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Mucho ha cambiado la Fiesta desde aquellos años 50 y principios de los 60: la Fiesta de Moros y Cristianos, por supuesto, y la tradicional Fiesta de San Antón después de haber trasladado a mayo o junio la primera. Me voy a referir a los festejos sanantonianos celebrados en el mes de enero de aquellos años que yo veía, quizás, con la mirada inocente de mis pocos años.

La celebración litúrgica de la festividad en el día de su onomástica -17 de enero- no se celebraba entonces como ahora y este día pasaba prácticamente desapercibido para los eldenses. La Fiesta, como ocurría desde siempre, se trasladaba por aquellas fechas al fin de semana siguiente, cuando la festividad del Santo caía en medio de la semana. Los actos comenzaban el sábado por la mañana entre el disparo de cohetes y el pasacalle de la dulzaina y tamboril por las distintas calles de la ciudad acompañando a miembros de la Mayordomía que paseaban un cordero vivo para ser rifado entre los vecinos y, así, recaudar fondos para sustentar la Fiesta. Hay que destacar que el charamitero provenía de la vecina villa de Petrer y el tamborilero de Monóvar y juntos recorrían la comarca en cada una de las fiestas populares de cada población, incluido el acompañamiento de los Gigantes y Cabezudos de la festividad del Corpus. Muy lejos estábamos de la proliferación de collas de dulzainas y percusión que han invadido nuestras ciudades y que han rescatado esa música tradicional tan nuestra. En las primeras horas de la tarde tenía lugar la entrada de los carros de la leña, que previamente había sido recogida por los miembros de la Mayordomía en los distintos parajes de nuestro término municipal, acompañados de los consabidos sones de la dulzaina y el tamboril, acto que congregaba en derredor a toda la chiquillería de la población. Los carros, no recuerdo exactamente si eran dos o solamente uno, descargaban la leña en la Plaza del Ayuntamiento o frente a la ermita de San Antón.

Al atardecer, los festeros de todas las comparsas formando un gran bloque algo anárquico y tocados con el fez y gorro cuartelero característico, con sus capitanes y abanderadas,  acompañaban la imagen de San Antón hasta la iglesia de Santa Ana, precedida por el charamitero y tamborilero y cerrando el cortejo la banda Santa Cecilia, por el recorrido tradicional: Independencia, General Sanjurjo (hoy Francisco Laliga), Antonio Maura, Generalísimo (Nueva), General Mola y San Francisco hasta la iglesia parroquial. Momentos antes, los festeros de la comparsa encargada de portar sus andas le daban al Santo las tres vueltas de rigor alrededor de la hoguera prendida frente a la ermita.

La noche de ese sábado era aprovechada para realizar la Proclamación de Abanderadas y Capitanes en un sencillo acto que tenía lugar en el transcurso de un baile celebrado en el cine Coliseo España de nuestra ciudad.

El domingo por la mañana era de nuevo la dulzaina y el tamboril las que recorrían la población en una diana para despertar a los vecinos, a la par que se disparaban los consabidos cohetes y morteretes. A media mañana, se celebraba la Misa y panegírico del Santo anacoreta en la iglesia de Santa Ana y, al acabar ésta, su imagen era trasladada con disparos de arcabucería que la precedían y acompañada por los cargos festeros y portada por la comparsa correspondiente y la banda Santa Cecilia, hasta la ermita del Santo anacoreta. El itinerario que recorría este traslado era por la calle de la Iglesia, Plaza de Abajo, General Solchaga, Andrés Amado e Independencia. Una vez entronizada la imagen del Santo en su ermitorio, los festeros se disponían a desfilar a ritmo de pasodoble acompañando a sus capitanes y abanderadas, en sitio de honor, y la banda de música local por las calles Independencia, General Sanjurjo, Antonio Maura y la calle Nueva hasta la altura del Casino Eldense donde el desfile se disolvía.

 

En las primeras horas de la tarde de ese domingo la Plaza del Ayuntamiento se llenaba de un gran multitud, entre la que destacaba la chiquillería, para disfrutar de las cucañas tradicionales del palo enjabonado con el consiguiente pollo en lo alto que los más jóvenes se esforzaban en coger y de la cuerda que se tendía desde un balcón en cada uno de los extremos de la plaza con un pollo atado por las patas, que se disputaban quienes eran aupados por un grupo de jovenzuelos. Algunos de esos años a las típicas cucañas se agregaron algunos juegos que se realizaban en la calle Nueva de los que recuerdo claramente la de los niños, con lo ojos vendados, ofreciéndose mutuamente bollos mojados en chocolate con la consiguiente algazara de los espectadores.

Las carreras de caballos, que se decía que habían tenido gran repercusión antaño, se celebraban a continuación en la terrosa calzada de la Gran Avenida, pero recuerdo que la participación era más bien escasa y los pocos jinetes que corrían, uno o dos a lo sumo, tenían muy fácil conseguir el pollo que campeaba en un palo situado en la meta el final de la avenida.

La jornada dominguera y la propia fiesta de San Antón acababan al anochecer con el encendido de la hoguera tradicional en la Plaza del Ayuntamiento, alrededor de la cual todavía algunas parejas, ellas tocadas con el tradicional mantón de Manila, intentaban tímidos pasos de algún baile más o menos tradicional.