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Yves-Bonnefoy (1923-2016).

Responde este título a una doble intención: por una parte, es un guiño al poeta francés Yves Bonnefoy, en concreto a uno de sus mejores libros -Principio y fin de la nieve-, fallecido el pasado 1 de julio y de quien hablaré en la segunda parte de esta entrada. Por otra, cada año, con la llegada de septiembre se cierra un ciclo a la vez que otro comienza, acaba un curso y se inicia otro, con ilusiones y propuestas renovadas tras el merecido descanso estival. De igual modo, este blog retoma su actividad y para esta temporada la continuidad y la novedad están garantizadas. 

Continuaremos donde lo dejamos en junio: informando de eventos importantes referidos al mundo de los libros, la lectura y la literatura, o proponiendo el análisis de temas y noticias  importantes que con ellos tengan que ver. De hecho, ya hay previstas al menos tres presentaciones de libros en nuestra ciudad en los dos meses próximos. Además proseguiremos con el bloque inacabado Lo bueno si breve, presentando a algunos de los mejores aforistas de estos últimos doscientos años. 

Y tres serán las novedades: el bloque El dinosaurio todavía estaba allí, dedicado a la muestra y el estudio minucioso del mundo de los microrrelatos; A vista de jíbaro, donde iré destilando periódicamente pequeñas dosis de los aforismos escritos por mí, y que irán siempre precedidos por el análisis detallado de esos valores literarios propuestos por Italo Calvino que según él se debían preservar para este milenio en el que estamos. Y Locus amoenus, un bloque dedicado a la importancia y la continuidad sostenida en el tiempo de esos temas inmortales que se conocen como tópicos literarios, “lugares comunes”, aunque también se den en cualquier otra manifestación artística. Está prevista su publicación una vez concluido el bloque Lo bueno si breve.

Los microrrelatos tendrán un bloque específico en este blog.

Para quien no lo conociese, el francés Yves Bonnefoy (1923-2016) fue un poeta fundamental de la segunda mitad del siglo XX, varias veces en las quinielas para obtener el Nobel. Su obra estuvo marcada por una tendencia a potenciar todos los rasgos del lenguaje para alcanzar una hondura donde lo lírico y lo reflexivo son un solo espacio multidimensional. Y que tuvo en Principio y fin de la nieve (1991) y en Las tablas curvas (2001), inmediatamente traducidos al español por Jesús Munárriz en Hiperión, los momentos culminantes de ese proceso hacia una transparencia lúcida y desprovista de toda artificiosidad. Estudió Matemáticas, se doctoró en Filosofía y la traducción (Shakespeare sobre todo), la crítica de arte o la coordinación de un vasto diccionario de mitos serán decisivos para la reflexión y depuración en su propia obra.

En una entrevista de 2014 declaraba que “la sociedad sucumbirá si la poesía se extingue”, porque “la poesía es una manera de despertar la palabra”, y las palabras “el embrión que no solo describe y señala y nombra el mundo sino que lo ordena y puede salvarlo, reordenarlo. La palabra es nuestra principal conexión con la realidad y la poesía su mejor vía. Por eso es necesario que las liberemos de ese yugo en el cual las hemos metido”. En otra ocasión, sentenció como pocos el hondo alcance espiritual del poema, su sentido abierto y multiplicador de sentidos:

“Un verdadero poema no es la constatación, que no sería entonces filosófica, de un pensamiento controlado y tenido como esencial. Es más bien haber alcanzado un lugar del espíritu tan central, que demasiados caminos parten de él para que la exploración sea posible en la escritura misma; y le corresponde al lector, amigo del texto, visitar esas virtualidades, del seno de las cuales lo que parecía conclusión puede aparecer de pronto como un momento en una experiencia más compleja”.

Ejemplo de todo ello, ofrezco al lector estos dos poemas que apenas ilustran una obra grande, honda, y que recomiendo visitar en los múltiples libros suyos (poemas y ensayos) traducidos al castellano:

Las tablas curvas, publicado en Hiperión en 2003.

 

Temprano, esta mañana, la primera nevada. El ocre, el verde

se refugian debajo de los árboles.

 

La segunda, a las doce. Del color

solo quedan

las agujas de pino

que caen, también ellas, más tupidas a ratos que la nieve.

 

Luego, de atardecida,

el astil de la luz se inmoviliza,

las sombras y los sueños tienen el mismo peso.

 

Solo un poco de viento

escribe una palabra con la punta del pie

fuera del mundo.

 

La imperfección es la cima

Sucedía que era preciso destruir y destruir y destruir,

Sucedía que sólo a ese precio existe salvación.

 

Romper la faz desnuda que aparece en el mármol,

Golpear toda forma, toda belleza.

 

Amar la perfección porque ése es el umbral,

Y negarla tan pronto se conoce, olvidarla a su muerte,

 

La imperfección es la cima.