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-A VISTA DE JÍBARO-

La exactitud, otro valor en la escritura a preservar.

La exactitud, tema de su tercera conferencia, supone para Italo Calvino el diseño bien definido de una obra, la evocación mediante imágenes nítidas, memorables, y la utilización de un lenguaje lo más preciso posible como léxico y expresión de los matices. Y si Leopardi sostenía que el lenguaje es más poético cuanta más vaguedad e imprecisión contenga, Calvino acude a esos textos del poeta romántico donde esa vaguedad se va concretando, matizando, en la precisión con que se expresan los detalles más sutiles de los sentidos. Por lo tanto, vaguedad sostenida a base de exactitud.

Porque como escribe Robert Musil en El hombre sin atributos, y lo cita el propio Calvino, “se llegará a un hombre en el que se opera una alianza paradójica de exactitud y de indeterminación”. Si volvemos, desde esta perspectiva, a leer los textos clásicos (pongamos El Quijote o Hamlet) apreciaremos que esas largas disquisiciones caballerescas o los monólogos del príncipe están llenos de bifurcaciones y desvaríos en el primer caso y abundantes árboles argumentativos en el segundo cuya finalidad, sin embargo, es nítida y precisa en ambos. La potencia evocativa de las palabras no está reñida con la precisión del léxico escogido. Precisamente es esa exactitud la que permite que no nos perdamos en los laberintos que el lenguaje puede llegar a fundar y que, tras dilatarnos por sus infinitos pasillos, regresemos al punto exacto del vocablo lanzadera.

Seguro que maestros de la precisión como Valéry, Ponge o William Carlos Williams suscribirían estas palabras tan esclarecedoras de Calvino: “A veces trato de concentrarme en el cuento que quisiera escribir y veo que lo que me interesa es otra cosa, es decir, no algo preciso sino todo lo que queda excluido de lo que debería escribir: la relación entre ese argumento determinado y todas sus variantes y alternativas posibles, todos los acontecimientos que el tiempo y el espacio pueden contener. Es una obsesión devoradora, destructora que basta para paralizarme. Para combatirla, trato de limitar el campo de lo que voy a decir, y de dividirlo en campos aún más limitados, para seguir subdividiéndolos, y así sucesivamente. Y entonces siento otro vértigo, el vértigo del detalle del detalle, y lo infinitesimal, lo infinitamente pequeño me absorbe, así como antes me dispersaba en lo infinitamente vasto”.

Robert Musil, autor de El hombre sin atributos.

Como si dos fuerzas contrapuestas, una centrífuga y otra centrípeta, pugnasen en el momento de la creación y de ambas el creador extrajese el material con el que finalmente construye la obra, eso sí, con un trabajo de orfebrería y precisión. La poesía es gran enemiga del azar pero también es su hija, sostiene Calvino, y sabe que finalmente -lo supo bien Mallarmé- será el azar quien gane la partida. Seguro que, considerando lo dicho hasta aquí, el italiano suscribiría estas palabras del poeta checo Vladimir Holan, escritas unos años antes que sus conferencias: “La poesía es el misterio. Debería ser la precisión”.

Donde solo hay sillas desiguales, nunca podría sentarse la confianza..

En A vista de jíbaro… también es necesaria la precisión: