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El profesor del colegio Padre Manjón Rafael Carcelén describe todo su proceso con la enfermedad bajo el título "Una incierta travesía hacia la cura". 

Una incierta travesía hacia la cura

El viernes 6 de marzo será inolvidable para mí. Fue un día agridulce: pasé una velada genial comiendo y departiendo con mis compañeras y compañeros para celebrar el día de la mujer trabajadora. Por la noche, quedé para tomar unas tapas con mi hijo, al que hacía tiempo que no veía; recién aprobado el MIR, sopesaba entre varias especialidades la más interesante para él. Cuando lo dejé, mientras regresaba a casa de Ludmila, mi pareja, empecé a sentir escalofríos y un cierto malestar. Estuve casi todo el fin de semana acostado, con más de 38 de fiebre. Pero el domingo por la tarde me encontré mucho mejor, apenas 36,7 y sin malestar.

Interpreté que había sido una de esas gripes mitigadas que padezco por estas fechas, pues me vacuno todos los años. Por eso, el lunes por la mañana, pensé en ir al médico para que valorase mi estado. Casualmente, antes de salir de mi casa, supe que otra persona con la que había coincidido en una reunión el 28 de febrero, estaba infectada. Me asusté. Llamé al 112, de ahí me pasaron a otro teléfono y se activó el protocolo para quedar aislado. Me dijeron que en 1-3 días me tomarían muestras. Por la tarde, la fiebre volvió a subir -37,9º- y se mantuvo así hasta el jueves cuando, por la mañana, alcancé los 38,4º. La sintomatología apuntaba a lo peor. El martes 10 me cogían muestras y el miércoles, sobre las tres de la tarde, la doctora Begoña confirmaba mis presagios: era positivo.

El miedo, un sentimiento de culpa y una tremenda responsabilidad me caían encima; y con una fiebre que no me daba tregua. Miedo a la incertidumbre, a lo que estuviera por venir más que al nefasto huésped que ya padecía… Angustia por haber podido contagiar a personas tan cercanas a mí y a las que les podría complicar seriamente la vida. Y, a la vez, una enorme responsabilidad por transmitirles mi situación a todas ellas para que se pusieran en guardia y en manos de las autoridades sanitarias para estar controlados. También, que se activase el protocolo de medidas inmediatas para garantizar la seguridad y que así, en lo posible, no cundiese el pánico en el colegio Padre Manjón. Me consta que mis compañeros del equipo directivo hicieron un trabajo impecable, poco avalado en esos duros momentos por unas instituciones pendientes de órdenes superiores, y dubitativas hasta que no se recomendó el cierre de centros y se decretó después el estado de alarma.

Hago un paréntesis para alabar, reconocer y agradecer el cálido y acogedor trato que en todo momento recibí del personal sanitario, especialmente de la médica que efectuó mi seguimiento vía telefónica, incluso durante todo el fin de semana. Es triste que tengan que llegar momentos tan delicados para darnos cuenta del grandísimo papel que desempeñan las personas cuya misión consiste en cuidarnos. Sin duda, y como ha dicho José Antonio Marina en una entrevista, esta gravísima crisis nos da argumentos para cuestionar esas tesis ultraliberales, ufanas por recortar y después privatizar estos recursos públicos, de toda la comunidad, que velan por nuestra salud en días tan extremos. Ellos mismos, ahora, no han dejado de pedir la ayuda de ese papá Estado al que tanto denostaron.

Pero lo peor aún estaba por llegar: el jueves me acostaba con 38,2 y me despertaba a las 6 de la mañana, empapado en sudor y con un tremendo dolor de cabeza. Me temí lo peor, nuevas complicaciones. Sin embargo, a las 10 de la mañana del viernes la temperatura se normalizaba (36,7) y desde entonces empezó a estabilizarse. Justo cuando, en esas horas, las noticias eran peor que muy negras. Decidí no estar en exceso pendiente de la tele. Por la tarde supe, además, que a mi compañero del club se le había complicado todo con una neumonía y estaba grave en la UCI. Qué palo. Esa noche dormí asustado y nuevamente sudé, volviendo a cambiar toda la ropa de la cama. Pero, sorprendentemente, a las 6,15 del sábado mi temperatura había bajado a 34,9. Y desde entonces, no ha vuelto a pasar de 36,6. Dejé de tomar paracetamol; el ibuprofeno de 400, lo había suspendido el viernes al no dolerme ya la cabeza. La alegría de la doctora al comprobar el domingo que la fiebre desaparecía fue compartida. Todo apuntaba en el buen camino, pero había que esperar 72 horas más como mínimo. Ese mismo día empecé a sentir apetito. En toda la semana apenas si había comido nada sólido: solo líquidos, mucha agua (un día llegué a beber hasta 6 litros) y el paracetamol. La rutina de beber, orinar, asearse, beber, orinar… me tenía agotado.

Durante la semana del 16 al 21 ya no manifesté nada raro. Pero desgraciadamente el miércoles 18, sobre las 16,15, fallecía mi buen amigo, excelente ajedrecista y gran persona, Luis Sempere, tras 15 días de lucha desigual. Y poco después conocía que otro compañero llevaba un par de días también en la UCI. Cuánta tragedia junta. ¿Cómo es posible algo así?, me martirizaba. Qué difícil asimilar esto entre tanto pavor por lo que te acosa y el miedo aun latente a que alguien cercano a mí pudiese haberse contagiado. Qué horror. A la rabia se suma la impotencia por no poder hacer nada, ni siquiera despedirlo su propia familia… Cuánta tristeza.

Los datos siguen siendo alarmantes. Y, lo peor, dicen, aún no ha llegado. Por eso, soy más consciente, si cabe, de que he tenido mucha suerte. He estado solo, sí, con la única compañía real de este indeseable huésped, sufriendo sus acometidas y acumulando desasosiego e incertidumbre, además de muy preocupado por mí y por el resto; pero no me he sentido solo en ningún momento: el seguimiento, las atenciones o los cuidados que no he dejado de recibir en todo este tiempo están a buen recaudo en mi corazón. Ahora, desde mi recuperación, me sumo a esta marea de aislamientos en la que estamos sumidos y lo hago desde la responsabilidad y el civismo necesarios para protegernos unos y otros.

Como dice una buena amiga mía, esta crisis está suponiendo una buena cura de humildad. Si alguna vez nos creímos infalibles, este virus nos ha mostrado cuán vulnerables somos. Supongo que de aquí se extraerán muchas conclusiones (económicas, sociales, psicológicas, éticas…) pero todos vamos coincidiendo en que hay que cambiar el estilo de vida, distinguiendo lo esencial de lo accesorio; renunciar a ese ritmo trepidante y descontrolado, valorar tantas pequeñas cosas, considerar cuánto nos necesitamos unos a otros… Seguramente hoy seamos más conscientes que ayer de que ninguno somos imprescindible, pero también de que todos somos necesarios. Y de que es precisamente eso, la cooperación y la ayuda entre nosotros, más que ese afán por competir a ver quién llega más lejos en menos tiempo, lo que nos ha hecho llegar hasta aquí como especie.

Y a propósito del confinamiento, H. D. Thoreau (1817- 1862) se aisló voluntariamente durante dos años y dos meses en una choza en pleno bosque, “para afrontar, viviendo solo, los hechos esenciales de la vida, y aprender lo que ella me tenía que enseñar”. Su libro, Walden o la vida en los bosques, no tiene desperdicio; este es un buen momento para leerlo o releerlo. Hay cientos de perlas valiosas, como esta: “Una vez se posó un gorrión sobre mi hombro durante un instante, mientras cavaba, y sentí más orgullo por esa distinción que por cualquier condecoración que hubieran podido colgarme”.

Quedémonos en casa. Pero salgamos de nuestros bucles y asomémonos a la ventana. En medio de tanta incertidumbre, ya hay un hecho incontestable: ha llegado la primavera.

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