Imprimir
Visto: 1401
Compartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en Google PlusCompartir en WhatsApp

Las vacaciones comienzan; el año termina. Fechas en las que se prodigan a diestro y siniestro los buenos deseos, días de ilusión para pequeños y mayores, la lotería la promesa condicionada de los regalos, citas en el calendario que este año se hacen coincidir aproximadamente con unas elecciones generales de cuyos (inciertos) resultados van a depender muchas orientaciones políticas en torno a la educación. En fin, momentos dominados por la expectación y las buenas intenciones.

En una ocasión tan propicia a uno se le ocurre imaginar qué pediría para mejorar el panorama educativo que gozamos y padecemos. Dan ganas de volver a los años en que escribíamos listas interminables, retos complicados incluso para unos seres mágicos que creíamos todopoderosos. Se acababa imponiendo entonces la autoridad de los padres y las madres a estos auténticos catálogos de juguetes en forma de carta. Pide solo una cosa. Si tuviera que elegir, ¿cuál sería mi deseo?

 

Podría pedir miles de artilugios que, pese a su potencial, tampoco garantizarían en todas las manos de docentes, alumnado o familias un éxito en el aprendizaje. Podría pedir leyes educativas milagrosas pero la experiencia y la sucesión de tantas a lo largo de mi vida, soy viejo pero no tanto, poseen un efecto disuasorio. Como los artilugios, también pese a su potencial o pese a su ignorancia o pese al cainismo que envuelve su caducidad. Podría  pedir un profesorado colaborador, competente, con una formación inicial y continua irreprochable, un alumnado modélico abierto en cuerpo y alma al saber, unas familias profundamente implicadas en el proceso de enseñanza y aprendizaje de sus hijas e hijos..., sin embargo, hace tiempo que dejé de creer en seres mágicos y la realidad refleja una perspectiva diversa con pocos visos de responder de manera uniforme y por completo a estos perfiles.

En la parte de acá de la realidad, ¿cuál sería un deseo con posibilidades razonables, aunque improbables, de cumplimiento? Todavía me queda la ilusión suficiente para anhelar una educación algo más al servicio de quienes aprenden (y por extensión, aunque nos cueste tanto creerlo, de todos y de todas). Decir un servicio para todos y todas no es lo mismo que decir un servicio particular para cada uno o una por separado, de guardería, de afirmación personal de lo inteligente que eres después de conseguir un título y mis merecimientos, de búsqueda de prestigio, de ocio y entretenimiento... 

Si realmente buscáramos un servicio de calidad para quienes aprenden, y no niego que muchas personas lo estén haciendo cada día desde sus distintas responsabilidades, las cosas no serían así en nuestras escuelas. ¿Qué lugar habría para el docente que se encastilla en su clase?, ¿para el acosador o el alumnado que sufre situaciones de violencia entre la aparente indiferencia o la evasión de responsabilidades?, ¿para las familias que se desentienden de lo que ocurre más allá de la verja de nuestros centros y a veces incluso más acá de ellas?, ¿para la lotería, la fatalidad, de que te toque este o esta (profesor o alumno) y tengas que apechugar con ello?... Tantas y tantas situaciones.

En general nos falta, y me incluyo el primero, verdadero compromiso. Ese sería mi deseo, compromiso y confianza. Son dos pero ambos empiezan por con- (o com-) y vale que cuenten como uno. Bien mirados, ni siquiera creo que sean un mero deseo educativo, van mucho más allá, responden a una cultura de hacer y de vivir. No pienso que se tienen o no se tienen de un modo determinista y, tal vez ahí sí que entren en contacto con la educación. Pueden aprenderse y, en estas fechas de buenos propósitos, uno está convencido de que pueden y deben.