SEMANARIO DE INFORMACIÓN LOCAL, DEPORTES Y ESPECTÁCULOS

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Resumen de lo publicado

 

Salu Amat ha venido a las fiestas de Moros y Cristianos tras veinte años de ausencia. En la madrugada del viernes escucha una conversación sospechosa entre dos hombres en un cuartelillo.

El viernes por la mañana, la ciudad descubre que la imagen de san Antón ha sido secuestrada. Salu relata a Rafa, un miembro de la Junta Central de Comparsas amigo de su amiga Mamen, la conversación escuchada la noche anterior. Reunida en sesión de urgencia con el resto de las autoridades locales, la Junta decide que la Fiesta debe continuar.

El viernes por la tarde, tras comer juntos y recordar viejos tiempos festeros, los Amat se disponen a ver el Desfile Infantil en el portal de Mamen.

   

Viernes, 20:00 h.

El Desfile Infantil, antaño un acto relegado al último día de la Fiesta, un poco a efectos de relleno y descanso de los agotados comparsistas adultos, acabó ganándose en el corazón de los eldenses el derecho a ocupar una posición más relevante, de tal suerte que la reorganización de los actos que supuso la incorporación de un día festivo más, el viernes, a principios de los noventa, lo elevó al prime time, que se diría en argot televisivo, de la programación festera.

Y puestos a presenciar desfiles, el portal de Mamen y Juanma es un lugar ad hoc para ello. Su estratégica situación en la confluencia de Pemán y Dahellos, junto a la plaza del Zapatero, lo convierte en observatorio privilegiado de los principales: Retreta, Infantil, Entradas y Procesión. Allí acampan, por tanto, los Rico-Vera y sus allegados todas las tardes de Moros, bien pertrechados de sillas, cojines y neveras de hielo. Las subidas y bajadas son constantes durante el espectáculo: que si subo a hacer un pis, que si bajo con un picoteo, que si traigo merienda, que si veo cómo va el partido de fútbol —la Champions y la Roja ha llegado a rivalizar con más de una Entrada—, que si descanso un rato de tanta silla en el sofá.

La tarde del viernes la familia está al completo, presta a aplaudir a varios sobrinos de Mamen que militan como zíngaros. Doña Carmen, la abuela de los interfectos, ha traído una gran bandeja de empanadillas de fritada; las cuales, junto con una torta boba casera aportada por doña Remedios, han comenzado a ser despachadas por los presentes, con gran regocijo y con acompañamiento de granizados variados, en cuanto se ha hecho sentir la gazuza propia de la inactividad.

—¿Qué sabe de la imagen de san Antón, don Carlos? —dice Salu, empanadilla en mano, aprovechando el hueco que se abre entre Musulmanes y Marroquíes.

El padre de Mamen, siempre fiel a su traje reglamentario de zíngaro, incluido un gastado chaleco que se niega a renovar, por mucho que su esposa le insista, porque, según él, los de ahora ya no son como los de antes, remueve con una pajita su agualimón, que se está quedando seca, y le da el trago que la deseca definitivamente antes de responder.

—Poca cosa, hija. La anterior se hallaba en la capilla del antiguo cementerio, donde hoy está el Parque de la Concordia. Cuando se cerró aquel, la capilla fue derribada, y la imagen desapareció no se sabe muy bien cómo ni por qué. Donde quiera que acabase, en cualquier caso no sobrevivió a la Guerra Civil. Al acabar esta, en 1939, un grupo de eldenses constituido en Mayordomía de San Antón propuso que se volviese a celebrar la festividad, que siempre había tenido gran tradición en Elda, ofreciéndose ellos mismos a adquirir una nueva imagen del Santo. En noviembre uno de ellos fue autorizado, salvoconducto del alcalde de por medio, a desplazarse a Valencia para gestionar el encargo. La nueva imagen fue realizada en el taller de Pío Mollar, que era un famoso escultor de la época; precisamente el mismo a quien la Junta de Reconstrucción de los Santos Patronos encargaría las imágenes de la Virgen de la Salud y el Cristo del Buen Suceso, que, como sabes, habías sido destruidas durante la contienda. El caso es que en enero del año siguiente, justo a tiempo para la festividad de san Antón, la talla, que había costado siete mil pesetas, fue traída en furgoneta desde Valencia y recibida en el pueblo con gran júbilo y expectación.

Es difícil que don Carlos, si puede evitarlo, dé una respuesta escueta a una cuestión festera. Abrumada por su «poca cosa», Salu le sirve más agualimón.

—Mire —señala, considerando que ya tiene suficiente información sobre la efigie del Santo Abad—, ahí viene la abanderada de los Marroquíes. Ya verá cómo se emociona mi padre, je, je...

 

* * *

 

Viernes, 21:00 h.

A las nueve de la tarde ya desfilan ante la esquina del Zapatero los últimos comparsistas, los Piratas. Don Paco y don Carlos han subido a casa de Mamen, con la excusa de ver las noticias y la inconfesada necesidad de cambiar la rígida silla por un mullido sofá; doña Remedios y doña Carmen siguen aplaudiendo incansables a los infantes, sin dejar por ello de platicar sobre sus cosas; y Almudena continúa intimando con Lola, que vino en su busca hace rato y acabó quedándose a ver el desfile. En cuanto a Mamen y Juanma, han subido al piso para poner un poco de orden antes de salir, circunstancia que ha aprovechado Salu para pedirles que le recarguen el móvil.

Se supone que Rafa Poveda, una vez cumplidas sus obligaciones para con el desfile, se les unirá para la cena; perspectiva que no le disgusta, porque está un poco harta de ir de non con sus amigas —todas bien emparejadas, salvo Fini, que a veces se pasa de casquivana, lo que también la incómoda—, y porque el vocal de la Junta, para qué negarlo, tiene un nosequé que le agrada. O más bien, para ser honesta consigo misma, un sisequé, puesto que la distendida conversación a cuatro que han mantenido durante el aperitivo ha bastado para que ella lo catalogase en su fuero interno como hombre agradable, atento y, tal como le vendiese Mamen, atractivo.

Pero ni siquiera un hombre atento, agradable, guapo, de conversación interesante y divorciado respondería a sus expectativas, caso de que las tuviese, si careciese de ese algo indefinido e indefinible, más espiritual que físico, que la hizo enamorarse de Félix. Lo cual la lleva a plantearse, por enésima vez desde que enviudase, la cuestión clave; la incógnita que no logra, que no sabe despejar de la ecuación de su vida: ¿tiene otras expectativas de futuro que no sean su hija, su trabajo y el vacío que le dejó su marido? Porque Almudena no tardará en volar del nido y el trabajo jamás llenará todos los vacíos, Salu se siente confusa y sola. Una sensación, esta última, que si a veces resulta gratificante, por cuanto le permite centrarse en conservar los buenos recuerdos, con demasiada frecuencia se torna obsesiva y cruel.

No, la soledad no es una buena opción a largo plazo. Pero la búsqueda del antídoto hay que realizarla con cautela y sabiduría. Y preguntarse, se sonríe Salu, qué clase de futuro puede haber con quien tiene su vida a casi cuatrocientos kilómetros de distancia, es permitir que la fantasía vaya más rápida que la razón.

 

* * *

 

Distraída la mirada en las juveniles escuadras que doblan la esquina, distraída la mente en las complejas circunvoluciones que dibujan su vida, Salu no ve aproximarse al hombre que camina a contradesfile por el lado opuesto de la calzada. Y cuando él la rebasa, y ella reconoce la camiseta azul oscuro con logotipo blanco a la espalda sobre un pantalón negro de borlas blancas, el estómago le da un brinco. Aunque ya no puede verle la cara, todo lo demás —la anchura de los hombros por encima de la media, la estatura por debajo, el pelo negro ensortijado, los andares un tanto deslavazados— resulta inconfundible. Salu mira en derredor en busca de alguien a quien alertar, pero no ve más que anónimos espectadores. En ese preciso instante no hay a la vista ningún policía local o responsable de la Fiesta. Su indecisión dura hasta que el estudiante se sale del recorrido del desfile por la esquina de la plaza del Zapatero. Otra vez, maldita sea, va a perderlo.

O eso, o...

—Ahora vengo —dice a Almudena, que asiente con la cabeza sin interrumpir su conversación con Lola.

Salu cruza la calle y, siguiendo los pasos del desconocido, se desliza por entre los espectadores que flanquean la tribuna de Dahellos. El hombre camina calle abajo, hasta el final de la plaza, y gira a la izquierda por Cura Navarro. Ella se mantiene a prudente distancia. Tampoco es cuestión de pegarse a sus talones, no vaya a sospechar. Lo sigue por Emilio Rico, manteniéndose una manzana por detrás, y luego, tras cruzar una avenida de Chapí atestada de niños que han acabado el desfile, y de padres que acuden en su busca, lo sigue por la calle Roma. Y en todo ese recorrido, ni la sombra de un policía.

Pero la cosa pinta bien, se dice Salu, porque, de seguir así, el desconocido va a pasar muy cerca de la comisaría de la Policía Nacional, lo que va a permitirle a ella avisar al retén de guardia. Espoleada por tal perspectiva, tarda en percatarse de que el hombre ha reducido el paso, debido, seguramente, a que habla por teléfono. Y entonces, justo cuando su instinto le dice que se ha acercado más de la cuenta, sucede algo imprevisto: en la esquina de Roma con Calderón de la Barca, a ciento cincuenta metros escasos de la comisaría, el hombre se detiene sin dejar de hablar. Lo hace con gesticulación vehemente, como si discutiese; y en un momento dado, recuesta la espalda y apoya un pie contra la pared, como si la cosa fuese para largo. Pero ella ya ha rebasado la esquina anterior. No tiene más opciones que girarse en redondo —lo que, sin duda, llamará la atención del desconocido, que ya no le da la espalda— o seguir andando. Le basta una fracción de segundo para tomar una decisión: el hombre no le ha visto nunca la cara y no sabe que lo sigue; y aunque sospechase, no se atreverá a hacer nada habiendo, como hay, más gente en la calle. Y la comisaría está tan cerca que, a poco que se demore hablando, los agentes llegarán a tiempo de interceptarlo. Como recurso prudente, para no dejarse ver mucho, Salu libera su cabellera del floripondio que la adorna y hace como que la ventea para luego arreglársela, lo que le proporciona una momentánea cortina al pasar ante el estudiante.

La ve en cuanto da la vuelta a la esquina: ante ella, a ciento cincuenta metros, ondea la enseña nacional. Se apresura con vivaz taconeo de sus botas contrabandistas, al tiempo que, de reojo, comprueba que la camiseta azul reemprende la marcha en dirección contraria, hacia la plaza de toros. Maldita sea su suerte una vez más. Ante la escalera de acceso al edificio, Salu hace un cálculo rápido: el estudiante ya está en el otro extremo de la calle. En el mejor de los casos, suponiendo que le hagan caso de inmediato, tendrá que explicar la cuestión al funcionario de turno y lograr que alguien se apresure a salir en pos del sospechoso. Imposible, al paso que va el susodicho, que le echen el guante antes de que se esfume por entre las calles que rodean el coso.

Un suspiro resignado es todo lo que Salu se permite antes de emprender la carrera en dirección opuesta a por donde ha venido. Solo seguir al estudiante hasta que entre en algún sitio, se promete a sí misma, y luego llamar al 112, que es lo que tendría que...

¿Llamar al 112?... ¡Maldita sea su estampa!

¡Pero si su móvil se está cargando en casa de Mamen!

 

* * *

 

Viernes, 21:30 h.

Salu consulta su reloj de pulsera. A estas horas el Desfile Infantil habrá terminado de pasar por la esquina de Mamen, y todos estarán preguntándose dónde se ha metido ella. El de la camiseta azul ha llegado hasta la Glorieta de los Moros y Cristianos, una rotonda de herrumbrosas reminiscencias festeras, y a este paso parece dispuesto a recorrerse el pueblo entero. Salu tuerce el gesto. La tarde pierde luminosidad, ahora que el sol se ha puesto por detrás de Bolón, y ella se siente menos cómoda en estas calles solitarias, alejadas del bullicio y de su propia zona de confort. Si se desespera cuando su hombre toma por Alfonso XIII en dirección al río, se tranquiliza cuando lo ve entrar en una pequeña cafetería que hace esquina con la Carretera de Circunvalación. Por fin, suspira aliviada. Ya se temía que fuese a cruzar la extensa franja de los jardines del Vinalopó, un espacio abierto donde su blusa roja de volantes habría llamado la atención más que una muleta en el centro del ruedo.

Agazapada en la esquina opuesta, se da un minuto para recuperar el resuello. La comisaría de Policía está a cinco minutos a pie. Malo será, se dice, que el secuestrador —presunto, que dirían los legalistas—, no tarde un cuarto de hora en tomarse su caña, su vino o lo que quiera que se esté tomando. Y en un cuarto de hora, si se da aire...

Ni caña ni chato de vino. Y del minuto le sobra medio: el sospechoso sale de nuevo a la calle, esta vez acompañado. Salu traga saliva. Ya no sigue a un estudiante de camiseta azul con logotipo blanco, sino a dos: el corpulento bajito y el espigado; los mismos, presumiblemente, de la noche anterior.

 

* * *

 

Los sigue por Marina Española y luego por Emérito Maestre, siempre a prudente distancia, hasta que los ve entrar en una casa de una sola planta, de las que antaño pertenecieron —lo sabe porque de niña tuvo una compañera de colegio que vivía por allí— a la colonia anexa a la fábrica de cartón del industrial eldense a quien está dedicada la calle. Salu suspira una vez más. Por fin de nuevo. La comisaría de Policía sigue estando a cinco minutos, y esta vez no piensa dejar que los presuntos se le escapen.

De la casa, retranqueada tras una verja de hierro y un jardincillo descuidado en el que, por algún milagro de la Naturaleza, sobreviven un naranjo y un limonero, sale la inconfundible algarabía de un cuartelillo. Por lo que recuerda ella, estas casas son patrimonio arquitectónico protegido, por aquello de la colonia industrial de otra época, lo que cuadra con el hecho de que la modesta fachada —una sencilla puerta flanqueada por dos ventanas enrejadas a juego con la verja— haya sido respetada. Nada de las coloridas, extravagantes manifestaciones pictóricas que adornan los cuartelillos al uso; tan solo una pequeña chapa metálica, atornillada a una de las columnas que soportan la cancela, muestra el emblema de la Comparsa de Estudiantes —lápiz, pluma y sombrero con cuchara atravesada— y un rótulo con el nombre de los inquilinos, tomado de una conocida canción de tuna: Escuadra Clavelitos.

Salu, que se ha acercado con disimulo, agazapándose en portales y furgonetas, se asoma con precaución desde detrás de la columna. La puerta de la casa está abierta de par en par. En el interior, numerosos estudiantes, muchos de los cuales visten la dichosa camiseta azul, disponen con gran bullicio una larga mesa para cenar.

—Hola, ¿buscas a alguien?

¡Por Dios, qué susto le ha dado! Se trata de un hombre joven —treinta y pocos, diría ella— que, vestido con el que parece ser uniforme oficial del cuartelillo, acaba de salir de un coche aparcado junto a la acera. La torpeza de verse pillada espiando in fraganti hace que Salu se quede cortada.

—No, la verdad es que...

Dubitativo, el individuo la observa con ojos ligeramente vidriosos, lo que probablemente está relacionado con el canuto de maría que sostiene entre los dedos. Calibra, quizá —o quizá no, pero su mirada presuntuosa es bastante significativa—, si tiene algo que hacer con una cincuentona; o si una cincuentona le merece la pena.

—¿Quieres tomar algo? —ofrece al fin—. Pasa, anda, no te quedes con las ganas —sonríe, malicioso—. Todavía tardaremos un rato en cenar.

Naturalmente, lo último que ella desea es meterse en la guarida del lobo.

—No, gracias... Es que —balbucea—... pasaba por aquí y... He de irme, gracias.

Y es entonces, al hacer ademán de darse la vuelta para enfilar la acera en sentido contrario, cuando su mirada se cruza con otra aviesa, desconfiada, que emana de unos ojos que apenas son dos rendijas estrechas entre dos párpados hinchados, inscritos, a su vez, en un rostro abotagado, mal afeitado y peor encarado. Antes, cuando se lo ha cruzado, no ha podido apenas fijarse en él, ladeado y semioculto tras su teléfono como estaba. Ahora, plantado en el umbral de la casa con un botellín de cerveza en la mano, lo ve de frente. Y lo que ve no le gusta.

El presunto secuestrador hace un gesto de sorpresa, y, en la breve fracción de tiempo en que ella le sostiene la mirada, tiene tiempo de torcer el gesto.

 

* * *

 

Para ser apenas las diez, Salu se sorprende de que unas calles tan cercanas al centro se vean tan poco concurridas. Apresura el paso, espoleada por la noche que se echa encima y, sobre todo, porque teme que el estudiante la siga. Se asusta cuando escucha, o cree escuchar, pasos furtivos a sus espaldas, lo que la hace apretar aún más. Cómo quisiera calzar unas discretas deportivas que le permitieran deslizarse, más que caminar, sobre la acera, sin el que ahora le parece escandaloso taconeo de sus botas contrabandistas, que debe de oírse en varias manzanas a la redonda. Siente, o imagina, una presencia tras ella, y cuando se atreve a mirar hacia atrás, su mente percibe un movimiento difuso, apenas una sombra, que desaparece tras una furgoneta. Sea realidad o sugestión, Salu se ve superada por el pálpito desbocado, la respiración agitada y el sudor frío. Por el subidón de adrenalina.

Llega al cruce de Lamberto Amat con Nueva. Hacia la derecha, trescientos metros de calle solitaria conducen al cuartel de la Guardia Civil y la comisaría de la Policía Nacional. A la izquierda se abre, bulliciosos cuartelillos y Casino Eldense de por medio, el camino expedito hacia casa de Mamen, donde todos, amigos, padres, hija, estarán intrigados por su súbita desaparición y preocupados por su tardanza.

De repente le fallan las fuerzas. Toda la determinación que la ha empujado a recorrer medio pueblo en pos del maldito estudiante se viene abajo. Es tarde, echa de menos a los suyos, está cansada y, sí, por qué no reconocerlo, también asustada. No se ve enfrentándose a solas a todo lo que antes le parecía natural: aguardar en una sala de espera, contar su película a unos policías escépticos, esforzarse en que le hagan caso, acompañarlos para identificar al sospechoso.

No. Antes necesita calor humano, compañía, amistad. Necesita...

Necesita refuerzos.

 

* * *

 

Corre, más que camina, desentendida del ruidoso taconeo que, al menos, le impide escuchar los sonidos que la intranquilizan. Atraviesa Antonio Maura, cruza por delante de Colón, y en su apresuramiento casi se da de bruces con un musulmán que sale, más pendiente de su móvil que de los viandantes, de la Casa de Rosas. A punto está de darle un bufido, pero...

—¡Salu!

—¡Rafa!

Si la sorpresa inicial se reparte al cincuenta por cien, la de él sube muchos enteros cuando ella se le abraza como a tabla de náufrago.

—¡Salu! —repite, extrañado—. ¿Dónde te habías metido? Acaba de llamarme Juanma. Están todos preocupados por ti, y...

—Lo sé, lo sé —jadea ella.

—¿Qué te ocurre? Estás pálida... ¿Te encuentras bien?

Salu lanza una mirada recelosa calle abajo. Ninguna camiseta azul con logotipo blanco. O el tipo es muy hábil o no la persigue más que en su imaginación. Se lleva una mano al pecho, la otra a la frente. Le falta el aliento.

—Necesito sentarme —dice—. Y un vaso de agua.

—Claro —dice Rafa—. Ven, entra conmigo.

 

* * *

 

 

Sábado, 00:30 h.

Aunque llegan a El Galeón al humo de las velas, tras pasar por casa de Salu para tranquilizar a sus padres y para cambiarse la trajinada blusa de volantes y coger una chaquetilla contrabandista, ella y Rafa no se quedan sin cenar. Juanma y Mamen se han preocupado de reservarles sendos platos de morcilla de cebolla con patatas al montón, los cuales, bien regados con una botella del mejor tinto alicantino, les saben a gloria, aunque sean recalentados. Naturalmente, mientras cenan no pueden por menos que poner al día de sus peripecias al matrimonio; el cual, como el resto de la piratería, pasó hace rato del café a la copa.

—... Así que Rafa —cuenta Salu— juntó al presidente de la Junta Central y al de la Mayordomía, que todavía no se habían ido a cenar, y me hizo relatarles otra vez lo del sospechoso: cómo lo había seguido hasta su cuartelillo, cómo se me había encarado, y cómo yo había salido por piernas asustada. A Sergio Aguado le faltó tiempo para ponerse a hacer llamadas. Enseguida vino la Policía, les repetí la historia, consiguieron una orden judicial... —Turbada, se lleva una mano a la boca para sofocar un gemido—. ¡Jo, pensaréis que soy una tonta! —se avergüenza—. Seguro que todo el mundo lo piensa ahora: los de la Junta, la Policía, el alcalde, el párroco...

Su amiga le rodea el hombro con un brazo, sin entender.

—¿Por qué dices eso? ¿Qué pasó?

Es Rafa quien, dada la congoja de la contrabandista, continúa con la narración.

—La Policía movilizó varios coches patrulla —dice—. Salu y yo la acompañamos por si ella podía identificar al sospechoso. Como los del cuartelillo no entendían lo que pasaba, se quejaron del registro, que les había estropeado la cena; y como algunos ya iban cargados de vino y cerveza, pues eso, que se montó bronca.

—Uf, qué mal rollo —resopla Juanma.

—Total, que allí no había rastro del Santo ni del presunto secuestrador.

—Pero tienen que conocerlo —protesta Mamen—. Llevaba una camiseta como la de ellos.

Rafa se encoge de hombros.

—Han vendido trescientas iguales —dice—, regalo de un patrocinador para el cuartelillo. Ya sabéis: amigos, conocidos, conocidos de conocidos... Y a picotear antes de la cena han pasado docenas de ellos. Échale un galgo.

—Y lo peor es que... —Salu duda, abatida—. No sé, creo que la Policía ha intervenido por la insistencia de las fuerzas vivas del pueblo, pero que en el fondo no me creen. De hecho, ni yo misma estoy ya segura de nada.

Juanma se incorpora sobre su silla, el aire decidido.

—¿Sabéis lo que os digo? —pregunta—. ¡Que a la mierda! Mira, Salu, ya te has comido el coco bastante con este tema. Tú has venido de Madrid para disfrutar de la Fiesta con tu hija, con tus padres y con tus amigos. Y mírate: toda la noche de un lado para otro angustiada, sufriendo, cenando tarde y mal...

—Hombre, mal no.

—Bueno, pero a destiempo. Mira, el Santo es cosa de la Policía, que es quien tiene que buscarlo. Nosotros cuatro lo que vamos a hacer es irnos de juerga. Y mañana, Dios dirá.

—Bien dicho —apoya Rafa—. Propongo empezar por una visita al Casino. ¿Qué os parece?

El esfuerzo por animarla parece surtir efecto en Salu.

—Que me trae buenos recuerdos —sonríe.

—Pues venga —apremia Mamen, a quien le falta tiempo para levantarse de la mesa—. Que hoy tengo el cuerpo festero.

Cariñoso, su marido la enlaza por el talle.

—Tú siempre tienes el cuerpo festero, amor mío, ¡ja, ja!...

 

* * *

 

Sábado, 03:45 h.

Vista desde la altura adecuada, la plaza Castelar podría pasar por una especie de Central Park eldense: una isla de esparcimiento anclada en medio de una hostil cuadrícula de asfalto. Eso, naturalmente, dejando al margen el factor de escala —en el parque neoyorquino cabría entera la fidelísima ciudad— y el hecho de que lo que allí son hierba y lagos, aquí es embaldosado. Aun así, seguramente no hay eldense al que este espacio, presidido por la efigie del ilustre estadista, no traiga buenos recuerdos. Salu es un vivo ejemplo de ello: desde los inocentes juegos de la infancia —la comba, la chula, el tulallevas— al pelar la pava con los vistazos, pasando por la obligada preadolescencia de comer pipas en un banco, su vida antes de la mayoría de edad fue un diario ir y venir de casa a la plaza Castelar. Por eso ahora, cuando pasea junto a Rafa por entre los parterres, se siente como si pasara revista a sus dominios de juventud. Que ya no son los mismos de siempre, pues la plaza, al igual que ella, ha cambiado mucho en los últimos tiempos.

 

* * *

 

Antes de eso la noche ha sido animada. Animada y divertida. Con Mamen y Juanma han recorrido las calles concurridas, han visitado cuartelillos, han estado con amigos de unos y de otros, y se han movido al son de la música festera o de la discotequera. Escarmentada de la noche anterior, Salu ha procurado no excederse con las copas. Así que cuando, tras perder al matrimonio en el barullo de Barberán y Collar, Rafa le ha preguntado si quería tomar la última, ella, prudente, ha respondido que prefería dar un paseo tranquilo.

—... Un ratito, para oxigenarnos —ha dicho—. Un cuarto de hora y luego nos retiramos, que mañana será un día largo.

—No lo sabes tú bien —ha asentido él—. He de estar a las nueve y media organizando el Alardo.

Ella ha hecho un gesto de sorpresa, visto el escaso margen de sueño que le da su reloj de pulsera.

—¿En serio? ¿Y por qué no lo has dicho antes?

Él se ha limitado a encogerse de hombros.

—Porque estoy a gusto contigo. No me apetece que se acabe la noche.

Lo ha dicho con mirada transparente, sin la turbiedad que cabría presuponer por las copas trasegadas. Quizá porque también él está siendo prudente. Complacida, Salu le ha cogido el brazo.

—¿Sabes? —ha sonreído—, yo también estoy a gusto contigo.

 

* * *

 

El cuarto de hora de paseo se ve interrumpido hacia el minuto diez, cuando un amago de chaparrón los lleva a buscar refugio bajo la concha del auditorio. No son más que cuatro gotas, las suficientes como para humedecer la noche templada, lo suficiente como para provocar una previsible reacción en cadena: la chica se frota los brazos al sentir un escalofrío; el chico alarga uno de los suyos para rodearle los hombros; ella se arrebuja contra el pecho de él; él inclina su cabeza hacia la de ella; y por fin, de espontáneo común acuerdo, ambas barbillas se giran una hacia la otra, y los labios respectivos se aproximan, atraídos por una misteriosa fuerza tan antigua como la humanidad.

La escena romántica por excelencia, vamos.

Solo que, en este caso, los labios de ella se muestran esquivos tras el primer contacto.

—Disculpa —se disculpa—. Es que...

—No importa —quita importancia él.

—Necesito tiempo, Rafa. Para mí no es fácil.

—Claro. Lo entiendo.

La mano masculina acaricia con suavidad el hombro femenino. Sin otro ánimo que el de reconfortar.

—Ha refrescado —observa Rafa.

—Sí, parece que no vamos a quitarnos el mal tiempo en todas las Fiestas.

 

* * *

 

Bajan desde la plaza Castelar cogidos de la mano; un cálido, reconfortante contacto que Salu, lejos de rechazar, acepta de buena gana. En la esquina de su casa despide a Rafa, esta vez sí, con un tierno beso en los labios.

—¿Cuánto tiempo dices que necesitas? —bromea él.

—Tonto —sonríe ella.

 

* * *

 

Embargada por una agradable sensación, abstraída en imprecisos quizás —Quizá haya llegado el momento. Quizá debería liberar su mente. Quizá Rafa sea la persona adecuada. Quizá—, Salu no repara, mientras busca las llaves del portón en su faltriquera, en una furgoneta destartalada aparcada en doble fila. Tampoco en dos sombras sigilosas que la amarillenta luz de una farola cercana arroja sobre el brillo de la acera humedecida. Para cuando quiere darse cuenta, un brazo férreo le aprisiona el pecho desde atrás y una mano tosca le corta la respiración. Un vapor irrespirable le inunda nariz, boca y garganta antes de nublar su entendimiento. En el límite de la consciencia, todavía llega a distinguir unas palabras escupidas con ira.

—¿Es ella?

—Sí, es la furcia que nos ha echado a la bofia encima.

Continuará.

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Acerca del autor

Autor: Ramón Candelas

Nací en Elda en 1960, y, aunque resido en San Sebastián, nunca he dejado de regresar a mis raíces. Hace década y media que me dedico a escribir novelas, de las que Cuartelillo. Una novela muy festera hace la número seis. Desde mi juventud, mi relación con la fiesta de Moros y Cristianos ha sufrido, entre la participación entusiasta y la incomparecencia, altibajos debidos a la distancia, los estudios, la crianza de los hijos y otras causas ligadas al devenir de la vida. Precisamente mi reencuentro con los Moros y Cristianos en 2018, tras una larga ausencia, me inspiró esta especie de intriga, comedia negra o como queráis calificarla, alrededor de nuestra amada Fiesta.

A todos vosotros, mis paisanos, he querido presentárosla desde este Valle de Elda que consideramos tan nuestro, en sucesivas entregas al modo de los folletines decimonónicos. No me preguntéis por qué, pero es algo que me hace mucha ilusión. Y espero sinceramente que, capítulo a capítulo, sufráis, disfrutéis, añoréis y os emocionéis con Salu a lo largo de sus peripecias en la Fiesta del septuagésimo quinto aniversario.

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