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-A VISTA DE JÍBARO-

Sabemos por su esposa que Calvino pensó en este libro para su última conferencia.

Como ya sabemos, Calvino no llegó a completar su ciclo de seis conferencias para leerlas en Harvard puesto que murió antes de acabarlas, quedando sin redactar la última, la referida a la Consistencia. Sabemos también por Esther, su esposa, que en ella se habría referido entre otras cosas al Bartleby de Herman Melville.

Pues bien, con una irreverencia imperdonable y propia del tan admirado por Calvino, Jorge Luís Borges, capaz de reseñar un libro que jamás nadie escribió, voy a hablar de esta conferencia que el italiano nunca redactó. Obviamente, como hasta ahora, comentando y resaltando aquellos aspectos significativos para el debate de su hipotética conferencia tal y como yo imagino que la hubiese podido escribir:

Cuando escuchamos la música de Schönberg o las piezas de John Cage, somos conscientes del papel crucial que las pausas y los silencios tienen para el conjunto compositivo. O cuando apreciamos los espacios en blanco en algunos poemas de Mallarmé: como océanos de silencio que circundasen el litoral poemático de los versos, Calvino ve en estos espacios en blanco una parte sustantiva, constitutiva, del poema. Una parte olvidada por la tradición occidental que, sin embargo, le otorga a la creación su sentido más pleno. Y ha de retrotraerse hasta Lucrecio, tantas veces citado a lo largo del libro, para corroborar la idea: “La naturaleza para Lucrecio es un todo material trabado por la diversa combinación de infinidad de átomos que se mueven en el vacío. Y si, como él mismo dice, de la nada, nada puede hacerse, no cabe identificar con la nada ese vacío del que habla. Más bien, dicho vacío es el sustento último, la argamasa que permite que los átomos se vayan conjugando para darle consistencia al universo”.

En la obra clásica, la consistencia, aunque sólo sea aparentemente, viene asegurada por una estructura preestablecida: planteamiento, nudo y desenlace. O por unos esquemas rítmicos, sintácticos o compositivos claramente identificables, aunque transgredir esos principios inamovibles desde siempre formó parte de la intención de los grandes autores. Dar la voz a todo aquello que no tiene palabra, hacer visible lo invisible o presente lo ausente es una aspiración irrenunciable para la literatura. Siempre lo fue, aunque en los últimos cien años con una preferencia desconocida.

Arnold Schönberg y John Cage, hicieron del silencio un elemento de la composición musical.

¿Qué interés pueden tener las sucesivas renuncias del escribiente Bartleby (a revisar documentos, a escribir, a abandonar la oficina donde trabaja o a comer hasta morir por inanición), personaje central del relato breve de Herman Melville, su inacción o su impasibilidad ante todo y todos los que le rodean? Su reiterada respuesta “preferiría no hacerlo” se constituye en un eje vertebrador de la estructura del relato. Pero ¿qué significado tiene una actitud así? La consistencia aquí no proviene de un sentido inherente al relato. Todo el sinsentido que lo atraviesa, ese absurdo existencial que parece envolverlo, se hace presente, patente, gracias al jefe y narrador que sin comprender nada de esa actitud, se siente inclinado hacia él, lo compadece y lo atiende.

De modo que todo se sustenta por sí mismo (nadie menos dependiente que Bartleby) pero a la vez adquiere su total consistencia en las relaciones que va tramando con todo lo demás. Sin ese vacío sustentador, fluyente y germinal, ¿existirían los átomos?, ¿se desplazarían? Lucrecio veía claro que no. Y como dijera Lao Tse, “Horádanse los muros con puertas y ventanas/al levantar la casa, / y merced al vacío/ la casa cumple su misión.// Y así del ser depende el uso/ y del no- ser que cumpla su misión”.

Lucrecio y Lao- Tse estuvieron muy presentes en Calvino.

Visto así, ¿quién sustenta a estos relámpagos fulgurantes que son los aforismos? Otros doce de la serie A vista de jíbaro: