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-LO BUENO SI BREVE-

Casa Museo de Nietzsche en Sils (Suiza).

Solo un provocador  intempestivo como él podía definirse así en Ecce Homo o autoproclamarse el primer maestro alemán en esa “forma de eternidad” que es, según Friedrich Nietzsche (1844-1900), el aforismo. Pero dice mucho de su concepción del género al afirmar que “es mi ambición decir en diez frases lo que todos los demás dicen en un libro, lo que todos los demás no dicen en un libro”. 

En Más allá del bien y del mal abrirá una brecha para entender el sentido último de su obra y del aforismo como género: “la forma aforística de mis escritos ofrece una cierta dificultad; pero procede de que hoy no se toma esta forma en serio. Un aforismo cuya forja y cuño son lo que deben ser no está aún descifrado porque se le haya leído; muy lejos de eso, pues es entonces cuando comienza la ‘interpretación’, y hay todo un arte de la interpretación... Es verdad que, para elevar así la lectura a la altura de un arte, es preciso poseer ante todo, una facultad que es la que precisamente está hoy olvidada -por eso pasará aún mucho tiempo antes de que mis escritos sean legibles-, una facultad que exigiría casi la naturaleza de una vaca, y ‘no’ en todos los casos, la de un ‘hombre moderno’: me refiero a la facultad de ‘rumiar’.” ¿Rumiar entendido como leer una y otra vez, interpretar y reinterpretar cada fragmento?

Con un atrevimiento inusual, aunque en esto como en tantas otras cosas fuese un heredero a su aire de Lichtenberg o Schopenhauer, cuestionará los artefactos filosóficos que no son sino sistémicas camisas de fuerza y reivindicará un pensamiento forjado a base de martillazos conceptuales entre cuyas chispas lúcidas se hallará la verdad. Y ahí, con su economía de gran estilo y esa profundidad que reclama la concisión, el aforismo será un cauce adecuado. Esquematizando mucho su pensamiento, entenderá que nuestra cultura occidental se ha cimentado sobre el triunfo de la falsedad y su camino ha sido el de la decadencia. Por eso, reivindicará la caída de los ídolos (“Dios ha muerto”) y promover sobre sus cenizas la creación de nuevos valores (“Transvaloración de todos los valores: esta es mi fórmula para designar un acto de suprema autognosis de la humanidad”), una tarea propia del superhombre, señor de sí mismo, con la inocencia del niño y una mirada capaz de integrar la eternidad en un instante.

Con Paul Rée y Lou Andreas Salome, un amor no correspondido. 1882.

Esa crítica radical de nuestra civilización, la rotunda voluntad con que la fue desenmascarando, le valió el distanciamiento cuando no la indiferencia de sus coetáneos. Tras abandonar su puesto de profesor en la universidad por motivos de salud, se encerró en sí mismo para escribir el grueso de su obra durante diez años y, a su vuelta, la enfermedad mental lo dejará postrado durante otros diez hasta su muerte con la llegada del siglo XX. Parecería que fue la saturación de lucidez la que le llevó a las puertas de la locura. Su diagnóstico demoledor de las convenciones y las convicciones ficticias de nuestra tradición, y que sustentan la sociedad, abrirá a la vez el camino para instaurar un hombre nuevo. Una senda larga y abrupta pero que nos permitirá “que el hombre se eleve tanto, que las cosas que hasta aquí le han parecido más sagradas, por ejemplo, la creencia en Dios, le parezcan infantilmente conmovedoras y que haga con ellas lo que ha hecho con todos los mitos: que las transforme en cuentos para niños”.

Centrándonos en su visión de la escritura y el arte como palancas en esta tarea de demolición y surgimiento del superhombre, es significativo el papel que le otorgará al lenguaje poético y a la sugerente indeterminación del lenguaje desde una actitud siempre vitalista, nada abstracta, y donde el acto de escribir implicará a todo nuestro cuerpo y nuestros sentidos. Racionalismo e idealismo se han erigido en ídolos universales, ajenos a cada cuerpo individual y su sensibilidad. Y Nietzsche encuentra en las fórmulas aforísticas, que tanto admirará en Heráclito y los presocráticos, esa dialéctica irreconciliable donde lo apolíneo y lo dionisíaco, lo efímero y lo eterno, lo sentencioso y lo sugerente, lo definitivo y lo enigmático, lo velado y lo desvelado… abren el camino emancipador para que el hombre por fin se encuentre a sí mismo. Un hacerse de sí como ese artista que esculpe su obra, porque “únicamente como fenómeno estético pueden justificarse eternamente la existencia y el mundo”.

Fotografía del filósofo postrado por la enfermedad en su etapa final.

Ninguna corriente de pensamiento posterior (fenomenología, existencialismo, estructuralismo, posmodernidad…) le ha dado la espalda. De Nietzsche no sólo interesa lo que dijo sino, y tal vez sobre todo, la forma en que lo dijo. Su enfoque estético ha seducido a creadores y poetas de todas las escuelas. Su concepción de la escritura como trazo hacia lo incierto, como hendidura luminosa, que nos abre al ser, en un sentido opuesto al de la metafísica tradicional, ha sido muy fructífera. En ella encontró el filósofo alemán el modo de cuestionar el estilo discursivo y deductivo de la filosofía tradicional. Ese fragmentarismo característico de sus textos, albergando toda la contradicción, la ambigüedad, el misterio e incluso el sinsentido humanos, no persigue explicar ni convencernos sino llamar la atención sobre sí mismo para decirnos ¿¡qué!?