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Portada de la antología Poesía soy yo.

Las antólogas y también poetas de este volumen, Raquel Lanseros y Ana Merino, se sirven de la rima becqueriana para transformar el “poesía eres tú”, en Poesía soy yo, dejando claro ya en el título el papel importante (tantas veces silenciado) de grandes poetas mujeres en lengua española a lo largo del siglo XX. Parecería que la selección de las 82 poetas aquí recogidas y la edición en la editorial Visor pudiese responder a la temeridad del propio editor (Chus Visor) hace año y pico cuando dijo que la poesía femenina en España no estaba a la altura de la masculina o que no había poetas en todo el siglo del nivel de novelistas como Ana María Matute o Carmen Martín Gaite. Supongo que si lee este libro, que él mismo edita, su opinión será bien diferente.

A una antología de poesía hay que exigirle tres cosas básicamente: que sea suficientemente representativa del grupo generacional, del movimiento, del género, etc que se antóloga; que cuestione y /o reivindique aspectos significativos no advertidos por la crítica o innovaciones literarias relevantes y que aporte una mirada distinta, ensanchando, modificando o simplemente negando el punto de vista dominante hasta la fecha. ¿Qué respuestas nos da este libro a tales interrogantes?

Comenzando por el final, lo que las antólogas han pretendido hacer es “un trabajo de rescate y visibilización de figuras literarias femeninas injustamente olvidadas”, de obras “que han podido pasar desapercibidas o han sido al menos parcialmente silenciadas”. Y no les falta razón. Pensemos que una antología crucial para establecer el canon de la Generación del 27 como fue la de Gerardo Diego en 1932 no recogía ni una sola mujer cuando las había de un gran nivel: Concha Méndez, Rosa Chacel, Ernestina de Champourcín, Josefina de la Torre, Carmen Conde, etc. Aunque ellas mismas reconocen que la labor de visibilizar a las mujeres poetas viene siendo una constante al menos desde que Federico de Onís, coetáneo de Gerardo Diego, tanto influyera en dar a conocer a la Nobel Gabriela Mistral; o gracias a antologías como la de Carmen Conde en 1954 y las muchas que se han publicado desde los años 80 tras la aparición de Las diosas blancas, de Ramón Buenaventura, en Hiperión; o el incansable trabajo de editores y editoriales como Torremozas, de Luzmaría Jiménez Faro, dedicada exclusivamente a libros de poesía escritos por mujeres. A diferencia de trabajos anteriores, aquí se congregan poetas hispanohablantes de uno y otro lado del océano ofreciendo una continuidad y a la vez una gran diversidad de tonos y temas en todas ellas. Y, además, con una perspectiva que abarca tres cuartos de siglo (1886-1960). 

Raquel Lanseros y Ana Merino, autoras de esta antología y poetas ellas mismas.

Así pues, y aunque no sea original en esto, es una antología reivindicativa de la poesía escrita por mujeres pero, y esto me parece fundamental, cuestiona sin ambages la construcción del canon de cada época que va configurando una tradición dominantemente masculina, utilizando filtros de valoración “mucho más exigentes, cuando no directamente excluyentes, que aquellas obras producidas por sus homólogos varones”. Y si, más allá del género, el criterio básico para integrar a una autora ha de ser el de “calidad”, habría que definirla con rigor e independencia y tener en cuenta que es un concepto mucho más fluctuante y cambiante con el tiempo de lo que en cada momento concreto se piensa. En definitiva, concluyen, se trataría de “modificar los paradigmas tradicionales aún imperantes en la recepción literaria, y poder recorrer cuanto antes el tramo restante para una total normalización de la poesía producida por la mitad de la humanidad”.

En cuanto a la representatividad, no hay duda de que se recogen autoras de distintas tendencias, estilos, tonos, etc; y si bien son todas las que están, tal vez no estén todas las que son. Lo que suele ser normal, por otra parte, en un volumen tan abarcador. A las ausencias por ellas mencionadas de Olvido García Valdés o Chantal Maillard, yo añadiría las de Menchu Gutiérrez, la argentina Luisa Futoransky o la nicaragüense Blanca Castellón, por mencionar solo algunas. No pocas de estas 82 poetas recogidas son ya suficientemente reconocidas y galardonadas, pero hay rescates valiosos (además de los antes mencionados) como los de Alaíde Foppa, Stella Sierra, Angelina Gatell o Ileana Espinel, entre muchas otras.

En el terreno de los debes, las antólogas no entran a concretar si ese olvido de las mujeres poetas en el canon dominante ha sido similar en España que en Hispanoamérica: mi opinión es que no, y esto es una diferencia esencial que ayuda a entender algunas cosas. Por otra parte, el hispanoamericanismo que da “fundamento ideológico” a la antología me parece un criterio restrictivo por cuanto impide interrelacionar e integrar a todas las poetas seleccionadas con sus homólogas catalanas, gallegas, europeas o norteamericanas (por mencionar algunas lenguas colindantes) lo que hubiese ofrecido una visión más global del tema planteado.

Dicho todo lo cual, estamos ante una antología más que recomendable, donde el lector descubrirá o se reencontrará con poetas de primer orden que no sólo se integran, sino que con su obra ensanchan el legado de una tradición mucho más abierta y diversa de lo que los manuales de Literatura al uso nos han hecho creer.

Van dos poemas, al azar, extraídos de esta antología:

 

Labor atenta de hilo solo

-sigues tejiendo tu tapiz indócil-

 

ése que no se ve

ni engaña su hermosura

a los reyes sedientos

 

una puntada aquí

en el quicio oscilante

donde ayer escondías los más frescos racimos

 

¿qué será de tus manos

que palpan los tesoros

en sus pliegues?

 

-acaba ya

esa labor de sombras-

 

reconoce

vencida

que únicamente ofreces hilo solo

y que tu desnudez ha naufragado

sobre un océano

sin límite

pero esta voz

-¿de dónde?-

vuelve cada mañana

con su rama de olivo

 

Esperanza Ortega

(Palencia, 1953. De su libro Hilo solo, 1995)

           

              4

Usted nunca ha parido

no conoce

el filo de los machetes

no ha sentido

las culebras de río

nunca ha bailado

en un chargo de sangre querida

doctor

NO META LA MANO TAN ADENTRO

que ahí tengo los machetes

que tengo una niña dormida

y usted nunca ha pasado

una noche en la culebra

usted no conoce el río.

 

María Auxiliadora Álvarez

(Caracas, Venezuela, 1956)

 

Menchu Gutiérrez o Luisa Futoransky, ausentes en esta antología.