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Carlos Recio cumpló 100 años el pasado 4 de noviembre

Carlos Recio Amat es hoy uno de los grandes intelectuales eldenses. Su fama y su prestigio internacional es directamente proporcional al desconocimiento y el olvido que existe en Elda sobre este hijo ilustre, al que se le ha pedido una calle en reiteradas ocasiones. Es el médico más antiguo colegiado en España, pionero de la Psiquiatría como ciencia y respetado en la Casa Blanca, donde atendió al presidente Richard Nixon. Además, fue condecorado por el Congreso de los Estados Unidos.

Carlos Recio Amat, doctor en Medicina y Cirugía, cumplió 100 años el pasado 4 de noviembre y lo celebró al domingo siguiente en su casa del Estado de Maryland, en la ciudad de Rockville. Llegó a Estados Unidos en el otoño de 1951.  Sin perder nunca la relación con Elda, donde conserva varias casas de su familia, trabajó en diversos hospitales y centros de salud, teniendo también consulta propia. Todo un siglo de medicina eldense viva y con excelente lucidez. El alcalde de Elda, Rubén Alfaro, lo felicitó por su cien cumpleaños.

¿Cuando decidió ser médico?

Yo venía de una familia de industriales de Elda. Mi abuelo, Blas Amat, había fundado una fábrica de zapatos a finales del siglo XIX, y en poco tiempo se convirtió en una empresa muy importante. Su hija Bienvenida se casó con un comercial del Puerto de Santamaría llamado Guillermo Recio Sosa y tuvieron tres hijos: Guillermo, Dolores y yo.

¿No había médicos en su familia?

No. A mí me interesó la medicina porque es una disciplina muy útil a la sociedad. Mi madre quería que todos sus hijos tuvieran una carrera universitaria. En aquellos tiempos o tenías un título nobiliario por herencia o te labrabas un futuro obteniendo un título universitario. Lo demás podía condenarte a pasar hambre. 

¿Y entonces?

Mi madre urgió a la familia a trasladarse a Valencia. Sólo había un motivo: que nosotros, sus hijos, pudiéramos estudiar. Únicamente existía la Universidad de Valencia en aquellos tiempos. Primero me licencié en Valencia y luego me doctoré en Madrid en 1951. 

¿Que recuerda de su época universitaria?

Que todos estudiábamos en el viejo edificio de la calle de la Nave de Valencia. Era todo muy simple, como un colegio. Eran los años treinta, y en el último curso estalló la Guerra Civil y me movilizaron. Estuve en combate como médico del Ejército de la República de España, y fui por tanto uno de los perdedores. Completé mi licenciatura en 1940 y me colegié en 1941.

¿Qué recuerda de la Guerra Civil?

Conocí la muerte cara a cara y el tremendo dolor que la barbarie causa. Los españoles cometimos un error histórico  con aquella guerra y sólo deseo que nunca vuelva a repetirse. Al acabar la guerra me reincorporé a la Facultad y pasé los exámenes de depuración que hizo el nuevo régimen. Pero claro, yo tenía el estigma de haber estado en aquel ejército, y a la hora de reestructurar la Universidad, cuando yo tenía ya vocación de dedicarme a las enfermedades mentales, me encontré con el doctor Barcia Goyanes que había sido capitán del ejército de Franco. Por tanto, yo quedé por detrás suyo, y sometido a su dirección. 

¿Cómo se le ocurrió irse a América?

Me casé y empecé a trabajar en el Hospital General y, por mi cuenta, conseguí una plaza en el "Seguro Social", el sistema sanitario previo a la Seguridad Social. Cuando Barcia Goyanes se enteró de que tenía dos trabajos se enfadó mucho y me quiso poner en la calle, pero con los años nos reconciliamos. 

¿Por eso se fue a América?

Aquí no había futuro. O eras del régimen o no existías. Apenas tenía para pagar el alquiler y comer. Entonces empecé a barajar la posibilidad de marcharme.  En aquella época América precisaba médicos, y los hospitales americanos publicaban anuncios en las revistas médicas españolas buscando profesionales. Yo leí uno de esos anuncios, escribí una carta y me aceptaron. 

Mi esposa y yo nos marchamos en un barco. El viaje duró mes y medio. Pasamos por la isla de Ellis, en Nueva York, como todos los emigrantes clásicos. Menos mal que eso tampoco existe, pero yo lo conocí en primera persona.


El doctor eldennse muestra orgulloso el escudo de su ciudad

¿Cómo lo recibieron?

A nivel profesional no tengo queja. Me ayudaron y me reconocieron desde el primer momento. Los problemas los tuve en la esfera burocrática. Durante el desarrollismo de posguerra, empezaron a limitar la llegada de extranjeros. Mi primer trabajo fue en el Hospital St. Vicents en Missouri, donde estuve 18 meses. Allí depuré mi pronunciación. Me había preparado un inglés londinense, y necesitaba adaptarme al americano, imprescindible si quería dedicarme a la psiquiatría y comunicarme con los pacientes.

¿Donde siguió trabajando?

En la misma ciudad durante dos años, en el "Missouri Pacific Hospital". No nos faltaron interrogatorios policiales para detectar porqué habíamos salido de España. Estados Unidos estaba en plena cruzada anti-comunista. En 1952 recibí una oferta de trabajo del hospital de Fairmont, en West Virginia. Mi fama crecía y empezaban a interesarse por mí. Yo estaba feliz porque había conseguido una vivienda decente y un coche propio, lujo impensable en la España de la época.

¿Los hospitales le buscaban?

Sí, el sistema americano es muy competitivo y la sanidad era privada. Las empresas buscaban los profesionales con excelencia y yo tuve la suerte de ser considerado como tal. Así pasé al Harrisburg Hospital. Sin percatarme, cada vez me iba acercando al centro político del país, Washinton D. C.

¿Hubo algún problema en aquellos tiempos de adaptación?

Hacia 1955 la Asociación Nacional de Médicos Americanos lanzó una ofensiva en contra de los profesionales extranjeros. Estuvieron a punto de deportarnos, pero contraté a un abogado de Philadelphia que utilizó mis méritos médicos para salvaguardarme y pudimos quedarnos. Pero existían problemas colegiales pues para ejercer la medicina en cada Estado debía hacer exámenes específicos, muy difíciles. Fui superando todas las pruebas y obtuve licencia en Maryland y en Virginia.

¿Cuando regresó a España?

En 1956, en el primer vuelo que se hizo entre Barcelona y Nueva York, en un avión italiano. El desarrollo de la aviación comercial facilitó muchísimo los traslados. Desde ese año, con nuestros papeles en regla y ya con un puesto de trabajo sólido, pudimos ir y venir frecuentemente, para no perder el contacto con nuestras raíces.

¿Su carrera médica cómo continuó?

Entré en el Stauton Hospital de Virginia, cada vez en un puesto de mayor responsabilidad.

¡Mi salario alcanzó los 10.000 dólares anuales! ¡Aquello superaba todas mis previsiones! Todo me animaba, saqué el examen del "American Board of Psiquiatry and Neurology" en Nueva York. Pasé a ser director Médico. Entré en el Hospital de Bethesda, donde atendían a la élite del país.

¿Y al presidente de los Estados Unidos?

Sí, yo fui psiquiatra de varios presidentes. Mi paciente más egregio fue el presidente Nixon. Viví junto a él sus dos mandatos, y la evolución psicológica que ello conllevó. Era un hombre marcado por los sufrimientos de la guerra, y en eso coincidía conmigo, por eso nos entendíamos bien. Él había sido soldado durante la Segunda Guerra Mundial, y yo en la guerra española. Él estaba obsesionado en conseguir la paz en el mundo. Por ello acabó con la guerra del Vietnam, frenando una sangría de muertos. Fue un visionario que inició los contactos formales con China para darle el gran papel que actualmente tiene en el mundo. También intentó desmantelar la guerra fría con la Unión Soviética procurando, por primera vez, la limitación de la carrera armamentística. Pero todo se le hundió con la crisis energética de 1973 y sobre todo con el escándalo del Watergate.

Debía ser apasionante explorar su cerebro...

Sí, lo fue, y en cierta manera creo haber contribuido a impulsar la paz en el mundo, desde mi humilde posición de asistente médico del hombre más poderoso del planeta.  Ojalá la humanidad sea consciente de todas las consecuencias nefastas de la lacra de la guerra en todo el globo.

¿Cómo es trabajar para un presidente de los Estados Unidos?

Hay que estar disponible en cualquier momento. Sin aviso previo, llegaba un coche blindado a casa, con dos guardaespaldas, y me llevaban a la Casa Blanca. Mi mujer me despedía con una sonrisa diciéndome: "Ánimo, que estás ayudando a evitar la Tercera Guerra Mundial".

¿Cómo fue su relevo en este importante cargo?

Cada generación política es distinta, tanto en lo ideológico como en lo cronológico. Llegaron políticos más jóvenes. Yo estaba siempre allí, y cada vez me veían más como un ancianito. Estaban esperando que me retirara, pero yo aguanté bastante.

¿Cuando se jubiló?

Estuve trabajando hasta los noventa años. Amo mi profesión, y en Estados Unidos no existen los ajustes legales que en España. De hecho, todavía mantengo la consulta privada en mi casa con mis cien años de edad; pero en hospitales aguanté hasta los noventa años.

Pero los hospitales me iban poniendo problemas e intentaban convencerme de que me lo dejara, especialmente en mi familia. Pero yo disfrutaba ayudando a la gente con mi trabajo. Hubo un momento en que los hospitales de la zona de Washington eran reticentes a mantener en plantilla a un médico tan anciano.

¿Dónde continuó su carrera?

En 1998, con 83 años cumplidos, me ofrecieron un puesto de médico psiquiatra en el Hospital del Centro Penitenciario de Corcoran, en el San Joaquin Valley (California). Necesitaban un médico que hablara español para comunicarse con los reclusos, casi todos ellos emigrantes ilegales mexicanos y sudamericanos. Lo consideraban un puesto muy engorroso, que no lo quería nadie, por la gran peligrosidad de estos delincuentes, desesperados y locos al mismo tiempo.

Pero California está al otro lado del país, y usted vivía en Maryland.

Sí, compré una casa en los años sesenta en una zona residencial de la ciudad de Rockville, era como empezar de cero, pero mi corazón es joven. Lo hice con la misma ilusión que cincuenta años antes me había trasladado a Estados Unidos. Hablé con mi esposa, que murió el año pasado con 99 años, y nos fuimos a California como si fuéramos jovencitos. Todos se sorprendieron mucho ante aquella decisión, pero no me arrepiento. Fueron unos últimos años bien aprovechados. Lo he dado todo por la Medicina, e igual he atendido a los más ricos que a los más pobres.

¿Cómo vivió su cien cumpleaños?

Muy feliz. Se hizo una gran fiesta en casa con todos mis hijos, nietos, familiares, vecinos y amigos. Además de una tarta enorme, se sirvió una monumental paella valenciana. Claro que no tenía el mismo sabor que en Valencia.

¿Volverá usted a su tierra?

 Soy ya muy mayor, y probablemente nunca regresaré a Europa. Ahora vivo feliz y tranquilo aquí. Ojalá no me olviden ustedes como yo recuerdo a mi querida Elda, joya de Alicante y de toda la Comunidad Valenciana. Me moriré teniendo a España y a Elda dentro de mi corazón.

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