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El pasado 16 de noviembre se celebró el Día Internacional para la Tolerancia en un contexto educativo salpicado, al mismo tiempo, por noticias que tenían que ver con actitudes y comportamientos intolerantes. No me remito solo al reciente vídeo viral donde el alumnado de un centro de secundaria estadounidense, coreaba Build the wall, build the wall (Construid el muro) haciendo referencia a uno de los mensajes electorales de su hoy presidente electo.

No hay que irse tan lejos de nuestras escuelas e institutos para encontrar otros muros, construidos de materiales menos tangibles pero igual de peligrosos e infranqueables, muros debidos a una intolerancia, por desgracia, demasiado tolerada.

Personalmente no me gusta demasiado la palabra tolerancia. Puede que debido a su origen y su historia siga connotando más que la mera actitud de alguien que respeta las opiniones, comportamientos o actitudes de las demás personas, una carga, la idea de aguantar o sobrellevar, porque no hay más remedio, la diferencia, como si fuera una limitación más que una riqueza. No me gusta porque, por lo general, da lugar a gente que puede tolerar (hasta un cierto punto) y gente que tiene que ser tolerada, es decir, establece o refuerza la superioridad e inferioridad, la desigualdad de poder. No obstante, la palabra intolerancia aún me desagrada más.

Si saliendo del debate etimológico sobre la palabra, asumimos la tolerancia como un valor en un mundo cada vez más diverso y plural, como valor sobre el que construir una sociedad más participativa e inclusiva, tiene sentido dedicar parte importante de nuestras energías educadoras hacia ella.

Se hace imprescindible ante la amenaza cotidiana de la intolerancia y la discriminación en sus más variadas formas (racismo, xenofobia, fanatismo religioso, violencia de género, homofobia, transfobia...). Obsérvese la participación en no pocas de estas formas de exclusión de la fobia, del miedo irracional a lo distinto, un miedo enfermizo basado en la mayoría de las ocasiones en el desconocimiento y en otras en el egocentrismo personal, el etnocentrismo, androcentrismo, ectétera.

La lucha contra este centrismo despierta desconfianza y rechazo, expresada de manera más o menos manifiesta según nos lo permita nuestra corrección política. Supone la renuncia al privilegio de estar en el centro pero también el beneficio de situarse en un entorno enriquecido por las relaciones con quienes compartimos algo más que un espacio físico. Supone el bien del intercambio, el reconocimiento propio a través de los ojos de los otros y las otras, la posibilidad de mejorar con el talento de muchos y muchas y más que sobrevivir frente a ellas y a ellos, convivir con dignidad.

El 16 de noviembre de 1995 Naciones Unidas aprobó la Declaración de Principios sobre la Tolerancia. Esta declaración contiene un artículo (el cuarto de seis) dedicado a la educación, que prueba el protagonismo que se le concede como instrumento para hacerla realidad. No cabe imponer la tolerancia a golpe de decreto, no se desarrollará sin un caldo de cultivo propicio al respeto y el reconocimiento.

No me resisto a incluir en esta entrada el texto de este artículo. Da para pensar, como ocurre en todas estas celebraciones, más allá de un día concreto. No se trata, o no debería tratarse solo de buenos deseos. No debemos resignarnos a que nuestra labor educativa, la de las y los docentes y, en general, la desempeñada por toda la comunidad, no contribuyan a hacerlos realidad.

 

Artículo 4 Educación.

4.1 La educación es el medio más eficaz de prevenir la intolerancia. La primera etapa de la educación para la tolerancia consiste en enseñar a las personas los derechos y libertades que comparten, para que puedan ser respetados y en fomentar además la voluntad de proteger los de los demás.

4.2 La educación para la tolerancia ha de considerarse un imperativo urgente; por eso es necesario fomentar métodos sistemáticos y racionales de enseñanza de la tolerancia que aborden los motivos culturales, sociales, económicos, políticos y religiosos de la intolerancia, es decir, las raíces principales de la violencia y la exclusión. Las políticas y los programas educativos deben contribuir al desarrollo del entendimiento, la solidaridad y la tolerancia entre los individuos, y entre los grupos étnicos, sociales, culturales, religiosos y lingüísticos, así como entre las naciones.

4.3 La educación para la tolerancia ha de tener por objetivo contrarrestar las influencias que conducen al temor y la exclusión de los demás, y ha de ayudar a los jóvenes a desarrollar sus capacidades de juicio independiente, pensamiento crítico y razonamiento ético.

4.4 Nos comprometemos a apoyar y ejecutar programas de investigación sobre ciencias sociales y de educación para la tolerancia, los derechos humanos y la no violencia. Para ello hará falta conceder una atención especial al mejoramiento de la formación del personal docente, los planes de estudio, el contenido de los manuales y de los cursos y de otros materiales pedagógicos, como las nuevas tecnologías de la educación, a fin de formar ciudadanos atentos a los demás y responsables, abiertos a otras culturas, capaces de apreciar el valor de la libertad, respetuosos de la dignidad y las diferencias de los seres humanos y capaces de evitar los conflictos o de resolverlos por medios no violentos.

 

Para saber más:

Blog De palabra (Tolerancia)

MOVIMIENTO CONTRA LA INTOLERANCIA (s.d.) Materiales didácticos nº 9 Educar para la tolerancia.

UNESCO (1995) Declaración de Principios sobre la Tolerancia

UNESCO Día Internacional para la Tolerancia