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Boato zíngaro 2015 | Junta Central.

Las imágenes que fluyen de la Fiesta de Moros y Cristianos responden, sin duda, a una exigencia que representa una plástica, una estética que utiliza el color, la luz, el fuego de los arcabuces, el sonar de las bandas, unido todo ello a la emoción y el sentimiento, en un verdadero diálogo con ese receptor natural que es el público en lo que podemos considerar como un juego estético.

Todo lo que conlleva la Fiesta, su anual puesta en escena y sus propias características intrínsecas, traducen un contenido estético donde el goce de lo bello, la armonía, el colorido y el ritmo de la música son el fruto de la propia creatividad e imaginación de quienes sustentan la Fiesta, de quienes la hacen suya y la disfrutan al mismo tiempo. En la Fiesta se deja a un lado el trabajo cotidiano y la preocupación por lo meramente material para sumergirse en ese mundo donde lo bello y lo sublime acampan a sus anchas: gozar de esta belleza estética que representa la Fiesta, de su ambiente, de la luz que irradia su imagen colorista y armónica, de sus estruendos de arcabuz, de la música festera que se interpreta en cada uno de los actos: todo ello hace que la Fiesta de Moros y Cristianos se asiente sobre unos valores estéticos perceptibles para el espectador, que goza de ellos con plenitud, y aparece todo plasmado en unas imágenes realmente fotográficas y, a veces, a un ritmo que podíamos llamar casi cinematográfico.

Toda la parafernalia que conlleva la Fiesta contribuye a esa concepción plástica y estética que se ve reflejada en el adorno festivo de calles y plazas, en la instalación del castillo de Embajadas como un elemento decorativo más. Las enramadas en algunas poblaciones, verdadera imitación de la época medieval representativa, las banderas y los pendones, las propias guirnaldas y arcos de luces que iluminan el itinerario por donde discurren los desfiles, responden a esta visión estética de la Fiesta como el primero de sus eslabones. Pero lo que más llama la atención del espectador, lo que resalta más a simple vista, es el diseño de trajes: vestimenta de abanderadas y capitanes, trajes de escuadras especiales y de las llamadas “de negros”, donde la fantasía oriental, exótica, cargada muchas veces de ese barroquismo tan característico de nuestra tierra valenciana, contrasta en ocasiones con la austeridad propia del más férreo clasicismo que representan muchos trajes oficiales de las distintas comparsas, e incluso los trajes especiales creados cada año para cargos y boatos, que denotan la sencilla elegancia de sus bocetos, que tantos y tantos artistas y artesanos de nuestra comunidad festera crean de manera espontánea como expresión de esa creatividad que contribuye al goce y al estímulo de lo estético, como un valor colectivo de nuestra Fiesta.

Enramada de Alcoy | Junta Central.

 La coreografía que presentan nuestras escuadras al desfilar en medio de esa verdadera danza que son los desfiles, con esas evoluciones de los cabos al frente de sus respectivas escuadras, o de los caballos que cabalgan jinetes festeros, los números de baile de grupos especializados que acompañan a séquitos o boatos, todo eso, qué duda cabe, contribuye a esa contemplación estética de la Fiesta. La música festera, que interpretan las bandas, y la proliferación de collas de dulzaina y percusión, fanfarrias y grupos similares, los acompasados disparos de la arcabucería festera y la luminosidad y colorido que irradian los fuegos de artificio en la noche festera, hacen todavía más fácil esa sensación de belleza y armonía estética de la que gozamos al contemplar la Fiesta y todo su entramado adicional.

Pero si todo esto nos lleva a disfrutar de la creatividad y originalidad inmersas en nuestra Fiesta, no menos perceptible y digna de goce es la plasticidad que representan algunos momentos de la Fiesta, cuyos valores son innegables. Así actos como la Embajada, con esa escenificación y puesta en escena, no exenta de ingenuidad histórica, que nos transporta a la época que nuestra Fiesta quiere representar: la propia declamación de los textos de los parlamentos que desgranan magistralmente los embajadores representativos de cada bando, la lucha simbólica que sigue a estos parlamentos y la conquista o asalto a la fingida fortaleza que se erige en la plaza del pueblo.

Castillo de Embajadas | Junta Central.

Pero también hay otros valores estéticos que, sin estar en la propia representación festera, emanan de ella y son un estímulo de lo verdaderamente cultural y expresión de ese goce estético que representan los valores colectivos de nuestra Fiesta. Aquí es imprescindible citar toda la creatividad que se refleja en la música festera: la proliferación de partituras de todo tipo, pasodobles, marchas moras y marchas cristianas que acompañan a nuestras escuadras, o las marchas de procesión para acompañar a nuestro patrono en su deambular por las calles brillantemente engalanadas, o las misas festeras en honor a la imagen santa de nuestra devoción, es un hecho en muchas poblaciones de nuestro entorno festero. Los programas de fiestas, verdaderas revistas de interés cultural, histórico o literario, donde la investigación sobre asuntos locales alcanza, en la mayoría de los casos, un valor profundamente estético y de autenticidad histórica. Los concursos de carteles, que se celebran cada año a lo largo de nuestra particular geografía festera, aportan también su grano de arena a esa concepción estética y artística de nuestra celebración festera. Y hay, además, tantos y tantos acontecimientos artísticos y culturales como pregones festeros, concursos de fotografías y diapositivas, conciertos de música festera, películas de video y hasta concursos y certámenes de pintura, música, dibujo, etc. que hacen que nuestra Fiesta de Moros y Cristianos sea un “bien cultural” en sí misma, fiel reflejo de lo que sus organizadores y festeros en general desean para regocijo y goce de cuantos se quieran acercar a este fenómeno característico y multitudinario de nuestros pueblos.

Cartel 1995.