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-LO BUENO SI BREVE-

Reciente edición completa de los Cuadernos de Lichtenberg en español

He elegido este aforismo para encabezar esta entrada porque describe muy bien la intención, el estilo y la modernidad de uno de los mejores aforistas de la historia: Georg Christoph Lichtenberg (1742- 1799). Hombre curioso, fiel representante de su época ilustrada, interesado por los más diversos saberes, sobresalió en la astronomía, la física experimental y las matemáticas, ejerciendo como profesor en la Universidad de Gotinga, su ciudad natal.  Jamás podría imaginar que su fama póstuma se debería a los fragmentos personales que escribiría en sucesivos cuadernos, hasta veintisiete, de un modo espontáneo y sin plan sistemático. Sus aforismos se extraen muchas veces de los fragmentos más amplios, de los borradores o apuntes (hay quien piensa que debería llamarse así a sus textos) que constituyen ese cajón de sastre que son los cuadernos y donde hay notas de lecturas, breves diálogos, anécdotas, comentarios corrosivos, citas, hipótesis, interrogantes, chistes, sueños o reflexiones de distinta extensión y calibre.

Hombre marcado por la joroba que siempre trataba de disimular, un gran atractivo y una hipocondría sin igual, su convivencia con una niña de 12 años (él tenía 35) escandalizó a sus conciudadanos. Tras la muerte de ésta, cinco años después, en 1783 toma como sirvienta a una humilde muchacha de 15 con quien mantendrá una relación secreta, y con la que tendrá seis hijos y acabará casándose mucho después. Los reconocimientos y distinciones se suceden en los últimos años de su vida, marcados por los dolores y el deterioro físico hasta fallecer con 57 años de edad. Publicó numerosos trabajos científicos y artículos periodísticos,  algunos textos satíricos y, durante años, un humilde Almanaque de bolsillo, destacando también como uno de los polemistas más agudos y preparados de su tiempo.

Casa gótica en una calle céntrica de Gotinga

La temática que atraviesa sus borradores o apuntes tienen un carácter universal: desde las características del psiquismo humano (orgullo, vanidad, moral personal, etcétera) hasta cuestiones de ámbito general y social (la educación, la cultura  de su tiempo, la racionalidad, Dios y la religión, los sueños y el inconsciente, las reflexiones estéticas y literarias…) sin desechar lo anecdótico o, en menor medida, lo íntimo y lo familiar. Desde una posición de humanista ilustrado, de universalismo antropológico, fue un intelectual librepensador, un filósofo capaz de pensar por y para sí mismo (en palabras de Schopenhauer), escéptico y mordaz como pocos. En definitiva “un personaje de gran ternura y calor humano, dueño de un imbatible sentido del humor que, no obstante, podía degenerar en el más implacable de los sarcasmos”, con palabras de Juan del Solar en la Introducción a sus Aforismos publicados en Edhasa (2006).

Su estilo, que irá evolucionando con los cuadernos y los años, se caracteriza por un tono conversacional ajeno a toda solemnidad, por utilizar un léxico coloquial plagado de giros y expresiones populares, y siempre valiéndose de ambigüedades muy calculadas, paradojas, elipsis, juegos de palabras, invectivas irónicas, comparaciones insólitas, ocurrencias sagaces… que dan a sus frases esa ligera profundidad que tanto asombrará a la posteridad. Ese apunte enigmático y azaroso en uno de sus cuadernos, “toda una Vía Láctea de ocurrencias”, bien podría definir todo su  trabajo, desde la inteligente reflexión a la greguería más chocante: “Campanarios, embudos invertidos para dirigir la plegaria al cielo”. El propio Goethe, con quien mantuvo correspondencia, destaca que “donde él hace una broma, hay algún problema oculto”.

Su influencia posterior ha sido enorme. Sobre todo durante el siglo XX, desde que entre 1902 y 1908 Albert Leitzmann publicara la primera edición completa de sus cuadernos bajo el título de Aforismos. “Toda nuestra historia no es más que la historia del hombre despierto; en la historia del hombre dormido aún no ha pensado nadie”, escribirá anticipándose a Freud, quien tanto lo admiró. Una admiración que ya fuese incondicional en Nietzsche y que se extenderá a los surrealistas y tantas otras corrientes estéticas que han visto en él a un auténtico maestro precursor. Esa mezcla de escepticismo nada ácido, coloquialismo y humor mordaz bien sopesado, le da a sus frases un empaque elegante y sólido que nos lo hace siempre tan cercano y familiar.

Una escritura en fin que nunca deja de asombrarnos y seducirnos. Termino esta breve entrada animándoles a que lo lean en cualquiera de las ediciones disponibles en español y con el justo y ameno parecer de Enrique Vila- Matas, de un artículo de 2010: “El estudio de las minucias le ocupó mucho tiempo a este erudito de saber fragmentado, a este hombre que fue el más agraciado de todos los jorobados de la historia (parece, por cierto, que aprendió a escribir de espaldas a la pizarra para disimular su giba ante los alumnos), un escritor que tendía siempre en sus textos a la abolición de las jerarquías convencionales, como lo demuestran estas líneas, no terminadas del todo, como tantas del autor: ‘Lo que siempre me ha gustado en el hombre es que, siendo capaz de construir Louvres, pirámides eternas y basílicas de San Pedro, pueda contemplar fascinado la celdilla de un panel de abejas, la concha de un caracol....’.”

Estatua de Lichtenberg delante del Ayto. de Gotinga