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Alejandro Pérez Verdú dando forma a su escultura hecha con amor e ilusión como homenaje a los zapateros de Elda.

El monumento al zapatero que se erige en la plaza del mismo nombre, en el centro de la ciudad de Elda, tiene una historia plagada de anécdotas que vamos a tratar de dar a conocer.

Un buen día del mes de Abril de 1996, cuando hacía casi cuatro años que el Museo del Calzado, recibí una llamada telefónica de una persona que decía haber nacido en nuestra ciudad y que desde su juventud residía en la población de Mercadal, en la preciosa isla de Menorca. 

 en su niñez y pubertad, se dedicaba a sacar a las cabras y ovejas a pastar en los campos de la zona de "Casas del Señor" y La Romana, donde residían de forma provisional algunos de sus familiares. Recuerda con cariño algunas tallas hechas en madera o en piedra, con las que se entretenía mientras el ganado estaba al cuidado de su pastor. La mili la hizo en Mahón y allí demostró sus dotes para esculpir en piedra y mármol, con gran talento y excelentes dotes artísticas, sin embargo Alejandro no llegó a aprender a leer y a escribir, ni siquiera haciendo el servicio militar tuvo tiempo para ello; sus superiores en el ejército, y las personas que fueron conociendo sus dotes para la escultura, le agobiarían con constantes encargos que fue dejando plasmados en cementerios, plazas y avenidas de algunas ciudades de la isla: Alaior, Ciudadela, Mahón, Fornell, entre otras. Pero nuestro artista siempre soñó con dejar una obra en la ciudad en la que nació, en Elda, de ahí el motivo de su llamada. Me pidió que fuese a su taller en Mercadal para hacerme entrega de una bota cincelada en piedra, para donarla al museo. 

En Mercadal recibiendo la bota  para el Museo de Elda.

Dada mi vinculación con la isla blanca y azul, en cuanto tuve la oportunidad me puse en camino para encontrarme con el escultor y allí, en presencia del cronista oficial de la ciudad, me hizo entrega de una perfecta escultura de una bota vieja y rota que encontró en un vertedero y le inspiró para su obra, reproduciéndola en piedra. Con mi agradecimiento y el del museo de Elda, recibí como contestación la otra sorpresa. Alejandro Pérez estaría dispuesto a venir a Elda para esculpir un conjunto arquitectónico del zapatero y el aprendiz, y lo haría de forma altruista como un regalo a la ciudad que le vio nacer, la única condición sería que se asumiese los gastos de traslado y estancia en una vivienda modesta para él y para su esposa y le facilitaran la piedra. 

Alejandro Pérez esculpiendo en la "Casa Colorá" las manos del cortador dibujadas por Patrocinio Navarro 

De vuelta a casa me puse en marcha y lancé una cuestación popular para recaudar los casi tres millones de las antiguas pesetas que costaría su estancia y viajes durante los próximos seis u ocho meses que calculaba tardaría en acabar la escultura (al final fueron casi dos años). En Valle de Elda cada semana, se iban publicando el nombre y la cantidad que cada persona ingresaba para contribuir a esta escultura, desde particulares, hasta empresas e instituciones. A los pocos meses llegó el escultor a Elda y se alojó en una casa alquilada para él y su esposa. Las piedras las donaría una empresa del mármol ubicada en nuestra comarca. El área de trabajo sería el entorno de la "Casa Colorá", en la zona ajardinada de la parte trasera donde además se daban clases de tallado en piedra y artesonado. 

El maestro zapatero del Museo del Calzado, Hermelando Albert Rico, posa junto a uno de los bloques de granito de los que esculpió su obra Alejandro Pérez Verdú.

Alejandro, siempre con la sonrisa en su rostro y mostrando agradecimiento hacia la ciudad (cuando debiera haber sido al revés por la generosidad de su ofrecimiento), comenzó los trabajos sin demora. Traté de estar siempre cerca de él, porque no podía comprender como una persona prácticamente analfabeta, por las circunstancias de la época en la que le tocó vivir, podía ser capaz de sacar unas figuras de una mole de granito que, como mínimo, requeriría una medición para saber la altura de la peana, las dimensiones de las sillas sobre los que se sentarían los personajes, las herramientas etc. Alejandro todo lo dejaba a su intuición y a su buen hacer y midiendo a palmos y a dedos, señalaba con un lápiz donde debía situar cada cosa y partir de ahí, con martillo y escoplos inició su obra, vaciando donde tenía que vaciar y con una enorme decisión. Si este hombre hubiese tenido oportunidades en su juventud para estudiar y completar su formación, no me cabe la menor duda que habría sido un escultor consagrado. Tuve la oportunidad de visitar algunas de sus obras: Una fuente en el centro de una plaza en Alaior (por cierto muy cerca de una de las fábricas de calzado más emblemáticas de la población, la industria de Pons Timoner especializada en zapatos para hombre que ya cerró hace muchos años y que visité, conservada por la familia, como si fuese un museo de zapatos), también la pila bautismal de la iglesia de Fornell, el almirante Ferragut frente a los jardines del hotel de Ciudadela que lleva su nombre, y en algunos cementerios, entre ellos los de Mahón y Ciudadela donde Alejandro esculpió panteones.

 Para realizar los relieves de la peana con alusiones al cortador y a la aparadora, le pedí a mi amigo y pintor de reconocido prestigio, Patrocinio Navarro, que me dibujase unos bocetos para ayudar a la inspiración de nuestro escultor, ya que aunque el tema central fuese el zapatero y el aprendiz, la gran peana de piedra tenía cuatro caras en las que podían esculpirse alusiones a otros oficios importantes como el cortado y el aparado.

(Continuará).