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En el año 2009, vio la luz un libro publicado junto a Lupe Jover, profesora entrañable y maravillosa compañera en el IES Azorín de Petrer. Su título era el mismo que reproduce esta entrada al blog. Su interés, un objetivo que me gustaría compartir hoy, consistía en reivindicar la oralidad, sobre todo el valor de la conversación, en nuestras aulas, a través de algunas propuestas sencillas para el alumnado y el profesorado.

Si las comparamos con otras destrezas comunicativas básicas como leer o escribir, no hace falta tener un gran conocimiento de nuestras prácticas educativas para advertir el  abandono de otras como hablar y escuchar, pese a su innegable importancia. En el desempeño de cualquier tarea profesional hablar y escuchar convenientemente son cualidades muy estimadas. En la participación social y la generación de relaciones personales, poco menos que fundamentales. No es solo una cuestión actual.

 

Gran parte de nuestra trayectoria en este mundo ha descansado sobre la palabra dicha. La frontera entre prehistoria e historia se define por la aparición de las primeras noticias escritas. No obstante, esto no corresponde a un momento determinado para todos los pueblos ya que muchos han sobrevivido, durante parte de nuestra historia, y sobreviven sin una escritura. Desde antiguo los clásicos concedían un gran valor práctico a saber hablar en público. El estudio de la retórica se tenía como prestigioso y respondía a la necesidad reconocida de deleitar, conmover o persuadir con el discurso propio.

Muchas veces nos quejamos de que en las aulas se habla mucho, es verdad que se escucha menos o peor, pero, a pesar de todo, no profundizamos en las posibilidades del discurso oral para aprender y crecer. Hablar en el aula, cuando no lo hace el o la docente, es sinónimo como poco de molestia.

No sabemos aprovechar el simple caudal de palabras para establecer los cauces de una pedagogía de lo oral. Despreciamos las posibilidades que nos ofrecería para identificar in situ los elementos de, valga la redundancia, una situación comunicativa, los motivos, los condicionantes, los participantes, la construcción del discurso, todos los factores contextuales que pueden contribuir a su éxito o su fracaso. Ignoramos y penalizamos en ocasiones la motivación, la predisposición o las dificultades de nuestro alumnado para contar, hablar, escuchar, conversar o desenvolverse en una modalidad oral más formal.

Es grave no reconocer lo indispensable que puede ser para ellos y ellas en el presente y en el futuro afrontar un reto como hablantes competentes (salir airosos o airosas de una entrevista, dar una opinión en público, defender de palabra sus derechos, entender la diversidad cultural y de puntos de vista...). Esta desequilibrada querencia académica por lo escrito y lo formal es evidente en nuestra enseñanza tradicional de las lenguas, las extranjeras y las propias. Lo malo no es que tengan su protagonismo en el desarrollo de nuestra competencia comunicativa, lo malo es absolutizarlos, enseñarlos y aprenderlos como un fin en sí mismos.

Es cierto que desde hace décadas son muchas las aportaciones desde la ciencia (la pragmática, la sociolingüística, el análisis del discurso...) que han revalorizado lo oral (formal e informal) y que este impulso se ha traducido, no sé si de forma más testimonial que práctica, en nuestros currículos, que ha llegado a nuestros centros educativos por medio de experiencias muy loables, de proyectos que han integrado esta dimensión de la comunicación en su cotidianidad. También lo es que una buena enseñanza y un aprendizaje de destrezas como hablar o escuchar siguen viéndose como propias de una formación elitista o como esos clubes de debate que salen en alguna película americana sobre adolescentes, algo todavía ajeno, cuando deberían ser lo más natural, lo primero que aprender y que enseñar en condiciones, una obligación para nuestra escuela.

No me preocupa lo lejos que estemos de una situación ideal; sí el que no tomemos conciencia de estas necesidades que nos llevarían a las propuestas didácticas, los materiales y recursos y la organización adecuados a una voluntad de incorporar en el más acá de nuestras aulas la palabra dicha, la oralidad y su riqueza, una riqueza consustancial, inseparable del ser humano desde su origen y que nos seguirá acompañando por mucho que cambien los medios de difundirla.

 

Para saber más:

Guadalupe Jover y Jesús María García (2009) Hablar, escuchar, conversar. Teoría y práctica de la conversación en las aulas. Octaedro. Barcelona.

Miguel Calvillo. Web Proyecto Lingüístico. Oralidad