Imprimir
Visto: 1440
Compartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en Google PlusCompartir en WhatsApp

-LO BUENO SI BREVE-

Máximas y reflexiones morales, obra cumbre de La Rochefoucauld.

Cualquiera diría, después de adentrarse por los entresijos de su ajetreada biografía, que en sus casi sesenta y siete años de existencia el Duque François de La Rochefoucauld (1613- 1680) no albergó dos personas en una. Y es que entre el aristócrata ambicioso y conspirador de la primera mitad y el ácido escritor de la segunda, podría parecer que no hay continuidad. Pero, realmente, sus envenenados dardos aforísticos son fruto de aquel desengaño primero y también se dirigirán con cierto resentimiento a una ascendente y arrogante  burguesía que con la llegada del capitalismo desplaza de los núcleos de poder a esos nobles maquinadores  y sus insostenibles privilegios. El retrato descarnado, despiadado incluso, del hombre que destila su obra no sólo refleja las cenizas de esta zángana e hipócrita nobleza sino -y sobre todo- los ocultos y egoístas intereses que mueven los hilos de toda conducta humana, sea cual sea su clase o condición.

Primogénito de una familia aristocrática de abolengo, sus escasos estudios finalizaron cuando se casó por conveniencia a los quince años y emprendió la carrera militar. Sus amantes y la milicia lo llevarán a implicarse en sucesivas intrigas contra los cardenales Richelieu y Mazarino y que concluirán con graves heridas en la cabeza y el exilio del duque tras los terribles sucesos de la Fronda (1648- 1653) que le dejarían, además de exhausto, una muy mermada fortuna. Aunque tiempo después recuperase el favor real, sus últimos veinte años los pasa escribiendo sus Memorias, Máximas y Reflexiones y frecuentando los salones y tertulias, especialmente el salón de Madeleine de Sablé, que tanto determinará su inclinación aforística. La publicación casi clandestina de sus Memorias en Bruselas, en 1662, y de sus Máximas en Holanda, en 1664, levantó un gran revuelo, sobre todo entre los nobles y aristócratas franceses.

Agudo y penetrante psicólogo del alma humana, su visión del hombre es de una lucidez y un pesimismo melancólico que nos dejan un sabor agridulce y no poco desasosiego. En línea con la época barroca que le tocó vivir, el mundo será para él ese teatro donde gobierna lo aparente, siendo el interés propio y el engaño los móviles primeros de nuestro comportamiento. La amistad, la honestidad o la piedad, bajo su mirada fría y escrutadora, no son sino el fruto del más sutil y calculado comportamiento para satisfacer en última instancia nuestro amor propio e intereses. Acorde con la tesis del hombre como lobo para el hombre de su contemporáneo Hobbes, ni siquiera el amor o las más puras pasiones se librarán de un móvil siempre interesado y egoísta con el fin último de satisfacer la propia vanidad. Sólo el humor y la ironía irán dulcificando el tono despiadado y demoledor de la primera parte de las Máximas o Reflexiones morales.

Para el autor francés todas nuestras acciones las mueven el interés o el amor propio.

Para esta labor de desenmascaramiento de la conducta humana, de este despojamiento de nuestro disfraz, se valdrá de un estilo donde el contraste, la paradoja, la ambigüedad y la comparación serán preponderantes. Su disección fría y descreída, en las antípodas de toda emoción, no busca imágines sorprendentes sino precisas. Alguna vez sus frases se abren a la sugerencia y la evocación pero la precisa hendidura, como de forense, que con ellas persigue, lo alejan de toda tentativa poética.

Ha gozado de la estima de muchos pensadores y escritores que han visto retratado en sus escritos al hombre moderno que aprende a desenvolverse como pez en el agua en un mundo cada vez más sometido al autoengaño, la hipocresía y la apariencia en todas sus manifestaciones. Otros como Nietzsche admiran su daga cortante y despiadada, propia de una moral superior en el alemán. En cualquier caso, y como concluye Francisco Díez Del Corral en su prólogo a las Máximas publicadas en Akal (2012), también estas brevísimas puñaladas “pueden ser un buen antídoto contra este tedioso tinglado de las apariencias: su impugnación”.

Castillo de la familia La Rochefoucauld.