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-LOCUS AMOENUS-

La literatura pastoril renacentista recogió el tópico clásico del locus amoenus.

El propio título de esta sección (Locus amoenus: lugar ameno, delicioso, idílico) constituye uno de los tópicos más reiterados en épocas como la grecolatina o el Renacimiento. Esos lugares amenos tienen que ver con paisajes idealizados, propicios al amor, en pleno disfrute de la naturaleza, de un modo sosegado y armonioso, donde el espíritu se solaza y se recrea profundamente. Florecientes primaveras, prados verdes, fértiles fuentes, claros riachuelos de suave son, una brisa fresca…un tópico que se recoge abundantemente en la tradición de la literatura pastoril. Y que llega hasta nuestros días. La canción Imagine de John Lennon alienta a construir un mundo pacífico, en un ambiente armonioso, natural, libre, cooperativo, solidario…

En la primera parte de esta entrada de presentación ya hablé de los distintos tópicos que han pervivido a lo largo de los siglos y del diferente tratamiento o la preeminencia de unos tópicos sobre otros según el contexto concreto en cada momento.

La rosa, símbolo vitalista del amor, la juventud, la belleza...

De ahí que lo pretendido en las próximas diez entradas sea exponer los tópicos que más presencia han tenido en la historia de la literatura y analizar cómo su diferente tratamiento en las distintas épocas contribuye a entender y singularizar cada una de ellas. Porque la actitud ante la vida, la sensibilidad, el pensamiento, el conjunto de ideas o los propios rasgos estilísticos sí que han ido cambiando con el tiempo. A veces, como reacción a una época ya agotada y poniendo el acento en rescatar el modo de ver el mundo en épocas pasadas. Así por ejemplo, el Romanticismo dará la espalda a los principios estéticos ilustrados y se fijará y recuperará motivos y leyendas medievales. O asumiendo esa mirada tenebrosa del barroco tardío frente al Siglo de las Luces.

 

Los principales tópicos aquí tratados girarán en torno a la vida, la juventud y su aprovechamiento, los distintos usos del amor, el paso irreparable del tiempo, la vida sencilla lejos del mundanal ruido, la muerte y su imparable llegada, el anhelo por lo pasado ya irrecuperable o, entre algunos otros, los referidos a la propia literatura (metalingüísticos). Y concluiremos el ciclo resaltando los tópicos predominantes en cada época histórica.

Pues bien. Concretemos lo dicho hasta aquí en estos dos poemas:

Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana.
Córtalas a destajo, desaforadamente,
sin pararte a pensar si son malas o buenas.
Que no quede ni una. Púlele los rosales
que encuentres a tu paso y deja las espinas
para tus compañeras de colegio. Disfruta
de la luz y del oro mientras puedas y rinde
tu belleza a ese dios rechoncho y melancólico
que va por los jardines instilando veneno.
Goza labios y lengua, machácate de gusto
con quien se deje y no permitas que el otoño
te pille con la piel reseca y sin un hombre
(por lo menos) comiéndote las hechuras del alma.
Y que la negra muerte te quite lo bailado.

***************

Esta cabeza, cuando viva, tuvo
sobre la arquitectura destos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que mirándola detuvo.

Aquí la rosa de la boca estuvo,
marchita ya con tan helados besos,
aquí los ojos de esmeralda impresos,
color que tantas almas entretuvo.

Aquí la estimativa en que tenía
el principio de todo el movimiento,
aquí de las potencias la armonía.

¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!,
¿dónde tan alta presunción vivía,
desprecian los gusanos aposento?

Luís Alberto de Cuenca y Lope de Vega, autores de los poemas mencionados.

Los dos textos anteriores nos hablan de la hermosura y de su caducidad. Ambos mencionan a la rosa como símbolo que remite a la juventud, al goce que no perdura. Sin embargo, ni el enfoque ni el tono se aproximan: si el primero anima a vivir a tope el momento, a no dejarlo pasar porque no vuelve, y lo hace de un modo coloquial, el segundo tiene una tonalidad mucho más grave y, con gran originalidad, muestra cuán caduca es la belleza al tratarla desde la muerte, desde la contemplación de una calavera de mujer. Si el primero se sitúa en un presente intenso, que alienta a la vitalidad y al goce extremo, el segundo pone el acento en la fatalidad irreparable que a todos nos llega y la muestra en pasado, es decir ya marchita, hecho que agudiza esa visión desasosegante y fatalista.

 

Dos actitudes, dos miradas, bien distintas, ante un mismo tema. El primero se titula Collige, virgo, rosas, nombre del famoso tópico extraído de un verso de Ausonio, y pertenece a Luís Alberto de Cuenca de su libro, de 1996, Por fuertes y fronteras. El segundo es el famoso soneto de Lope de Vega, del siglo XVII, A una calavera.