Cuando vestirse de fiesta era también hacer fiesta
Hay fiestas que se celebran y fiestas que se viven. Las Fiestas Mayores de Elda pertenecen, sin duda, a esta segunda categoría. Cada septiembre, cuando la ciudad se prepara para honrar a sus Santos Patronos, la Virgen de la Salud y el Cristo del Buen Suceso, Elda recupera una parte de su memoria y de sus tradiciones: las procesiones, la música, la pólvora, la traca, los globos, las comidas familiares, el mezclaíco y, sobre todo, las ganas de salir a la calle y encontrarse con los demás.
La tradición de los Patronos se remonta a 1604, año en que, según la tradición eldense, llegaron desde Cerdeña las imágenes de la Virgen de la Salud y del Cristo del Buen Suceso. La primera referencia documental conocida de unas fiestas celebradas en honor de la Virgen de la Salud es de 1673. Hablamos, por tanto, de más de tres siglos y medio de fiestas documentadas y de más de cuatro siglos de tradición patronal.
Pero las Fiestas Mayores nunca fueron únicamente una celebración religiosa. También han sido, durante generaciones, uno de los grandes momentos de encuentro de los eldenses. Unos días en los que la rutina cambiaba y la ciudad se convertía en escenario de convivencia.
Y quizá haya una imagen que explique mejor que ninguna otra cómo se vivían aquellas fiestas: la gente poniéndose sus mejores ropas para salir a la calle.
Hoy podemos abrir un armario lleno de prendas y elegir qué ponernos casi sin darle importancia. Antiguamente era diferente. La ropa buena se reservaba para las ocasiones especiales y las Fiestas Mayores eran una de ellas. Estrenar un vestido, una camisa, unos zapatos o un traje podía convertirse en todo un acontecimiento familiar.
No era simplemente cuestión de ir elegante. Era una manera de decir que aquel día era diferente.
Vestirse de fiesta significaba prepararse para salir, encontrarse con los demás y participar de una celebración que pertenecía a toda la ciudad. Era arreglarse para ir a misa y a la procesión, pero también para pasear, saludar a los vecinos, encontrarse con familiares y amigos y conversar con quienes hacía tiempo que no se veía.
La calle era el gran escenario.
En una época en la que la vida social transcurría mucho más a pie de calle, salir durante las fiestas tenía un valor especial. Se paseaba, se saludaba, se charlaba y se compartía el momento. No hacía falta entrar en ningún recinto para sentirse parte de la celebración: la propia Elda era la fiesta.
Y junto a esa dimensión social permanecía el profundo sentido religioso. Las misas solemnes y las procesiones de los días 8 y 9 de septiembre han mantenido una continuidad extraordinaria.
Pero la fiesta también ha sabido incorporar a lo largo del tiempo tradiciones populares que hoy forman parte de su identidad. En 1784 ya hay constancia de la suelta de un globo aerostático. Después se incorporaría otra de las costumbres más singulares: Correr la Traca, una celebración multitudinaria que sigue llenando de emoción y participación las calles eldenses.
Y después está la mesa, porque una fiesta tampoco termina cuando acaba una procesión.
Continúa en casa, alrededor de la familia y de una comida especial. Las fasiuras o rellenos forman parte de esa memoria gastronómica transmitida durante generaciones, igual que el mezclaíco se ha convertido en uno de los sabores inseparables de estos días.
Así se construía la fiesta: la iglesia, la calle, la pólvora, la música, los amigos, la familia y la mesa. Todo formaba parte de una misma celebración.
Por eso resulta tan emocionante imaginar a nuestros mayores preparándose para las Fiestas Mayores. Sacando del armario aquella ropa reservada para las grandes ocasiones, arreglándose con cuidado y saliendo de casa sabiendo que en la calle esperaba la ciudad entera.
Porque vestirse bien también era una forma de respetar la fiesta.
Era reconocer que había llegado uno de los momentos más importantes del año y, al mismo tiempo, una manera de compartirlo con los demás.
Quizá hoy tengamos muchas más posibilidades de ocio, más medios para comunicarnos y mucha más ropa en nuestros armarios. Pero también es posible que hayamos perdido algo de aquella sencilla costumbre de salir sin más propósito que encontrarnos.
Antes, ponerse la ropa buena no era prepararse para una fotografía ni para publicar nada. Era simplemente prepararse para vivir la fiesta.
Y esa imagen sigue teniendo una enorme fuerza: la de nuestros abuelos y nuestros bisabuelos abriendo la puerta de casa, vestidos con sus mejores prendas, saliendo a la calle, encontrándose con el vecino, saludando a los amigos y acompañando a sus Patronos.
Las Fiestas Mayores de Elda han cambiado con los tiempos. Han desaparecido algunas costumbres y han nacido otras. Pero permanece algo esencial: la necesidad de encontrarnos, reconocernos y sentir que pertenecemos a un mismo lugar.
Quizá eso sea, en definitiva, lo que significa una Fiesta Mayor: no solo conservar los actos que celebraron nuestros antepasados, sino conservar también una manera de relacionarnos y de compartir la alegría.
Y cuando cada septiembre vuelven a sonar las campanas, la música y la pólvora, cuando los eldenses salen de nuevo a la calle y Elda vuelve a encontrarse, podemos imaginar que aquella emoción sigue siendo la misma que sintieron quienes nos precedieron.
La emoción de ponerse la ropa buena, abrir la puerta de casa, salir a la calle, encontrarse con el vecino, sonreír y saludar.
Porque, en aquellos tiempos, vestirse de fiesta era también hacer fiesta.
Más Noticias
Lo más leído del mes
La Fúmiga y Maldita Nerea actuarán en los conciertos de septiembre
La Policía Nacional investiga la muerte de un hombre cuyo cadáver fue hallado la pasada semana en Elda
Elda cierra parques, piscinas e instalaciones deportivas por alerta naranja por lluvias
Elda cerrará mañana parques, instalaciones deportivas y piscinas municipales por la alerta naranja de lluvias
