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Educación

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(Crónica de nuestra movilidad Erasmus+ en Marsella)

El mistral es un viento catabático (descendente), frío, seco, violento, del noroeste, que sopla desde la costa mediterránea hacia el mar y que llega a superar los 100 km/h. Más allá de su contenida definición en una entrada de la Wikipedia, la reciente movilidad de nuestro proyecto Erasmus+ We Always en Marsella ha supuesto una oportunidad de padecerlo en nuestras propias carnes.

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- Hola Pitxu.
- Eh, perdona pero no sé de qué te conozco.
- Me diste clase cuando estudiaba aquí. Soy...


Mira que me fastidia no reconocer a la gente y verme obligado a poner esa cara de póquer insondable y bobalicona pero, por otro lado, soy consciente de que la gente cambia mucho en más de quince años, en especial, de los catorce al umbral de la treintena. De todas formas, la curiosidad me llevó a revisar en mis carpetas ancestrales a qué foto escolar correspondía aquel nombre que me resultaba vagamente familiar. El nombre de un exalumno que desarrollaba ahora sus prácticas en el instituto.

La investigación dio su fruto y allí estaba. Un estudiante que en su día no destacaba en especial desde el punto de vista académico. Al contrario, tal y como el mismo me había confesado en nuestra conversación, era un poco desastre en ese sentido. Pues bien, ese alumno está hoy preparándose para convertirse, ojalá sea en breve, en un compañero de tareas, sueños y fatigas, el mío o el de otros y otras docentes de quién sabe qué centros.

Ver a este futuro colega deambulando por el centro estos días acompañando a su tutora me ha hecho pensar bastante en mi alumnado presente, sobre todo, en aquel en que, por una u otra razón, no deposito siempre las expectativas que debería depositar: las máximas. Así es, debería depositar las máximas expectativas en personas jóvenes todavía por hacerse, con un horizonte personal mucho más allá de mis juicios, en ocasiones mezquinos, mediatizados por un clima poco propenso al aprendizaje o por actitudes que no siempre me agradan, pasados por el tamiz de una visión poco optimista o exhausta al final de cada jornada.

Mira que me fastidia equivocarme pero, muchas veces, me alegro de hacerlo.

Por encima de todas las dificultades personales, familiares, sociales, ni os podéis imaginar las de algunos niños y niñas, que parecen abocados y abocadas al fracaso incluso antes de iniciar su itinerario escolar; por encima de nuestra percepción cicatera que los convierte en meros protagonistas de comportamientos disruptivos, en carne de banco de castigo en los recreos, estas personitas, mejor o peor, salen adelante en la mayoría de los casos, son capaces de encontrar sus caminos y enriquecer los nuestros cuando se cruzan con ellos años después, nos devuelven la lección que les dimos un día en forma de esperanza y de llamada a no dejarnos llevar por nuestros prejuicios.

Ya que no la aprendimos en su momento con ellos y con ellas, ojalá sepamos llevar esta enseñanza a nuestra práctica diaria con el alumnado que en la actualidad ocupa las aulas que las y los acogieron con mayor o menor suerte hace tantos años.

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Durante la semana del 7 al 13 de enero, un grupo de 9 estudiantes y dos docentes del IES Azorín hemos tomado parte en la primera movilidad con alumnado del proyecto Erasmus+ #WeAlways en la ciudad húngara de Eger. Esta iniciativa se desarrollará los cursos 2018-2019 y 2019-2020 junto a otros tres institutos de Berlín (Thomas-Mann-Gymnasium), Marsella (Lycée Marseilleveyre) y Eger (Egri Pásztorvölgyi Altalános Iskola és Gimnázium) y englobará diversas actividades en torno al conocimiento, la difusión y la toma de conciencia sobre el patrimonio cultural europeo.

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Te estoy hablando a ti, sí, a ti, que me apartas la mirada cada vez que tu detector de reproches que no quiero oír, cada vez que la lucecita de alarma de todo el mundo está contra mí se te enciende en la frente. Te lo digo porque te conozco y en las arenas movedizas de nuestras peleas cotidianas he aprendido a soportarte y a estimarte de alguna manera, a poner un rostro donde antes solo leía las cifras abultadas de un fracaso que también es el mío, de alguna manera.

Te hablo a ti a quien conocí en aquel caótico primero de ESO en el que suspendiste todo lo evaluable sobre los papeles, a ti con quien he coincidido en este primero en el que las inercias nos están conduciendo a un fatídico déjà vu que no promete nada bueno, a ti con quien quizás coincida el curso que viene cuando, ojalá no sea así, promociones a segundo de forma automática, a ti con trece años y toda la vida por delante.

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De vuelta en el instituto. Silencio absoluto a primera hora de la mañana. Nada sobre la superficie tornasolada de la mesa antes de colocar mi mochila y algunos archivadores. Me encanta este momento de soledad en el que un mundo de posibilidades parece danzar alrededor de los reflejos que se cuelan por la ventana.

Es verdad que el primer día, al lado de esta sensación reconfortante, suscita muchas otras discordantes. Cierta pereza, somos humanos y humanas, tras la nunca suficiente ruptura con las rutinas durante el periodo vacacional y, no obstante, al mismo tiempo, cierta curiosidad o expectación, cierta ilusión que el día a día y la dura realidad se encargarán de encauzar, unas veces hacia la satisfacción más grata, otras hacia la frustración más insufrible. El anhelo y el marasmo. Contradicciones compartidas, hasta cierto punto, con nuestro alumnado cuando se incorpore a las aulas la semana que viene.

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Aprovecho los últimos días de clase para pasar una pequeña encuesta a todo mi alumnado sobre el desempeño de mi trabajo, su satisfacción con la asignatura, su valoración del año, etc. La última parte del formulario es abierta y recoge apartados muy sencillos: lo más positivo, lo más negativo y sugerencias. Este me resulta en especial útil para afrontar el próximo curso, más aún contando con que llevaba mucho tiempo alejado de la docencia directa mientras he estado trabajando en el centro de formación de profesores (CEFIRE).

Uno espera recibir propuestas en torno a la metodología, al tratamiento mayor, menor o nulo de ciertos temas... pero cuando me he dispuesto a leer la sección, he observado una abrumadora mayoría de comentarios que tenían que ver con el imponer el orden (a cualquier precio), castigar, echar a la calle a quienes molestan...

Estas respuestas hacen que me cuestione sobre mi práctica docente y sus consecuencias. Bien, por un lado, ya que no echan de menos muchos aspectos que considero importantes en ella pero, por otro lado...

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Hace años se popularizó en el léxico del baloncesto el concepto de los intangibles como aquellas acciones que proporcionan un beneficio, a veces decisivo, al equipo y, sin embargo, no vienen reflejadas en las estadísticas más habituales.

La idea de estos intangibles no me ha dejado de rondar mientras, junto a un par de profesoras del instituto, acompañamos en Londres a un grupo de 20 alumnas y alumnos de 4º de ESO en nuestro proyecto RALLY de Erasmus+.

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En octubre de 2015 dediqué una entrada de este mismo blog a La Virtu, la entonces biblioteca virtual del CEFIRE de Elda. Comentaba en aquella ocasión, la importante función de esta herramienta que respondió, hace la friolera de 17 años en un mundo como Internet, a una iniciativa por mejorar el acceso y la difusión de los recursos educativos de producción local y, en cierta medida, autonómica, por la acogida de trabajos provenientes de toda la Comunitat Valenciana.

Escribía también allí acerca de otros reconocimientos, algunos cotidianos y expresados por quienes se servían de ella para aportar riqueza a su trabajo, otros de mayor trascendencia pública como el premio a la mejor web institucional de la provincia de Alicante (sí, estamos hablando de una web educativa) en 2010 (Premios Web. Laverdad.es).

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Hay momentos mágicos en la educación. Surgen a veces inesperadamente, tal vez una hora después de haber soportado a un imbécil etimológico ladrar en el aula, quizás tres horas después de luchar a brazo partido por sacar adelante una sesión de tutoría. Ni siquiera son momentos que requieran de los artificios de la tecnología. Pueden darse en una clase prefabricada sin proyector, ni ordenador ni wifi, con la sola ayuda de un equipo que te has traído de tu casa y de un vídeo descargado de YouTube. A pesar de todo, son momentos que te recuerdan, mejor que el más popular gurú del gremio o de fuera de él, el porqué y el para qué te plantas cada día frente a tu alumnado. Te enseñan más que cualquier jornada o curso sobre la esencia de esta profesión. Suceden de cuando en cuando pero cuando ocurren los reconoces sin ningún resquicio de duda.

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Durante esta semana ha tenido lugar un nuevo encuentro en Petrer correspondiente al proyecto de Erasmus+ (KA2) Rally, en el que toma parte el IES Azorín junto a alumnado de la Gladesmore Community School de Londres (coordinadores) y del College Irene Joliot-Curie de Argenteuil de París. El proyecto se halla en su tercer y último año de desarrollo y no solo implica un trabajo durante las diversas movilidades, como la actual, sino un conjunto de tareas en torno a la enseñanza de lenguas en la vertiente lectora y comunicativa que se realizan a través de videoconferencias periódicas y múltiples vías y plataformas de comunicación. Por si esto fuera poco, involucran a profesorado de los centros implicados, sobre todo en estas áreas.

Sirvan estas líneas como presentación de un proyecto ambicioso, uno de los mejor dotados económicamente de su género en nuestro país y de los que conllevan un mayor número de movilidades de alumnado y profesorado. Sin embargo, a través de esta somera descripción, es complicado transmitir todo lo que conlleva para nuestro alumnado tanto en lo académico como en lo personal.

Acerca del autor

Autor: Jesús María "Pitxu" García

Jesús María "Pitxu" García Sáenz (Vitoria-Gasteiz, 1970) es doctor en Filosofía y Letras (sección Filología Hispánica) por la Universidad de Deusto. Como profesor de Secundaria ha trabajado en el IES Azorín de Petrer y en el CEFIRE de Elda, en la asesoría de plurilingüismo y en las de referencia sobre programas europeos y coeducación.

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