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Primera imagen publicada en la prensa sobre el inicio de los trabajos para la creación del Museo del Calzado. (La Verdad 20/1/1990) | Carlson.

O quizá debiera decir la última voluntad de la hija de un zapatero eldense. 

A través de este blog he ido relatando aquellos momentos que más huella han dejado en mis recuerdos de aquellos primeros años de preparación para hacer posible el Museo del Calzado. Hemos hablado de historia, de zapateros, de aparadoras y de todos los profesionales de la industria del calzado. También de fábricas y de personajes. Cada legado, cada adquisición o cada momento vivido, han ido dejando como si fuera una pátina de vivencias acumuladas unas sobre otras, que han conformado mi criterio sobre la industria zapatera y especialmente sobre la profesionalidad o la conducta de aquellos que hicieron posible este tránsito desde la actividad artesanal a nuestra industria actual. He tenido la inmensa suerte de, a través de esta labor de recopilación e investigación que me llevó a contactar con cientos de personas, poder contar hoy esas experiencias, unas más humanas, otras más históricas y todas extraordinariamente maravillosas.

Los diarios de la época dieron cuenta en el mes de enero de 1990 (hace ahora 27 años) de la "puesta en escena" de la idea de crear un museo de calzados en Elda. Allí se dieron cita los reporteros del momento, entre ellos los entrañables Vicente Valero (en la foto) y Joaquín Romero. A partir de aquellos días se producirían múltiples llamadas para realizar cesiones o donaciones a ese museo que se decía iba a crearse en Elda a partir de ese conjunto de máquinas que muestra la foto.

Una historia que contar. Quizá un día podamos abrir una relación escrita para que todos puedan leer estos hechos ejemplarizantes que ahora desgranamos en este blog. Esa sección que yo llamaría "El alma de nuestra industria", sería un compendio de pequeñas anécdotas, sacrificios personales o cortas historias, de los momentos más importantes en que los eldenses tuvieron que afrontar su presente o su futuro para marcar un camino de generosidad, de ética o de respeto por todo lo que recibieron y transmitieron a sus hijos. 

Nuestra pequeña historia arranca con una llamada personal para que me trasladase a un domicilio en la zona de la Fraternidad de nuestra población. Creo que era un tercer piso sin ascensor de un edificio ampliado, y en una modesta vivienda había algunas personas aguardando mi visita. Me hicieron pasar a un dormitorio donde en un blanco y aseado lecho yacía una anciana. La señora (ya no podía verme) solamente a duras penas hablaba con esfuerzo y tras tratar de reconocerme con sus manos....(casi me acariciaba el rostro), me dijo que desde muy joven conservaba un conjunto de herramientas de su padre. Tras acercárselas a una de las personas que la rodeaban, me entregó unas cuchillas de zapatero, un martillo, varias leznas y un tirapié, entre otros objetos, incluida una lata (como las de conservas) llena de semence (simientes) o clavos de los que los zapateros antiguos empleaban para entachar. La señora con enorme entereza me dijo que era el valor más importante que conservaba de su progenitor y lo donaba a nuestra ciudad para ese museo que le habían dicho iba a crearse. Añadió que su padre nunca trabajó de forma permanente en una fábrica, dada su alta calidad como zapatero, pues los empresarios lo buscaban para realizar la faena completa, desde el montado hasta el saque de horma. Le agradecí aquel legado y le prometí que esas herramientas estarían en un lugar de honor en aquel museo que se empezaba a crear. Tras darle un par de besos de despedida, me marché con una emoción difícilmente explicable. Al cabo de unos días y de forma casual, encontré a uno de sus hijos en la calle y me abordó para transmitirme el fallecimiento de su madre prácticamente un par de días después de nuestro encuentro. Su última voluntad se cumplió.