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¿Por qué nos obsesionamos tanto con una herramienta, entre las muchas otras que podríamos utilizar para formar y formarnos, seguramente mucho más apropiadas al curso de los tiempos y a nuestros propios intereses? Habría diversas respuestas a esta pregunta pero en ningún caso la correcta tiene que ver con la casualidad.

   Los ejemplos de la vida más acá del libro de texto son poco menos que sangrantes. Profesorado inquieto con la sola posibilidad de no completar el libro en el mes de junio, índices de temas que actúan como un verdadero calendario escolar, familias que desconfían de la tarea docente no apoyada en un soporte físico pero que a la vez sufren económicamente el impacto de este gasto al principio de cada curso escolar, programas de socialización espontáneos o propiciados desde las autoridades educativas (escasos) que conllevan un esfuerzo personal no empleado en otras causas, becas o bonos que no llegan o que resultan insuficientes para las necesidades en tiempos de crisis...

   Los libros de texto. He buscado por curiosidad cuántas veces mencionaba la expresión "libros de texto" la Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa, la vigente LOMCE. A priori, apostaba por ninguna pero, en realidad, aparece en dos ocasiones. Juzguemos su relevancia:

   Disposición adicional quinta. Sistema de préstamos de libros de texto. 

   El Ministerio de Educación, Cultura y Deporte promoverá el préstamo gratuito de libros de texto y otros materiales curriculares para la educación básica en los centros sostenidos con fondos públicos, en el seno de la Conferencia Sectorial de Educación. 

   Poca cosa para tanta obsesión.

   Los libros de texto, otrora tesoros de sabiduría incontestable, se sitúan hoy en día en el centro de polémicas encendidas sobre su sentido, su anacronismo o los valores que fundamentan el modelo educativo y social en el que se basa su utilización, un modelo instructivo donde unos enseñan y otros aprenden y reproducen de manera literal lo digerido, una marca más de relaciones de poder y de fomento del individualismo mal disimulado a través de materiales que no pueden, por mucha calidad que tengan, adaptarse a la diversidad de nuestras aulas, si no es a través del trabajo del profesorado. No obstante, ¿podría esta labor auténticamente docente desarrollarse con otros medios? Creo que sí, tal vez con mayor esfuerzo pero estoy casi seguro de que con mejores resultados de asumirse con seriedad este compromiso.

   Hemos dedicado algunas entradas anteriores de este blog a un par de los numerosos repertorios de recursos educativos disponibles en la red y bendecidos por las administraciones educativas. Estos y otros muchos recursos abiertos al uso están teniendo un impacto considerable en los responsables de la industria del libro de texto. 

   Es patente el interés por actualizar un producto lucrativo que pasa por horas bajas. En ocasiones, los intentos no dejan de ser digitalizaciones de los los libros en papel con algunos añadidos que mejoran la interactividad o la apariencia (gráficos, animaciones, etc.). En el mundo de Internet, ¿es esto sostenible? En otros casos, se promueven plataformas más complejas cuyo uso se autoriza a través de licencias. Hay que decir que es posible para cualquier centro montar plataformas gratuitas, similares en cierto modo, donde emplazar contenidos curriculares y con numerosas posibilidades de comunicación, tal vez no con tantos medios o vistosidad pero no por ello menos eficaces y eficientes. Todo depende de su gestión.

   La industria del libro evoluciona así movida por sus intereses e intentando aprovechar sus oportunidades. Es lícito. Es su negocio y son sus beneficios. Ahora bien, tampoco nos engañemos, ¿coinciden con los intereses de la comunidad educativa, sobre todo, con los  del alumnado, los de quien aprende al fin y al cabo? 

   ¿Quiénes determinan los libros de texto y las editoriales proveedoras de estos? Desde luego no los y las estudiantes ni sus familias, a las que al final de cada curso se hace llegar un listado con los libros que se van a exigir en el siguiente. Si fuéramos una editorial y no una ONG, ¿a qué precio pondríamos estos libros de uso preceptivo?

   ¿Es todo responsabilidad del profesorado o del centro? Tampoco. Muchas veces, la opción por una u otra editorial conlleva un beneficio para el centro con necesidades por cubrir (pizarras digitales, provisión de otros materiales...). La elección se realiza allí pero  sorprende que por parte de las familias, y más en situación de auténticas dificultades, no se hayan propiciado acciones más radicales de insumisión al uso de libros de texto o movilizaciones que exigieran a las administraciones un mayor hincapié en la elaboración propia de recursos o el aprovechamiento racional de los existentes por parte de sus profesionales.

   Cuando los intereses se contraponen, es difícil conciliarlos. Lo que tengo absolutamente claro es que no se puede hacer del libro de texto un fin en sí mismo. No debe obsesionarnos. Sería prescindible, si así nos lo planteáramos. El libro de texto es un instrumento que no puede imponerse al criterio del docente o la docente que vaya a servirse de él cuando así lo estime ni a la motivación de nuestros alumnos y alumnas por aprender utilizando todos los medios a su alcance, que no son pocos, por suerte.

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Acerca del autor

Autor: Jesús María "Pitxu" García

Jesús María "Pitxu" García Sáenz (Vitoria-Gasteiz, 1970) es doctor en Filosofía y Letras (sección Filología Hispánica) por la Universidad de Deusto. Como profesor de Secundaria ha trabajado en el IES Azorín de Petrer y en el CEFIRE de Elda, en la asesoría de plurilingüismo y en las de referencia sobre programas europeos y coeducación.

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