquilidad y lejanía una antigua promesa infantil les hace volver al lugar en el que vivieron su infancia y juventud como una terrible pesadilla. Regresan a Derry para enfrentarse con su pasado y enterrar definitivamente la amenaza que los amargó durante su niñez. Saben que pueden morir, pero son conscientes de que no conocerán la paz hasta que aquella cosa sea destruida para siempre. It es una de las novelas más ambiciosas de Stephen King, donde ha logrado perfeccionar de un modo muy personal las claves del género de terror”.

De modo que, si con esta Quincena se nos llamaba a soñar, de la mano de S. King nos adentramos en el territorio de las pesadillas. Para encontrarnos con uno de esos payasos siniestros -habituales ya en Halloween- que, desgraciadamente, también han hecho de las suyas por algunas ciudades reales, más acá de la ficción. Para que el lector se serene, ahí van los dos relatos que acabaron como finalistas en los Gramat:

El ganador y los dos finalistas del certamen con sus diplomas.

Ella se aproximó al lavabo con la sensación de que la vieja pesadilla había vuelto a atraparla.

Ese era el sueño recurrente desde hacía ya un tiempo. Desquiciada, se mesó los cabellos, asegurándose de que seguían en su sitio y ni uno solo faltaba en su frondosa cabellera.

Lo había probado todo para desterrar ese horrible sueño, desde valeriana hasta fármacos más fuertes que la dejaban aturdida todo el día siguiente y con el recuerdo de esa imagen que tanto le asustaba rondando en su subconsciente.

Su obsesión con perder la melena no la dejaba vivir. Tenía el pelo larguísimo pues hacía varios lustros que no se lo cortaba, y lo cuidaba con mimo y aplicaba toda clase de productos para fortalecerlo y mantenerlo brillante.

Todos los componentes masculinos de la familia lucían sus orondas cabezas cual cebollas, relucientes y suaves como el culito de un bebé. Cuando alguien le comentó que era un gen heredable, algo en su interior se removió y desde entonces el pánico no la había abandonado.

Cada noche se miraba en el espejo, besaba su rubia melena y le hablaba con dulzura, rogándole que no la abandonara nunca. Luego, tranquilamente, la trenzaba porque más de una vez se le había enredado en las piernas mientras dormía. No llegaba a ser tan tan largo como el de Rapunzel, pero esperaba conseguirlo.

Al mirarse ese día en el espejo, la decepción se vio reflejada en su rostro.

Con solo una sesión de quimioterapia, todo su pelo la había abandonado, las sábanas y el suelo estaban completamente cubiertas de él, y el último mechón cayó lánguidamente mientras ella lloraba amargamente ante el espejo.

No había heredado el gen de la calvicie, pero sí el del cáncer. 

MARÍ CRUZ PÉREZ YCARDO

Primera finalista

 

Ella se aproximó al lavabo con la sensación de que la vieja pesadilla había vuelto a atraparla.  Y, en efecto, nada más lejos de la realidad, sus viejos fantasmas volvían a aparecer en escena. El espejo la delataba. Pálida y con un rostro muy desmejorado, bajo una delgadez cada vez más notoria, no tenía más remedio que aceptar de nuevo que las redes de la depresión la habían hecho presa. No aguantó la mirada más de tres segundos. Las lágrimas empezaron a deslizarse rápidamente y la sensación de hundimiento moral no podía ser mayor. Ella, mientras, se maldecía por dentro: “¿Por qué a mí? ¿Por qué otra vez a mí?”. Y así era. Una llamada del hospital le había provocado esa mañana revivir el peor de sus sueños. Una pesadilla hecha realidad llamada cáncer y que destruye toda vida que encuentra a su paso. Desgraciadamente, volvía a ser la elegida para luchar contra ella en una segunda versión todavía más complicada. Así, tras una hora de llantos y vacío existencial, salió del baño. Después de la explosión sentimental llegaba la reflexión en calma. “Toca luchar otra vez campeona, toca luchar”, se decía a sí misma. Ella mejor que nadie sabía que era la única solución. Tres días antes, un 19 de octubre, había acudido, llena de orgullo y como un ejemplo claro de superación, a colgar ese lazo rosa con el que creía no guardar ningún tipo de relación en el presente. Aun así, eso ya no valía, formaba parte de una etapa pasada y ahora tenía que volver a afrontar la realidad y lo iba a hacer. Comenzó a llenarse de valor de nuevo. Acudió al baño, se puso más guapa que nunca y se dijo con firmeza: “Rendirse jamás, campeona; rendirse, jamás”.

DANIEL OSONA POVEDA

Segundo finalista

Los ganadores posan con los miembros del jurado y otros componentes de Gramática Parda.