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El ajedrez y la poesía compartieron espacio en el espectáculo Jaque doble en la inmortal.

Que la literatura y el arte siempre se sintieron atraídos por el ajedrez es incuestionable. Baste recordar que novelistas como Nabokov, Pérez Reverte o Zweig; poetas como Borges, Pessoa o Kavafis; músicos como Schubert o Rimsky Korsakov y pintores como Daumier, Klimt o Duchamp (este último llegó a jugar con la selección francesa de ajedrez y obtuvo muy buenos resultados), recogieron en sus obras el magnetismo y la belleza que el juego les aportó. Un romance ya muy antiguo que, como el rayo de Miguel Hernández, no cesa. 

Por eso mismo, durante la última Quincena cultural de Octubre Negro el ajedrez y los libros se han unido para conmemorar el 75 aniversario del club eldense de ajedrez Ruy López. Además de los hermosos tableros a beneficio del colectivo Abril, la sesión de ajedrez en plena Gran Avenida durante la X edición de Libros en la calle el sábado 15, el espectáculo ajedrecístico- poético en torno a la partida inmortal disputada entre Anderssen y Kieseritzky en 1851, y representada por Pedro Pérez y quien esto escribe, en la cafetería Le Ore el jueves 13 o la sucesión de relatos y poemas de grandes autores leídos en Radio Elda, sin olvidar la VI edición de los premios GraMat de escritura rápida y al instante que también giraron en torno al juego de las 64 casillas.

Recordemos que estos premios consisten en escribir un microrrelato de no más de 300 palabras durante 45 minutos, partiendo de una frase con la que todos los textos han de comenzar. En esta ocasión, y el motivo lo merecía, la sesión de escritura se celebró en la sede club Ruy López el pasado domingo 16 de octubre. La frase escogida por sorteo entre varias posibles pertenecía al libro Novela de ajedrez de Stefan Zweig: “Jugaba de un modo tenaz, lento, inconmovible, sin levantar una sola vez la ancha frente inclinada sobre el tablero”. A partir de ella, los participantes se zambulleron en sus minúsculas joyas, y estos fueron los tres microrrelatos finalmente galardonados:

Jugaba de un modo tenaz, lento, inconmovible, sin levantar una sola vez la ancha frente inclinada sobre el tablero hasta que unos golpecitos en la espalda le devolvieron a la realidad.

-Melchor, están los niños esperando.

-Perdona, ya voy Baltasar.

Pedro Pérez

Finalista

Noticia sobre Libros y ajedrez en la calle, el sábado 15, en la Gran Avenida.

Jugaba de un modo tenaz, lento, inconmovible, sin levantar una sola vez la ancha frente inclinada sobre el tablero. Miraba una y otra vez, todo su cuerpo en tensión y patente el nerviosismo, las piezas blancas de su oponente: los dos caballos en plena refriega, las torres al fondo impasibles, uno de los alfiles controlando el acceso al rey por la diagonal negra y la dama, con esa inquisitorial majestad, llena de arrogancia y atractivo, custodiando al escondido monarca.

De igual modo, sus ojos iban y venían de un lado a otro por los adoquines blancos y negros que conforman las diagonales, las filas y las columnas del tablero, calculando y calculando cómo sorprender a las piezas blancas hasta conseguir dar jaque mate al rey. Pero no parecía fácil.

De pronto, en uno de los cálculos de innumerables variantes, como quien descubre un agujero después de haber pasado cien veces por encima de él, encontró una variante rotundamente ganadora: el caballo salta a la casilla d4 y tras protegerse el blanco del jaque en c2, la torre negra va a la fila uno del rival amenazando al rey, que se cubre con un caballo y al entrar lateralmente jaqueando con la dama negra, el blanco se tapa con la suya y el otro caballo negro da mate saltando a la casilla g2.

Aliviado, como quien acaba de encontrar una llave perdida, el negro comenzó a ejecutar su plan incontestable. Todo iba a pedir de boca hasta que al anunciar jaque mate con el caballo en g2, el jugador blanco soltó una sonora carcajada: “Compruébalo tú mismo -dijo con una sonrisa complaciente: las blancas no tienen rey. No puedes dar jaque mate”. Y, en efecto, el rey no estaba allí.

Nunca más, se dijo entonces, volvería a jugar contra un rival republicano.

Rafael Carcelén

Finalista

El ganador con los dos finalistas.

Jugaba de un modo tenaz, lento, inconmovible, sin levantar una sola vez la ancha frente inclinada sobre el tablero.

Intuía que su contrincante estaba allí, el reloj jugada tras jugada hacía tic-tac muy lentamente. Sabía que su partida atraía la atención del público y la prensa. Su rival era una mujer bella, atractiva, con ojos claros y pelo revuelto, de tez clara y labios rojos, bien dibujados, y un escote femenino lleno de sensibilidad.

Al mover el caballo derribó la torre, estaba nervioso, intranquilo, era la primera vez que su rival era de ese sexo y belleza en su larga carrera de ajedrecista.

Su ego le llevó a entregar la partida, era incapaz de hacerlo contra una dama a la que ni siquiera se atrevía a mirar.

La dama no supo por qué ganó; solo que su sorpresa fue mayúscula por la gran categoría de su rival y la repercusión que atraería en un tiempo venidero. Ella sabía que no estaba tan preparada, que no estaba a la altura para un futuro próximo. La despidió con un apretón de manos sin ni siquiera mirarla. Era ciego.

Ramón Rodríguez

Ganador