Imprimir
Visto: 870

Compartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en Google PlusCompartir en WhatsApp

Hace meses que no escribo en el blog. Las últimas entradas datan de la primera oleada de la pandemia, cuando esta maldita enfermedad no formaba parte de nuestra tan cacareada normalidad. No me atrevo a determinar sino aproximadamente las causas de este abandono.

En un primer momento, en el que contaba con tiempo suficiente, tal vez fueran debidas al desánimo, a una situación de confinamiento que nos llevó a enclaustrarnos en nuestras casas y a seguir atendiendo al alumnado desde ellas, haciendo de tripas corazón, intentando motivar desde el desconcierto recién asumido por docentes, discentes y familias respectivas, recurriendo a la pantalla del ordenador o a la plataforma educativa de turno, no sin antes comprobar (¿acaso no lo intuíamos?) que las diferencias experimentadas en el día a día de la clase, trascienden el mundo de lo presencial.

Tardamos en acceder a todo nuestro alumnado. Cuando no pudimos conectar por un medio, buscamos otros alternativos para evitar lo inevitable para muchos y muchas estudiantes, la pérdida de rumbo educativo, de hábito de trabajo o de ilusión. Aun así, guardaré siempre en mi memoria algunas experiencias extraordinarias por encima de las posibilidades de un contacto precario y un abatimiento generalizado. Algunas reuniones de tutoría en las que la emoción era todo menos virtual, algunas tareas en equipo que nos unieron en medio del aislamiento y nos recordaron la mejor versión de nosotros y nosotras mismas, algunas reacciones sorprendentes plenas de humanidad.

Llegaron las evaluaciones con el convencimiento de que muchas promociones enmascaraban un postergamiento de los problemas, un vuelva usted mañana con la boca pequeña. El próximo curso... si esto mejora... podríamos responder en condiciones a unas necesidades evidentes antes y no solo atribuibles a los meses de confinamiento. Cantos de sirenas que no convencían a casi nadie. La promesa de medidas extraordinarias en un contexto bastante menos extraordinario de lo que parece.

Nos fuimos de vacaciones deseando que al despertar del sueño estival el dinosaurio no estuviera todavía allí. Nos equivocamos. El ruido de las calles, el bullicio de las terrazas abarrotadas no nos dejó escuchar la voz de la terca realidad que se acabaría imponiendo, por si no nos habíamos dado ya por aludidos.

Empezamos el curso con reservas, con serias dudas sobre un nuevo confinamiento que, al menos esta vez, no nos cogería de sorpresa. Las urgencias del día a día, la articulación de las programaciones que atenderían a ámbitos en 1º de la ESO, el aprendizaje de los nuevos protocolos, el incumplimiento cotidiano de los nuevos protocolos, la tensión de vivir al filo del cierre, la convivencia con sucesivos casos positivos o de contacto entre la preocupación personal y la resistencia social a toda costa, la carencia de medios, las limitaciones al trabajo en grupo, la mudanza en pleno octubre a un nuevo instituto compuesto de aulas  prefabricadas.

Visto así no me sorprende este lapso sin entradas en el blog, ya no por falta de ganas sino por falta de tiempo, paradójicamente, en un año que se nos ha hecho inusualmente largo, largo y extenuante.

Aunque nuestro particular año nuevo educativo tiene lugar meses antes de enero, este recién estrenado 2021 nos plantea, nos sigue planteando, enormes interrogantes, más allá del optimismo o el pesimismo con el que lo queramos encarar. Hay razones para ver el vaso medio lleno o medio vacío, incluso para no ver ni el vaso. Los augurios, desde el punto de vista sanitario, amenazan con un recrudecimiento de los contagios, al menos, en estas primeras semanas. Tiempo tendremos de comprobarlo.

Nos quedan pocas certidumbres sobre las cuales edificar nuestros propósitos pero vale la pena tenerlas en cuenta, más en un periodo tan incierto como el que se avecina.

La primera radica en el compromiso con la tarea de educar, un compromiso realista, que sale de cada profesional de la educación y crea una entrañable solidaridad entre toda la comunidad implicada en este proceso, más allá de las tendencias o de los librillos individuales. Durante estos meses la he constatado en no pocas ocasiones, quizás en época de crisis se haga más patente si cabe.

La segunda, y fundamental, es nuestro propio alumnado. En las pantallas o tras las mascarillas tiene la virtud de sobrevivir a cualquier incidencia y recordarnos nuestra tarea, la real y la ideal, a través de su carencia y su potencial, de su sonrisa y su enfado, de su mayor o menor esfuerzo.

En ambos casos se evidencia la idea de que no somos islas, por más que nos asedie el aislamiento. En un mundo que fluye, por muy vacilante que resulte este fluir, nos quedan los puertos, las ítacas salvadoras de quienes nos acompañan en esta tempestuosa odisea, al menos, de una mayoría.